Crónica de una crisis – Nace el boom inmobiliario

Una burbuja se estalla, pero otra comienza

La mejor inversión

¿Qué sería del Sueño Americano sin un hogar propio? Para una nación tan arraigada a la tierra y a la noción de la propiedad privada, ser dueño de tu propio hogar es un deber patriótico, casi sagrado.

Pero una casa es más que cuatro paredes y un techo. Para la mayoría de nosotros, la casa es – por mucho – nuestra más valiosa pertenencia y puede ser una fuente potencial de ingresos (renta) o de colateral para un préstamo. Sin embargo, las cosas se complican en vista de que las casas (y demás inmuebles) suelen tomar las características no tanto de un activo tangible sino de un activo financiero, cuyo precio puede fluctuar a vaivén de los mercados y de otros factores, incluso factores subjetivos. A nivel agregado no hay una combinación más propicia para comenzar un boom de inmobiliario que un periodo de tasas de interés bajas, abundancia de crédito y una economía en crecimiento. Y el ciclo es virtuoso: altos niveles de construcción estimulan la economía aún más, generan empleos y aumentan la riqueza de la población, riqueza que luego se puede canalizar hacia otras inversiones productivas. Aunque pocos países lo admitirían, un boom inmobiliario es una de las recetas más simples para sostener crecimiento económico. Tan simple que parece magia.

En el 2001, esto era exactamente lo que los Estados Unidos necesitaban. Tras el doble choque del colapso de la “nueva economía” y los atentados del 11 de Septiembre, el país estaba en la víspera de una recesión. A cargo de evitar lo inevitable estaba Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (el banco central, mejor conocido como “el Fed”) y por mucho el economista más poderoso e influyente del país, por no decir del mundo. A lo largo de 14 años al frente del Fed, Greenspan había presidido sobre la expansión económica más importante en la historia de los Estados Unidos en tiempos de paz: el boom de los años noventa. Tal era su popularidad que muchos lo consideraban el mejor jefe del Fed en la historia. Monetarista de corazón (al igual que su ídolo, el mismísimo Milton Friedman), su principal arma en el arsenal económico del Fed era el uso efectivo de las tasas de interés: subirlas cuando la economía se sobrecalentaba, bajarlas cuando se debilitaba. Según la teoría, tasas de interés bajas impulsarían el consumo y el crédito, dando así el empuje necesario para salir de una recesión.

La receta se aplicó en 2001 con éxito. La recesión terminó siendo mucho más leve de lo temido, aunque la caída de las tasas tuvo que ser drástica: de 6.5% en Mayo de 2000 a apenas 1% dos años después. Sin embargo, esto por sí no resolvería uno de los legados del colapso de la “nueva economía”: la pérdida de riqueza tras el estallido de la burbuja bursátil de la Nasdaq. Empezar otra burbuja bursátil no era factible ya que cualquier confianza que quedaba en el mundo corporativo estadounidense después del debacle de los punto-coms se había evaporado con el escándalo de Enron en 2001. Afortunadamente, ya había otra burbuja que desde hace varios años se estaba manifestando. Era una burbuja inmobiliaria, que se desató en los años noventa a raíz de la expansión económica. Para el año 2000, el precio promedio de las casas era aproximadamente 25% superior a la media de la década pasada, pero pocos mostraban consternación en vista de que la burbuja todavía no había crecido a niveles alarmantes. Y qué mejor que una pequeña burbujita para darle una inyección de vitalidad a la economía cuando más la necesitaba.

Tanto dinero pero ¿dónde ponerlo?

Sin embargo, todas las condiciones para que la burbuja inmobiliaria creciera fuera de control estarían presentes durante los siguientes años. Para que una burbuja se expandiera, se necesitaba dinero y afortunadamente esto estaba en abundancia, cortesía de las riquezas del oriente. Resulta que como consecuencia de la crisis asiática de 1997-8, muchos de los países afectados llegaron a la conclusión de que para evitar otra crisis, necesitaban disponer de un colchón de reservas internacionales – o sea, dólares – para así contrarrestar cualquier fuga de capitales (en vista que el consenso neoliberal era evitar controles de capital a toda costa). Para lograr esto, mantendrían sus monedas artificialmente devaluadas logrando así superávits comerciales que llenarían los cofres de sus bancos centrales con dólares. Sostener estos superávits no sería nada difícil considerando el voraz apetito de los Estados Unidos por las exportaciones ajenas.

Los países asiáticos necesitaban hacer algo con tantos dólares pero sus opciones estaban limitadas por la poca sofisticación de sus sistemas financieros. Y no solo estaban nadando en dinero gracias a las exportaciones, también sus enormes ahorros domésticos contribuirían a lo que Ben Bernanke – successor de Greenspan – llamara la “saturación global de ahorros” (global savings glut). Todo ese dinero necesitaba un destino. Un destino con el tamaño y la sofisticación para absorber billones de dólares e invertirlos efectivamente.

Qué mejor lugar que Wall Street. Y qué mejor inversión que casas.

Próximamente: Los alquemistas financieros hacen su retorno triunfal

Crónica de una crisis – Fracaso.com

La nueva economía muere en el intento

Bievenidos al nuevo ombligo del mundo

Es difícil recordar que en algún momento de nuestra existencia no había internet y que podíamos sobrevivir sin computadoras. La revolución informática de las últimas dos décadas ha tenido un impacto sobre nuestras vidas como tal vez ninguna otra tecnología ha hecho, y ha transformado a la economía mundial a tal grado que nos trajo una auténtica edad de oro cuando menos lo esperábamos.

Pero en 1985, la situación era muy distinta. Japón, el gran protagonista del ascenso inminente del oriente, parecía invencible en su misión por convertirse en la economía más poderosa y dinámica del mundo. Su predominio en mercados como la electrónica y la industria pesada era innegable: para finales de los años ochenta, Japón producía más acero y más automóviles que los Estados Unidos, su bolsa de valores era más valiosa que la de Nueva York y sus bancos eran los más grandes del mundo. Este éxito económico había inflado el valor de las propiedades y de los bolsillos de los japoneses, que ahora gozaban de un ingreso per cápita superior a cualquier país del mundo salvo Suiza. Se decía que tan solo el terreno debajo del palacio imperial en Tokio valía más que todo el estado de California.

Pero a principios de los años noventa, la gran burbuja japonesa se desinfló, marcando el inicio de una recesión que duraría no una sino dos décadas. Para colmo y a pesar de su proeza tecnológica, Japón había descuidado el sector que sería la vanguardia de la llamada “nueva economía”: la tecnología de información. Este sector era indisputablemente dominio estadounidense y se concentraba en Silicon Valley, ubicada en las idílicas afueras de San Francisco, lejos de los motores de la economía “fordista” tradicional. Los orígenes de los nuevos maestros del universo serían humildes: empresas pequeñas, fundadas por visionarios como Bill Gates que escribió su primer sistema operativo desde un sótano, o Michael Dell que comenzó a vender computadoras desde su dormitorio de universidad. Pero esta explosión de talento empresarial no sería nada comparada con lo que se esperaría a mediado de los años noventa. Para este entonces el internet se había popularizado y abrió las puertas a un sin-límite de servicios disponibles para todos aquellos conectados a esta nueva red global. Amazon y sus libros. eBay y sus subastas. Google y sus búsquedas. ¿Había un límite? No mientras se manejaba a toda velocidad en la nueva supercarretera de información.

Wall Street, para variar, no tardó en oler las ganancias. Inversionistas derraparon los miles de millones para que estas nuevas empresas (o “startups” como se les llamaba in inglés), tuvieran las finanzas suficientes para aspirar a lo grande. Qué importaba si su modelo de negocios era un fraude y que buscaran triunfar en mercados saturados donde gracias a los efectos de red, solo una empresa (a lo mucho) sería exitosa. Muchas de estas empresas gozaban solo de nombres irreverentes como boo.com (compras), o Flooz (dinero virtual) pero gracias a los fondos ilimitados de inversionistas ingenuos (pero hambrientos por una tajada de las ganancias), podían derrapar miles de millones en campañas publicitarias para vender servicios innecesarios. Durante el Super Bowl XXXIV en enero del 2000, 17 empresas “punto-com” pagaron millones para colocar comerciales. Muchas de estas mismas empresas estaban operando con pérdidas millonarias también, mantenidas aflote solo por la promesa y esperanza de cuantiosas ganancias a la postre.

Wall Street siempre presente

La técnica más común para alcanzar el éxito financiero para una empresa “punto-com” y sus inversionistas era la oferta pública inicial o IPO (Initial Public Offering – como se conoce popularmente en inglés). Un IPO involucraba convertir a la nueva empresa – hasta ahora privada – en una empresa pública, mediante su cotización en alguna bolsa de valores, de preferencia la Nasdaq donde se cotizaba la gran mayoría de compañías de tecnología tal como Microsoft y Apple. Debido a la gran demanda para estas compañías, un IPO generalmente lograba que los precios de las acciones se dispararan, convirtiendo a sus dueños en multi-millonarios instantáneos y dando la impresión de que no había producto o servicio en línea demasiado riesgoso o demasiado ridículo para poder ser económicamente viable. Entre IPOs, demanda insaciable y una economía estadounidense a todo motor, el índice de la Nasdaq para principios del año 2000 había llegado a cinco mil – cinco veces más que su nivel a mediados de la década.

Pero como toda burbuja, la burbuja “punto-com” también se desinfló.

Las causas de la catástrofe fueron muchas. Como cualquier burbuja bursátil, llegó un punto en que el “sentimiento de mercado” hizo pensar que la burbuja había alcanzado su cénit y era hora de regresar (violentamente) a la normalidad. Muchas de las empresas “punto-com” habían agotado su generoso capital inicial sin haber reportado ganancia alguna, lo cual provocó que los inversionistas se volvieran cautelosos y renuentes en seguir apoyando compañías sin posibilidad de éxito. Para colmo, la economía estadounidense se había sobrecalentado tras una década de expansión sin precedentes en la posguerra y comenzaba un periodo natural de desaceleración. Esta desaceleración de plano se convirtió en recesión tras los atentados terroristas del 11 de septiembre que acabaron de una vez por todas con lo que quedaba de la “nueva economía”. No todo fue un desastre: los sobrevivientes como Google, eBay y Amazon surgirían de los escombros como líderes globales mientras que las empresas ya establecidas como Microsoft, Dell y Apple seguirían dominando sus respectivos mercados. Pero entre 2000 y 2002, alrededor de cinco billones de dólares (cinco trillones para los que acostumbran leer cifras en inglés) se perdieron en las bolsas de valores a causa del fracaso de los “punto-coms”, afectando no solo a Wall Street sino de millones de estadounidenses que tenían inversiones ligadas al destino de la bolsa.

Así pues, una burbuja se había desinflado, pero Wall Street y los hogares estadounidenses estaban ansiosos por recuperar sus pérdidas. La solución sería crear la madre de todas las burbujas, esta vez con la fuente de riqueza más sagrada y segura de todas.

Casas.

Próximamente: De hipotecas y hombres

Posdata: Hasta la fecha, la Nasdaq no ha recuperado su nivel de Marzo del 2000. Ni siquiera los tres mil ha rebasado.

Crónica de una crisis – La caída de los genios

Ni el cerebro ni la tecnología pudo domar al mercado

Durante décadas, por no decir siglos, el éxito en las finanzas se basaba en una habilidad casi innata de poder leer los mercados y sacarles ventaja. En los años noventa, eso cambió. La tecnología informática hacía posible que un banco o fondo ganara la millonada en milesimas de segundo por medio de modelos matemáticos ultra-sofisticados y sistemas computacionales que sustituirían al cerebro humano por el poder bruto de un procesador.

Nada resumió esta filosofía mejor que Long-Term Capital Management.

LTCM fue fundada en 1993 por John Meriwether, que hace unos años antes fue forzado a renunciar de Salomon Brothers (en ese entonces, uno de los principales bancos de inversiones del mundo) debido a su relación con fraudes al gobierno federal, algo que poco tiempo después resultaría en la caída del banco y su subsecuente adquisición por parte de Citigroup. Como buen banquero, no se iba a quedar con los brazos cruzados: reclutó a varios ex miembros de Salomon, un virtual dream team de cerebros financieros que incluía entre sus rangos a dos economistas que a la postre serían galardonados con el Premio Nobel: Myron Scholes y Robert Merton. En los años setenta, este par (junto con el ya fallecido Fischer Black) habían desarrollado un modelo matemático para asignarle un precio a las “opciones”, un tipo de derivado similar a los futuros pero donde el vendedor tenía la opción de renegar el contrato al final – a costa de una prima. A esta fórmula, llamada la fórmula Black-Scholes, se le atribuye el asenso del mercado de derivados.

Meriwether: la genialidad tuvo su precio

La reputación de Meriwether como dios en el mercado de bonos logró que fácilmente asegurara cuantioso capital de individuos e instituciones que no duraron un instante en confiarle sus millones, siempre y cuando les devolviera más. En 1994, LTCM entró en acción con más de mil millones de dólares de capital. Y en poco rato, LTCM se convirtió en un gigante en el mundo obscuro pero glamoroso de los hedge funds. Para los que no saben lo que es un hedge fund (en español se les conoce como “fondos de inversión alternativa”, aunque su nombre en inglés es más común), o no conocen bien su modus operandi, básicamente son fondos cuyo propósito es llevar acabo inversiones que maximicen sus ganancias por encima del riesgo que incurren. Como sabrán, las inversiones más riesgosas son aquellas con mayor rendimiento y por estos motivos es que la mayoría de los fondos tienen límites hacia lo que pueden hacer (un fondo de pensiones, por ejemplo, jamás se le permitiría hacer cierto tipo de inversiones por temor a perder los ahorros de miles de personas). Los hedge funds no tienen estos límites y carecen de regulación bajo la premisa de que juegan con dinero de gente capaz de absorber las pérdidas.

A cambio de su genialidad, los gerentes de los hedge funds reciben compensaciones astronómicas, generalmente bajo un sistema de “2 y 20”, es decir, 2% de los activos netos del fondo, y 20% de las ganancias. Así que si le das $100 millones a un gerente y logra convertirlo en $150 millones para final de año, se habrá embolsado $12 millones para sí solito. Obvio que se lo tendrá que repartir entre sus chalanes pero los hedge funds son pequeños ya que muchas de sus operaciones son automatizadas por modelos computarizados diseñados por doctores en astrofísica e ingeniería aeronáutica (en serio). Cualquier movimiento de mercado que coincida con la estrategia de inversión del fondo, y automáticamente se efectúa en milésimas de segundo. Estos movimientos, a veces mínimos, se magnifican por la capacidad del fondo de apalancarse (endeudarse) muy por encima de su capital, frecuentemente hasta 20 veces o más (ejemplo: un aumento de 5% de una inversión se convierte en una ganancia de 100% si tu razón de deuda-a-capital es 20:1).

Las estrategias de LTCM se aprovechaban de estos movimientos infinitesimales en la convergencia de bonos y acciones, lo que se le conoce como arbitraje. Por ejemplo, LTCM se dio cuenta que las diferencias de bonos de tesorería de 30 años y de 29 años eran mayores a lo que se esperaría, por lo tanto, si compraban el de 29 años y vendieran corto los de 30, harían una ganancia cuando esta diferencia se redujera a la hora de que el gobierno emitiera nuevos bonos. Lo mismo con acciones de ciertas compañías casi idénticas, en el caso de LTCM eran Royal Dutch y Shell (que en la práctica son una misma compañía pero se cotizan por separado en las bolas inglesas y holandesas). Sus estrategias rindieron frutos: para 1998 tenían casi $130 mil millones en activos aunque se habían endeudado 25:1 (nada raro para un hedge fund). Más impresionante, habían invertido en derivados con un valor nocional de $1.25 billones de dólares, más del tamaño de la economía mexicana. Con sus sofisticados modelos, LTCM había logrado con la matemática lo que la intuición nunca pudo: vencer al mercado.

Pero la crisis rusa de 1998 terminó tumbándolos de su pedestal. Cuando el gobierno ruso anunció una moratoria en sus bonos, los mercados financieros mundiales entraron en pánico: se deshicieron de sus bonos (no solo rusos sino japoneses y europeos) y se refugiaron en masa hacia el activo más seguro del mundo: bonos de la tesorería estadounidense. Ergo, el valor de estos bonos se disparó y las diferencias que antes habían sido la fuente del arbitraje de LTCM se transformaron en pérdidas millonarias casi instantáneas. Así como el apalancamiento magnificó las ganancias de LTCM, hizo lo mismo con sus pérdidas que fueron todo menos infinitesimales (la lógica inversa del ejemplo anterior es que una pérdida de solo 5% bajo un apalancamiento de 20:1 te dejaría en ceros).

Las inversiones de LTCM estaban tan extendidas por los mercados financieros que su colapso potencial se vio como el primer paso en una tragedia mayor, cuyas consecuencias arrastrarían al mercado entero. Al necesitar capital para cubrir sus deudas inminentes, LTCM estaría forzado a vender sus activos lo cual haría que cayeran de precio, creando un ciclo vicioso de ventas y depreciaciones que nadie podría detener. La Reserva Federal de Nueva York tuvo que entrar en acción y organizar un rescate por parte de los principales bancos mundiales. LTCM se salvó por el momento, pero fue finalmente liquidado en el año 2000.

Haciendo cuentas finales, el daño fue mínimo y el pequeño susto terminó siendo justamente eso: solo un susto. Los hedge funds no solo sobrevivieron sino que se multiplicaron como plaga (actualmente hay más de diez mil). Y aún tomando en cuenta que los años noventa fueron una de las décadas más turbulentas en la historia económica mundial, los defensores del status quo podían presumir que nunca antes el mundo en general había crecido tanto y tan rápido. Incluso Estados Unidos, considerada una economía letárgica y en decadencia relativa vio un renacimiento que ni los economistas más optimistas hubieran anticipado. Detrás de esta nueva época dorada estaba la revolución informática – considerada por muchos la revolución tecnológica más importante de la humanidad desde el desarrollo del transistor o incluso desde el desarrollo de la turbina de vapor en el Siglo XVIII.

Y como siempre, Wall Street tuvo su rol en esta bonanza.

Próximamente: El boom de los punto-com

Crónica de una crisis – La revolución financiera

Las puertas se le abren a la alquimia financiera

Casi lo mismo, siglos después

El oro ha tenido un efecto embrujador sobre la humanidad desde el comienzo del tiempo. A tal grado que había toda un arte dedicado a transformar materiales comunes y corrientes en este metal precioso. Se llama alquimia, y perduraría a través de siglos, por no decir milenios, hasta que la ciencia logró robarle su prestigio y revelar su naturaleza charlatana.

Pero la búsqueda por convertir basura en oro no terminó allí, si bien los métodos serían más refinados, más matemáticos. Los alquimistas del Siglo XX no trabajarían en las cortes de reyes o emperadores, trabajarían para los nuevos amos y señores de la economía mundial: los bancos. No siempre había sido así. La “innovación financiera” había sido por mucho tiempo sofocada por la regulación de los mercados financieros, impuesta para evitar otra catástrofe como la que llevó a la Gran Depresión en los años veinte. Sin embargo, las actitudes a favor de mantener domados a los bancos poco a poco se fueron relajando a partir de los años setenta. Y tras la llegada de Thatcher y Reagan comenzó un proceso de desregulación con el objetivo de convertir al sector financiero como el principal motor de la economía.

Notable en este proceso fue la creación de nuevos “productos”, la alquimia financiera en acción. Uno de ellos fue la “securitización” (securitization en inglés, lamentablemente no existe traducción adecuada en nuestra lengua). La securitización involucraba empaquetar numerosas deudas, dividirlas en cachitos, y vender los cachitos como bonos individuales. Esto permitiría a los bancos deshacerse de sus deudas al mismo tiempo que se embolsaban una ganancia. Las primeras securitizaciones comenzaron a finales de los años setenta e involucraban deudas sobre crédito hipotecario las cuales se re-bautizarían como Mortgage-Backed Securities, o MBSs (posteriormente se expandirían a crédito automotriz, tarjetas de crédito, hasta créditos estudiantiles). El pioneros de estos nuevos productos fue Lewis Ranieri, vendedor de bonos del banco de inversiones Solomon Brothers. Para mediados de los años ochenta, Salomon Brothers se había convertido en el banco más redituable de Wall Street, en gran medida gracias a su virtual monopolio del mercado de bonos hipotecarios.

Estos productos también se les conocen como derivados. Son derivados porque su valor deriva del valor de otros activos financieros (en el caso anterior, de las hipotecas). Mejor aún, no es necesario ser dueño de estos otros activos. Un derivado muy común (y que lleva siglos de existencia) es el “futuro”. Un futuro, tal como su nombre implica, involucra vender un producto futuro a un precio acordado hoy. Los agricultores son usuarios intensos de los futuros: les permite vender una cosecha a un precio acordado con anterioridad y así eliminar el riesgo de que – por ejemplo – una sequía o una plaga les afecte el precio. Pero no hace falta ser un genio para darse cuenta cualquier persona puede vender un futuro, aún si no es dueño de la cosecha. Así pues, muchos de los futuros circulando por los mercados no son intercambiados por agricultores ni distribuidores legítimos sino por especuladores: inversionistas que buscan beneficiarse de los cambios o desajustes temporales en los precios.

La cosecha es lo de menos.

Vaya, los derivados no son inherentemente malos. De hecho todos tienen algún fin útil. Así como el agricultor se beneficia con un futuro, una compañía exportadora puede reducir su riesgo cambiario con un “swap”: un acuerdo en el que se establece una tasa cambiaria de antemano y así se libra del riesgo de una devaluación o apreciación inesperada. Pero mientras más derivados se inventaban (en la víspera de la crisis había más de $600 billones en contratos de derivados, diez veces el PIB mundial), más complejos se volvían. Ya no bastaba ser un contador con una calculadora de bolsillo: los bancos necesitaban matemáticos, ingenieros y físicos – con doctorado como mínimo – para manejar el arte del análisis cuantitativo (dentro de los bancos, a estos genios se les apodaría como “quants”).

Hacia mediados de los años noventa, un ex-vendedor de bonos de Salomon Brothers, John Meriwether, decidio formar una legión de “quants” en lo que sería el intento más ambicioso hasta la fecha por lograr conquistar a los mercados. Entre sus rangos estarían nada menos que dos Premios Nóbel de Economía. La intuición y el sentido común serían cosas del pasado: las nuevas armas serían las matemáticas y la tecnología.

Terminaría en desastre.

Próximamente: La mini-crisis de LTCM

Crónica de una crisis – La era de la volatilidad

Nace un nuevo orden mundial

Friedman y Reagan: el profeta y el ejecutor

Es imposible rastrear el origen de la crisis financiera a una sola fecha o evento. Pero de intentarlo, sería el 4 de Mayo de 1979. Ese día y tras años de turbulencia política y económica llegaría al poder en el Reino Unido la “dama de hierro”, Margaret Thatcher. Tan solo unos meses antes, la nación británica había quedada sofocada por huelgas e inflación durante el llamado “invierno del descontento”. Thatcher prometía una nueva receta: poner el Estado a dieta y dejar que el mercado dicte las reglas. En unos pocos años, el poder de los sindicatos sería mutilado, las grandes empresas estatales privatizadas, y – lo que tendría consecuencias a largo plazo – el sistema financiero desregulado. El neoliberalismo, inspirado por las teorías de Milton Friedman, Friedrich Hayek entre otros partidarios de la primacía de los mercados, había nacido.

Del otro lado del Atlántico, la situación económica de los Estados Unidos no era nada alentadora tampoco. Al igual que en Londres, las elecciones presidenciales de 1980 darían un giro a la derecha con la elección de Ronald Reagan que en su discurso inaugural dejaría pocas dudas sobre que se podría esperar de su mandato: “el gobierno no es la solución de nuestros problemas, el gobierno es el problema”. La concordancia económica entre los dos aliados transatlánticos haría eco a su estrecha relación en cuestiones de seguridad y defensa. Y tal como Reagan se refirió a la URSS como el “imperio malévolo”, el Estado se convertiría en el gran villano del entorno económico. Ya sea por convicción (el caso de Chile bajo Pinochet y sus “Chicago Boys” que incluso aplicaron la receta neoliberal antes de Thatcher o Reagan), o por necesidad (las crisis de deuda que azotarían a Latinoamérica o la restructuración post-comunista en el Este de Europa), el “fundamentalismo de mercado” se convertiría en la norma intelectual y receta única e irrefutable para toda política económica y social. Durante los años ochenta y noventa, las barreras al libre comercio y el libre flujo de capitales se derrumbaron tan rápido como el Muro de Berlín y tal parecería que la era de globalización no solo nos traería prosperidad inimaginable (como mínimo, un McDonald’s en cada esquina) sino que nos dejaría una economía mundial estable y dinámica. Al menos eso decían los libros de texto…

México – como en tantas otras ocasiones – terminó siendo la excepción a la regla.

El 15 de diciembre de 1994, tan solo dos semanas después de haberse inaugurado un nuevo gobierno, el secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, anunció que no habría devaluación del peso aún considerando la enorme fuga de capitales que había iniciado el mes anterior y el rápido agotamiento de las reservas internacionales. Para el 22 la situación se había deteriorado tanto que tuvo que renegar su promesa: el peso se devaluó y los mercados – anticipando que esto sería apenas la punta del iceberg – perdieron toda su confianza en la moneda. Poco después de Navidad, el peso había perdido casi la mitad de su valor.

México: una de las primeras víctimas

Pero México no fue el único país que sufriría una crisis en 1995. Miles de kilómetros al sur, Argentina también tendría una recesión, si bien no tan extrema como la nuestra. ¿Su pecado? Ser latinos. El “efecto tequila” no solo tendría repercusiones en nuestro territorio, también hizo que los inversionistas extranjeros perdieran su confianza en todo país que hablara español (o portugués), le rezara a la virgen y jugara fútbol. Pero, ¿acaso los inversionistas no gozaban de “información perfecta”? Total, ese era uno de los supuestos que fundamentaban la doctrina libremercadista. Bastaban solo unos cuantos minutos para darse cuenta que Argentina no era México y que las condiciones que propiciaron una crisis en nuestro país no necesariamente se aplicarían al resto de la región.

La falibilidad del mercado se demostraría otra vez tan solo dos años después. El escenario: Asia. Otra crisis cambiaria – esta vez centrada en Tailandia – se propagaría como incendio forestal sobre una tras otra economía asiática. Indonesia sufrió una recesión de doble dígitos en 1998, e incluso la otrora vigorosa economía de Corea del Sur apenas evito un colapso mayor. Si bien es cierto que las causas de la crisis asiática fueron distintas a la nuestra, había común denominadores preocupantes. En ambos casos, comenzaron como crisis cambiarias exacerbadas por la especulación. En ambos casos fueron empeorados por la fuga masiva de capitales. En ambos casos los sistemas financieros no resistieron el embate de los mercados. Pero la crisis asiática – en virtud de contar con múltiples partícipes – también nos proporcionó una virtud común: aquellos países que, previo a la crisis se habían visto lentos en liberalizar sus economías y que aún mantenían controles sobre capital, lograron evitar una recesión mayor. Eso aún considerando que pocos años antes habían sido tachados como los “chicos malos” de la región por el Fondo Monetario y el Banco Mundial, justamente por no adherirse incondicionalmente a los dogmas libremercadistas.

1997 y 1998 serían años turbulentos para la economía mundial. La crisis asiática cobró otra víctima lejana después de que Rusia tuvo que declararse en moratoria de su deuda como consecuencia de la turbulencia financiera global. Un año después, Brasil también enfrentaría una breve crisis a raíz de presiones externas (y de paso arrastrando a su vecina, Argentina). Tal parecería que la lógica de la globalización se había volteado de cabeza: en vez de resultar en una economía mundial fortalecida y robusta, cada vez se veía más frágil que nunca. Ciertamente los factores que llevaron a estas crisis no eran nada nuevos, pero la manera casi instantánea en que las economías nacionales y sus sistemas financieros se desplomaron, al igual que la rapidez con que se contagiaba a los vecinos no tenía precedentes.

Algo andaba mal. Pero tanto economistas como gobernantes en Estados Unidos y Europa podían darse el lujo de desacreditar a sus homólogos latinos y asiáticos en vez de echarle la culpa a teoría misma. Había una pizca de verdad en dichas críticas: nadie podía negar que muchos de estos gobiernos eran altamente corruptos y mal gobernados. También es cierto que no todos sus fundamentos macroeconómicos estaban firmes, particularmente aquellos que hubieran podido ayudar a contener (o al menos amortiguar) la volatilidad externa.

Aúna sí, la economía mundial estaba lejos de sufrir un paro cardiaco. Pero pocos días después del colapso ruso, un evento en el corazón de los mercados financieros haría que se saltara un latido…

Próximamente: La alquimia financiera hace su debut

Recordando la crisis

Tercer aniversario del verdadero comienzo de la catástrofe

Nueva York, tenemos un problema

Hay fechas que vivirán en la infamia por el resto de la historia humana. La guerra y tragedia no tienen escasez de fechas infames, pero la economía mundial tampoco está ajena de tales desgracias. Todo aquel con un mínimo conocimiento de la historia seguro habrá escuchado del “Martes Negro”, un 29 de Octubre de 1929 cuando el desplome de la bolsa de valores de Nueva York dio inicio a la Gran Depresión. Para los mexicanos, tampoco podemos olvidar el “error de Diciembre” en 1994, preludio a la peor crisis de nuestros tiempos. En cambio, el 9 de Agosto de 2007 no parece merecer estar en tan deshonrada compañía – para la mayoría de los mexicanos, esa fecha pasó desapercibida, seguramente opacada por noticias de alguna balacera en Juárez o escándalo de la farándula.

Pero si alguna fecha merece ser considerada con el inicio de la crisis financiera mundial que seguimos viviendo, fue ese día. Y todo empezó con un aviso de prensa de un banco francés, BNP Paribas, que aún está en-línea, preservada para la posteridad como un museo virtual de la avaricia humana.

Lo pueden leer aquí.

El 9 de Agosto de 2007, BNP Paribas decidió suspender dos de sus fondos “alternativos” – hedge funds como se les conoce más popularmente – debido a la “completa evaporación de liquidez en ciertos segmentos del mercado de activos estructurados estadounidense”. Debido a esto, “ya no es posible valorar adecuadamente estos activos”. En pocas palabras: estos fondos estaban llenos de activos que ya no valían nada. Y no valían nada porque nadie los quería comprar, es decir, a ni existía un mercado para ellos. Lo más curioso es que menciona que no se podían valorar “independientemente de su calidad o calificación” – esto es como decir que uno tiene un Ferrari pero no lo puede vender porque nadie está dando ni un peso por él, aún siendo un Ferrari. Efectivamente, esos activos a los que se refería la nota seguramente habían sido calificados AAA (la calificación más alta) por las agencias calificadoras como Standard & Poor o Moody’s tan solo unos meses antes. Y estaban respaldadas por el colateral más seguro que hay: casas. Pero ahora, eran basura. Basura tóxica.

A partir de este día, el sistema financiero mundial dejo de ser el mismo. Los bancos se dejaron de prestar dinero, llevando a una crisis de liquidez que sería popularizada como el credit crunch. Los bancos centrales de EU y Europa al día siguiente harían la primera de muchas intervenciones, suministrando miles de millones de dólares y euros para mantener en pie a sus bancos. Aún así, un mes después caería el primero – Northern Rock de Inglaterra – tras una corrida bancaria, la primera en 150 años en el Reino Unido. Las pérdidas aumentarían a niveles estratosféricos hasta que finalmente llego el colapso el 15 de Septiembre del 2008 cuando Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Otro día que vivirá en la infamia.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo es que después de una década de riqueza sin precedentes, casi regresamos a la era de piedra tras el casi-colapso de la economía mundial? En los siguientes días haré una crónica de este desastre anunciado, sin duda la peor crisis económica global desde los años veinte, y que aún sigue sin ser superada.

Próximamente: La era de la volatilidad