Crónica de una crisis – Nace el boom inmobiliario

Una burbuja se estalla, pero otra comienza

La mejor inversión

¿Qué sería del Sueño Americano sin un hogar propio? Para una nación tan arraigada a la tierra y a la noción de la propiedad privada, ser dueño de tu propio hogar es un deber patriótico, casi sagrado.

Pero una casa es más que cuatro paredes y un techo. Para la mayoría de nosotros, la casa es – por mucho – nuestra más valiosa pertenencia y puede ser una fuente potencial de ingresos (renta) o de colateral para un préstamo. Sin embargo, las cosas se complican en vista de que las casas (y demás inmuebles) suelen tomar las características no tanto de un activo tangible sino de un activo financiero, cuyo precio puede fluctuar a vaivén de los mercados y de otros factores, incluso factores subjetivos. A nivel agregado no hay una combinación más propicia para comenzar un boom de inmobiliario que un periodo de tasas de interés bajas, abundancia de crédito y una economía en crecimiento. Y el ciclo es virtuoso: altos niveles de construcción estimulan la economía aún más, generan empleos y aumentan la riqueza de la población, riqueza que luego se puede canalizar hacia otras inversiones productivas. Aunque pocos países lo admitirían, un boom inmobiliario es una de las recetas más simples para sostener crecimiento económico. Tan simple que parece magia.

En el 2001, esto era exactamente lo que los Estados Unidos necesitaban. Tras el doble choque del colapso de la “nueva economía” y los atentados del 11 de Septiembre, el país estaba en la víspera de una recesión. A cargo de evitar lo inevitable estaba Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (el banco central, mejor conocido como “el Fed”) y por mucho el economista más poderoso e influyente del país, por no decir del mundo. A lo largo de 14 años al frente del Fed, Greenspan había presidido sobre la expansión económica más importante en la historia de los Estados Unidos en tiempos de paz: el boom de los años noventa. Tal era su popularidad que muchos lo consideraban el mejor jefe del Fed en la historia. Monetarista de corazón (al igual que su ídolo, el mismísimo Milton Friedman), su principal arma en el arsenal económico del Fed era el uso efectivo de las tasas de interés: subirlas cuando la economía se sobrecalentaba, bajarlas cuando se debilitaba. Según la teoría, tasas de interés bajas impulsarían el consumo y el crédito, dando así el empuje necesario para salir de una recesión.

La receta se aplicó en 2001 con éxito. La recesión terminó siendo mucho más leve de lo temido, aunque la caída de las tasas tuvo que ser drástica: de 6.5% en Mayo de 2000 a apenas 1% dos años después. Sin embargo, esto por sí no resolvería uno de los legados del colapso de la “nueva economía”: la pérdida de riqueza tras el estallido de la burbuja bursátil de la Nasdaq. Empezar otra burbuja bursátil no era factible ya que cualquier confianza que quedaba en el mundo corporativo estadounidense después del debacle de los punto-coms se había evaporado con el escándalo de Enron en 2001. Afortunadamente, ya había otra burbuja que desde hace varios años se estaba manifestando. Era una burbuja inmobiliaria, que se desató en los años noventa a raíz de la expansión económica. Para el año 2000, el precio promedio de las casas era aproximadamente 25% superior a la media de la década pasada, pero pocos mostraban consternación en vista de que la burbuja todavía no había crecido a niveles alarmantes. Y qué mejor que una pequeña burbujita para darle una inyección de vitalidad a la economía cuando más la necesitaba.

Tanto dinero pero ¿dónde ponerlo?

Sin embargo, todas las condiciones para que la burbuja inmobiliaria creciera fuera de control estarían presentes durante los siguientes años. Para que una burbuja se expandiera, se necesitaba dinero y afortunadamente esto estaba en abundancia, cortesía de las riquezas del oriente. Resulta que como consecuencia de la crisis asiática de 1997-8, muchos de los países afectados llegaron a la conclusión de que para evitar otra crisis, necesitaban disponer de un colchón de reservas internacionales – o sea, dólares – para así contrarrestar cualquier fuga de capitales (en vista que el consenso neoliberal era evitar controles de capital a toda costa). Para lograr esto, mantendrían sus monedas artificialmente devaluadas logrando así superávits comerciales que llenarían los cofres de sus bancos centrales con dólares. Sostener estos superávits no sería nada difícil considerando el voraz apetito de los Estados Unidos por las exportaciones ajenas.

Los países asiáticos necesitaban hacer algo con tantos dólares pero sus opciones estaban limitadas por la poca sofisticación de sus sistemas financieros. Y no solo estaban nadando en dinero gracias a las exportaciones, también sus enormes ahorros domésticos contribuirían a lo que Ben Bernanke – successor de Greenspan – llamara la “saturación global de ahorros” (global savings glut). Todo ese dinero necesitaba un destino. Un destino con el tamaño y la sofisticación para absorber billones de dólares e invertirlos efectivamente.

Qué mejor lugar que Wall Street. Y qué mejor inversión que casas.

Próximamente: Los alquemistas financieros hacen su retorno triunfal

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