Crónica de una crisis – Fracaso.com

La nueva economía muere en el intento

Bievenidos al nuevo ombligo del mundo

Es difícil recordar que en algún momento de nuestra existencia no había internet y que podíamos sobrevivir sin computadoras. La revolución informática de las últimas dos décadas ha tenido un impacto sobre nuestras vidas como tal vez ninguna otra tecnología ha hecho, y ha transformado a la economía mundial a tal grado que nos trajo una auténtica edad de oro cuando menos lo esperábamos.

Pero en 1985, la situación era muy distinta. Japón, el gran protagonista del ascenso inminente del oriente, parecía invencible en su misión por convertirse en la economía más poderosa y dinámica del mundo. Su predominio en mercados como la electrónica y la industria pesada era innegable: para finales de los años ochenta, Japón producía más acero y más automóviles que los Estados Unidos, su bolsa de valores era más valiosa que la de Nueva York y sus bancos eran los más grandes del mundo. Este éxito económico había inflado el valor de las propiedades y de los bolsillos de los japoneses, que ahora gozaban de un ingreso per cápita superior a cualquier país del mundo salvo Suiza. Se decía que tan solo el terreno debajo del palacio imperial en Tokio valía más que todo el estado de California.

Pero a principios de los años noventa, la gran burbuja japonesa se desinfló, marcando el inicio de una recesión que duraría no una sino dos décadas. Para colmo y a pesar de su proeza tecnológica, Japón había descuidado el sector que sería la vanguardia de la llamada “nueva economía”: la tecnología de información. Este sector era indisputablemente dominio estadounidense y se concentraba en Silicon Valley, ubicada en las idílicas afueras de San Francisco, lejos de los motores de la economía “fordista” tradicional. Los orígenes de los nuevos maestros del universo serían humildes: empresas pequeñas, fundadas por visionarios como Bill Gates que escribió su primer sistema operativo desde un sótano, o Michael Dell que comenzó a vender computadoras desde su dormitorio de universidad. Pero esta explosión de talento empresarial no sería nada comparada con lo que se esperaría a mediado de los años noventa. Para este entonces el internet se había popularizado y abrió las puertas a un sin-límite de servicios disponibles para todos aquellos conectados a esta nueva red global. Amazon y sus libros. eBay y sus subastas. Google y sus búsquedas. ¿Había un límite? No mientras se manejaba a toda velocidad en la nueva supercarretera de información.

Wall Street, para variar, no tardó en oler las ganancias. Inversionistas derraparon los miles de millones para que estas nuevas empresas (o “startups” como se les llamaba in inglés), tuvieran las finanzas suficientes para aspirar a lo grande. Qué importaba si su modelo de negocios era un fraude y que buscaran triunfar en mercados saturados donde gracias a los efectos de red, solo una empresa (a lo mucho) sería exitosa. Muchas de estas empresas gozaban solo de nombres irreverentes como boo.com (compras), o Flooz (dinero virtual) pero gracias a los fondos ilimitados de inversionistas ingenuos (pero hambrientos por una tajada de las ganancias), podían derrapar miles de millones en campañas publicitarias para vender servicios innecesarios. Durante el Super Bowl XXXIV en enero del 2000, 17 empresas “punto-com” pagaron millones para colocar comerciales. Muchas de estas mismas empresas estaban operando con pérdidas millonarias también, mantenidas aflote solo por la promesa y esperanza de cuantiosas ganancias a la postre.

Wall Street siempre presente

La técnica más común para alcanzar el éxito financiero para una empresa “punto-com” y sus inversionistas era la oferta pública inicial o IPO (Initial Public Offering – como se conoce popularmente en inglés). Un IPO involucraba convertir a la nueva empresa – hasta ahora privada – en una empresa pública, mediante su cotización en alguna bolsa de valores, de preferencia la Nasdaq donde se cotizaba la gran mayoría de compañías de tecnología tal como Microsoft y Apple. Debido a la gran demanda para estas compañías, un IPO generalmente lograba que los precios de las acciones se dispararan, convirtiendo a sus dueños en multi-millonarios instantáneos y dando la impresión de que no había producto o servicio en línea demasiado riesgoso o demasiado ridículo para poder ser económicamente viable. Entre IPOs, demanda insaciable y una economía estadounidense a todo motor, el índice de la Nasdaq para principios del año 2000 había llegado a cinco mil – cinco veces más que su nivel a mediados de la década.

Pero como toda burbuja, la burbuja “punto-com” también se desinfló.

Las causas de la catástrofe fueron muchas. Como cualquier burbuja bursátil, llegó un punto en que el “sentimiento de mercado” hizo pensar que la burbuja había alcanzado su cénit y era hora de regresar (violentamente) a la normalidad. Muchas de las empresas “punto-com” habían agotado su generoso capital inicial sin haber reportado ganancia alguna, lo cual provocó que los inversionistas se volvieran cautelosos y renuentes en seguir apoyando compañías sin posibilidad de éxito. Para colmo, la economía estadounidense se había sobrecalentado tras una década de expansión sin precedentes en la posguerra y comenzaba un periodo natural de desaceleración. Esta desaceleración de plano se convirtió en recesión tras los atentados terroristas del 11 de septiembre que acabaron de una vez por todas con lo que quedaba de la “nueva economía”. No todo fue un desastre: los sobrevivientes como Google, eBay y Amazon surgirían de los escombros como líderes globales mientras que las empresas ya establecidas como Microsoft, Dell y Apple seguirían dominando sus respectivos mercados. Pero entre 2000 y 2002, alrededor de cinco billones de dólares (cinco trillones para los que acostumbran leer cifras en inglés) se perdieron en las bolsas de valores a causa del fracaso de los “punto-coms”, afectando no solo a Wall Street sino de millones de estadounidenses que tenían inversiones ligadas al destino de la bolsa.

Así pues, una burbuja se había desinflado, pero Wall Street y los hogares estadounidenses estaban ansiosos por recuperar sus pérdidas. La solución sería crear la madre de todas las burbujas, esta vez con la fuente de riqueza más sagrada y segura de todas.

Casas.

Próximamente: De hipotecas y hombres

Posdata: Hasta la fecha, la Nasdaq no ha recuperado su nivel de Marzo del 2000. Ni siquiera los tres mil ha rebasado.

3 thoughts on “Crónica de una crisis – Fracaso.com

  1. Me ha gustado mucho esta serie de publicaciones, me han parecido bastante ilustrativas.

    Nada más un apunte, no está mal el número romano XXXL?

    Saludos.

  2. ¡Vaya, hasta que alguien lee estos posts!

    Efectivamente tienes toda la razón, es Super Bowl XXXIV y no XXXL. Qué triste que haya economistas como yo que no saben contar en romano ;)

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