Living la vida inglesa

Chavs, hooligans y cerveza tibia

Shagadelic? No realmente

Fookin’ aye mate, hoy cumplo exactamente tres años de vivir en La Perfide Albion (como de cariño llaman a esta isla sus queridos vecinos franceses). Y en vez de repetir el viejo cliché de qué tan rápido pasa el tiempo, más bien parece lo contrario: siento que llevo toda la vida aquí. ¿Señal de que ya me acoplé a comer fish & chips y venerar a la reina? ¿O señal de que ya me tengo que largar a tierras más cálidas (y no me refiero justamente al clima)? Por el bien de mi salud mental, me inclino hacia lo segundo.

Re-leyendo un viejo artículo escrito en mi blog anterior tan solo unas semanas después de llegar a Londres, quedé un tanto sorprendido de que la gran mayoría de mis impresiones iniciales siguen siendo igual de válidas. Sip, el tube (el metro) sigue siendo una mierda, de hecho empeora al mismo ritmo en que se encarece. La vivienda sigue siendo una porquería y eso que ya he vivido en tres lugares diferentes. Y el clima, ya ni por dónde empezar. Pero me causó gracia mi primera impresión de los ingleses. Recordemos:

Excelentes personas. Obvio que no me he juntado con los hooligans pero mi primera impresión de los locales ha sido excelente: muy considerados, amables, propios y alivianados. No por algo lo primero que hicieron nuestros profesores después de la inducción del programa fue llevarnos al pub por unas cervezas y a platicar de tú a tú. Otro día en la madrugada en el camión un tipo empezó a preguntar hacia donde iba el camión (ya llevaba uno que otro alcohol encima): todos los que estaban alrededor prácticamente le delinearon la ruta para llegar a su casa.

Tal vez un tanto prematuro, considerando que este post fue escrito solo 9 días después de haber arribado a este reino. Pero un año después, mi impresión sería un poquito más negativa aunque al fin de cuentas le encontraba el lado bueno:

Un año después mi impresión de este país ha caído considerablemente por razones que no entraré en detalle. Solo digamos que los ingleses no me caen precisamente bien, el clima es el peor del mundo, la vida nocturna está sobre-valuada, la vivienda parece salida de un cuento de Dickens y el metro es una porquería que le daría pena a cualquier país tercermundista. Pero aún así he decidido arriesgarme y quedarme un par de años más. Dentro de todo, aquí sé que no me van a secuestrar, que me darán 30 días de vacaciones hasta en el trabajo más puñetero (además de horas razonables y buen sueldo), y mi cerveza me la servirán con 500 ml y no 33.

¿Qué causó ese abrupto cambio de impresión sobre los locales? ¿Cómo es que pasaron de ser “excelentes personas… considerados, amables, propios y alivianados?”. Creo que a estas alturas no usaría ninguno de esos adjetivos para describirlos. La clave está en una pequeña observación previa: “obvio que no me he juntado con los hooligans”. Y es que en 2007 había una sola sub-cultura urbana merecedora de mi ira: los emos. Es más, mi primer post en Londres fue un pensamiento:

Lo mejor de Londres: en tres días no he visto un solo pinche emo.
(tampoco he visto el sol durante este lapso pero sale sobrando)

Pero todo cambió cuando conocí a los chavs.

La peor plaga desde 1665

No hay raza más maldita en este mundo que los chavs. Son una plaga urbana que ha infestado por completo a este país y secuestrado sus lugares públicos. Los encuentras en cualquier lugar, desde las urbes más grandes, hasta los pueblos más pequeños y pintorescos. El chav no tiene realmente equivalente en México, ni en cualquier otro país que haya conocido. En su más precisa definición se refieren a un grupo social proveniente de las clases obreras o bajas, de origen exclusivamente indígeno (o sea, blanco, nativo original de las islas británicas), baja o nula educación escolar (y familiar) y propensión excesiva hacia la violencia, cortesía de copioso consumo de alcohol y drogas. Es raro encontrarse a solo un chav: por lo general se concentran en grupos de 5 o 6 o más, perdiendo el tiempo en la calle con lata de cerveza en mano y cigarrillo en el otro. La mayoría son menores de edad lo cual les permite hacer lo que se les pegue la gana sin consecuencias legales o policiacas. Resulta pues que contrario a la impresión de que la policía inglesa es brutalmente eficiente, cuando se trata de controlar a los chavs, son completamente inútiles. Y es que aquí, la ley los tiene perfectamente acobijados ante cualquier represalia, cuan justa y merecida sea. Un chav te agrede y un policía irá a su casa a darle un “aviso” – y eso si le va mal. Tú te defiendes y terminas en la cárcel por agresión a un menor. Personas o familias que cometen la osadía de enfrentarse a los chavs terminan siendo aterrorizadas por años, sufriendo agresiones verbales y físicas, destrucción de propiedad y demás desmanes sin que la policía mueva un solo dedo para protegerlos.

La nueva nobleza

La gran solución del gobierno ante esta juventud fuera de control es un instrumento legal de dudosa efectividad llamado el ASBO – Anti-Social Behaviour Order. Básicamente después de repetidas transgresiones, una corte le asigna un ASBO a un chav donde se le prohíbe visitar ciertos lugares, o acercarse a ciertas personas. Sin embargo, se ha comprobado que casi la mitad de los ASBOs son violados y la historia se repite de nuevo además de que muchos chavs usan un ASBO como símbolo de su “credibilidad callejera”. ¿Qué tan serio es el problema anti-social en Inglaterra? Generalmente es considerado como la preocupación principal de la ciudadanía en cuestiones de seguridad, más allá incluso que el terrorismo. El problema es que como generalmente no involucra muerte ni robo, la policía no lo toma como prioridad. Pero aún así, Inglaterra es el único lugar en el mundo donde verán carteles enormes en lugares públicos implorando “no agredir a nuestros trabajadores”. Dichas agresiones pueden ocurrir en cualquier lugar, sea el metro, el autobús, el supermercado. Solo basta encontrar algunos chavs buscando problemas, lo cual es evidentemente lo único que saben hacer en vista de que ni estudian ni trabajan y ni siquiera sus propias familias los quieren en casa. Y gracias al generoso estado de bienestar del Reino Unido, el gobierno los mantiene a perpetuidad sin que tengan que hacer nada productivo. Incluso les dan más dinero si tienen hijos y el resultado ha sido que el Reino Unido es el país industrializado con mayor índice de embarazo juvenil. Y no solo es un chamaco: no es nada extraño ver a papá y mamá chav con una carriola doble o triple. Tres más chavs para la postre y más dinero del estado para comprar vodka marca propia y un paquete de “fags” (cigarrillos). Es hasta cómico a veces ver que los chamacos salen de diferentes colores: las chavs no discriminan a la hora de aflojar.

El barrio bravo de Londres

Tal vez mi impresión ha sido indebidamente influenciada porque vivo al lado de (afortunadamente no dentro de) uno de los barrios más notorios de Londres. Se llama Bermondsey, el único enclave “cockney” que aún queda en el sur de Londres, rodeado ahora por barrios regenerados de clase media-alta después de que Thatcher decidió convertir al viejo y empobrecido puerto de Londres en una zona financiera. Su mala fama, sin embargo, radica en que es sede del equipo de fútbol con la peor reputación de hooliganismo de todo el país: Millwall F.C. Es un equipo de tercera (ah no, segunda, ya subieron de categoría), pero sus fans son temidos en cada rincón de esta nación: solo basta decir que en casi toda película de hooligans que he visto (recomiendo I.D., Green Street y The Football Factory en particular) son los malos y tienen una rivalidad particularmente intensa con West Ham United a tal grado que la última vez que se enfrentaron hubo disturbios y hasta un muerto. Pero lo peor es que Millwall es toda una institución en Bermondsey, tal vez la institución más venerada en este “barrio bravo” a tal grado que no falta ningún pub que no esté adornado con banderas de Inglaterra con “Millwall” escrito en el centro. Ojo que hablo de la bandera de Inglaterra (no la Union Jack), una bandera que tiene connotaciones racistas gracias a su adopción por grupos de extrema derecha. La asociación no es espuria: la gran mayoría de fans de Millwall traen la cabeza rapada y muchos portan tatuajes con símbolos de supremacistas blancos (los más atrevidos de plano portan esvásticas). Pasear por Bermondsey antes de un partido es ver los pubs repletos de hooligans preparándose para lo que seguramente es el momento culminante de su miserable existencia semanal. Además, es un ritual intergeneracional: abuelo hooligan empinando chelas junto con papá hooligan (ambos tatuados como marineros) e hijo hooligan que todavía no ha de llegar a la pubertad pero ya tiene la cabeza rapada y aretes. Mamá hooligan seguro también anda allá, gorda como ballena pero con mallas y un top donde se le desparrama la lonja, fumando como chimenea, igual de tatuada que su esposo y con un bronceado falso que le ha dejado la piel naranja y arrugada antes de llegar a los 40.

Ok, admito que Bermondsey es un ejemplo extremo, y no hay chavs en cada esquina de Londres (no puedo decir lo mismo de otras ciudades, particularmente los suburbios y el norte del país) pero ya ven hacia donde voy: este país tiene un serio problema de decadencia social, por mucho el peor que he visto en el primer mundo. No sé cuándo empezó. Me inclino a pensar que fue con la turbulencia económica de los años setenta y el deterioro familiar de una generación que se rebeló contra a la rigidez social que solía ser característica de este país. Algo que nunca me deja de impresionar es la completa ausencia de cariño que las familias inglesas les tienen a sus niños. Los jalonean, los regañan, les gritan por cosas tan absurdas como caminar más lento o abrir la boca. Los tratan como bulto, como un peso con el que tienen que lidiar. Eso no lo ves en otros países, al menos no a tal grado. No es sorprendente pues que terminen criando monstruos, maleducados porque el respeto nunca fue algo que les inculcaron, intolerantes porque nade fue tolerantes con ellos. No por algo este país es el que inventó el llamado happy slap: agresiones a personas (principalmente a otros jóvenes) sin provocación alguna con el único fin de ser filmados con celulares y subidos a YouTube. Monstruos. La analogía más comparable es con Dr. Jeckyll & Mr. Hyde y no me sorprende que la intención de Robert Louis Stevenson haya sido en parte explorar la dualidad del carácter humano, particularmente de sus paisanos escoceses. Es sin duda un pueblo con dos caras. Y la pócima que lleva a esta transformación suele ser el alcohol.

Fiebre de sábado en la noche

Fancy a pint, mate?

Olvídense del fútbol, el rugby o el cricket: el alcoholismo es el deporte nacional del Reino Unido. Pero lo que hace único a este país no es tanto la cantidad de alcohol que consumen – los europeos del este consumen mucho más per cápita y nosotros los mexicanos tampoco nos quedamos muy atrás – sino la manera en que se comportan bajo la influencia. No hay país donde gozar del alcohol invariablemente involucre actuar de la manera más ridícula, vulgar y ofensiva que se pueda imaginar. Es un ciclo vicioso que se convierte en una carrera en la que el más malacopa gana (tampoco quiero discriminar, porque las mujeres muchas veces se llevan este distinguido premio), sin inhibiciones pues todo se vale y mientras peor te comportes más eres aceptado. Pero en términos más generales, el alcohol es la manera en que este pueblo rompe las cadenas de su propia ineptitud social: gente que de día ni te pela, de pronto se convierte en tu amigo del alma después de unos cuantos pints encima, para después olvidarse de que existes al día siguiente. Para hacer una amistad inglesa hay que hacer el intento, cosa que a nuestra sangre caliente latina le cuesta acostumbrarse y cosa que queda aún más evidente cuando se conoce gente de países más afines al nuestro. Por ejemplo, los griegos: no he conocido griego o griega que no te trate como amigo de toda la vida la segunda vez que te ve. Pero con un inglés es empezar de cero otra vez, hasta que después de repetidas alcoholizadas se llega al siguiente nivel de contacto social. Solo basta decir que en este país algunas de mis mejores amistades han sido gringos. ¡Quién pensaría que la brecha que nos separa con los ingleses en cuestión de personalidad y carácter haría a uno mismo creer que los gringos son casi nuestros hermanos de sangre!

En fin, tres años en la pérfida Albión pero por el momento seguiré aquí, tal vez un año o dos más. Pero me queda claro que este no es un país donde quisiera hacer mi vida, en vista de que es una sociedad en la que jamás podría sentir que pertenezco. Tal vez he sido un poco injusto en mi caracterización de los ingleses en vista de que tengo una que otra amistad entre los locales (aunque no muchas). Y no todos son chavs, ni todos son hooligans. Muchos son genuinamente buenas personas, aunque generalmente de generaciones previas cuando todavía existían valores en esta sociedad. Pero me parece que la proporción de gente decente en este país cada vez se va disminuyendo. En vista de que nacen al menos tres o cuatro chavs por cada inglés decente, ya se imaginarán lo que le espera a la “Gran” Bretaña en unos años.

Pero para entonces estaré muy, muy lejos…

Si no me creen que este país está infestado de chavs, lean este divertido blog (y de paso busquen Bermondsey, hay como cuatro posts sobre el barrio bravo de Londres).

La Batalla del Marne (1914)

La batalla que salvó a Francia y cambió la historia del Siglo XX

Soldados franceses esperando al enemigo

Hay pocas batallas que han cambiado el curso de la historia de manera tan dramática y decisiva como la Batalla del Marne en 1914. Para muchos, fue la batalla que salvó a Francia del colapso total durante la Primera Guerra Mundial—la primera victoria aliada tras una serie de derrotas y retiradas al hilo. Pero el éxito auguraría una lucha prolongada, que lejos de durar tan solo unos cuantos meses como ingenuamente se pensaba, duraría unos cuantos años y con un costo humano que ascendería a millones de vidas perdidas para ambos bandos.

Una vieja enemistad

Tras el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand en Sarajevo aquel fatídico 28 de Junio de 1914, la paz que se había mantenido en el continente por casi medio siglo se desmoronó en cuestión de días. Una compleja red de alianzas se activó tras la declaración de guerra entre el Imperio Austro-Húngaro y Serbia, arrastrando primero a la Rusia Zarista, luego al Imperio Alemán del Káiser Wilhelm II y finalmente a las dos democracias, Francia y Gran Bretaña. No se puede negar que todos anticipaban con ansias el conflicto y tal vez para ningún otro país el llamado a la guerra fue tan bienvenido como para Francia. Era hora de la revanche. Revancha contra la humillación de 1870, donde fue sorpresivamente derrotada en la guerra Franco-Prusiana. Y no era para menos. No solo había cedido su posición tradicional como potencia máxima continental ante los prusianos, había perdido dos de sus provincias (Alsacia y Lorena) y había visto al rey de Prusia, Wilhem I, coronarse en el salón de espejos de Versalles como Káiser de un pueblo alemán unificado.

La enemistad franco-alemana se intensificó año tras año después de aquel debacle. Los franceses tuvieron que ver cómo el naciente Imperio Alemán se transformaba en la principal potencia militar e industrial de Europa, con una población que ahora sobrepasaba (por mucho) a la suya. En 1870 el tamaño de los ejércitos había sido casi igual pero para 1914, había 3 soldados alemanes por cada 2 soldados franceses. La disparidad en poderío forzaría a Francia hacer lo impensable: buscar un acercamiento con su acérrimo enemigo histórico, la Gran Bretaña. Pero por otro lado, la envidia tampoco sería un sentimiento ajeno para los alemanes. En particular, vieron con asombro la recuperación francesa después de la guerra, y su posterior expansión colonial que los alemanes nunca pudieron igualar. “Nuestro imperio está en Europa” alguna vez dijo el gran canciller Bismark, palabras resonantes que escondían un severo complejo de inferioridad, particularmente al ver sobre cuantos millones de kilómetros cuadrados del globo se alzaba la tricoloeur.

Así pues, el estallido de guerra provocó una rápida movilización por parte de las potencias de Europa. En el Occidente, dos enormes ejércitos se habían puesto en marcha, listos para implementar sus respectivos planes bélicos que prometían una victoria rápida y fulminante antes de Navidad. Los franceses contaban con el Plan XVII: un ataque masivo y directo sobre la frontera Franco-Alemana con el objetivo de re-conquistar las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Imbuidos con el espíritu de elán, e indoctrinados con la teoría de que no había lugar para la defensa en la guerra moderna, el ejército francés se lanzó a la ofensiva con la intención de recuperar el honor perdido hace cuarenta años. Único entre los grandes ejércitos de Europa, el francés aún vestía con uniformes coloridos, más apropiados para las guerras napoleónicas que para una guerra moderna e industrializada (lo más notorio eran sus pantalones rojos que hacía visible a los soldados de infantería desde kilómetros de distancia). No importaba, la guerra se ganaría con puro élan. El 7 de Agosto el ejército francés entró a Alsacia y Lorena esperando el júbilo de una población “liberada”.

Era una trampa.

1870 redux

Sin saberlo, una ofensiva en Alsacia y Lorena era justo lo que el Estado Mayor alemán había anticipado. Su propio plan, el Plan Schlieffen, contemplaba que cualquier ataque francés en la frontera sería neutralizado usando el menor número de tropas necesarias. Mientras tanto, el peso del principal ataque alemán caería en el norte, a través de Bélgica. El riesgo de que Gran Bretaña activaría su alianza con los belgas sería lo de menos: el pequeño y “despreciable” ejército británico era minúsculo y no tendría efecto alguno sobre el resultado final. Para fortuna de los teutones, los movimientos iniciales siguieron el Plan Schiefflen al pie de la letra y aunque se cedió espacio al invasor, cada kilómetro de avance se les cobraba con horripilantes bajas cortesía de retaguardias armadas con la nueva reina del campo de batalla: la ametralladora. La resistencia alemana poco a poco se endureció y para el 20 de Agosto, la ofensiva francesa sobre Alsacia y Lorena se había agotado. Hacia el norte, en las Ardenias, otro ataque francés el 21 de Agosto fue derrotado y un último intento para evitar una invasión sobre la frontera belga (y por primera vez contando con el apoyo del ejército británico) tuvo que ser abortado porque los alemanes atacaron primero. La iniciativa aliada se había perdido por completo y comenzó la gran retirada a lo largo de todo el frente.

Los alemanes, por segunda vez en menos de medio siglo, marchaban hacia Paris persiguiendo a un ejército que estaba en la víspera de una humillación aún peor que la de 1870. El Plan Schlieffen original contemplaba un cerco enorme que atraparía al ejército francés entre París y la frontera pero todo dependía de la fortuna del ala derecha del ejército teutón. La punta de esta enorme hoz era el I Ejército al mando del General von Kluck: con un cuarto de millón de hombres, era la unidad alemana más poderosa del ejército (por no decir de cualquier ejército), la mejor equipada y había arrasado con todo en su camino desde que sus soldados entraron a Bélgica. Aunque el camino había sido duro y los soldados estaban ya al límite de su aguante físico, el premio mayor de todo conquistador de Francia estaba tan solo unos pocos kilómetros a la distancia: París. Entre ellos y la gloria de capturar la capital más majestuosa de Europa estaba un ejército desmoralizado, derrotado, incapaz de ofrecer más resistencia para defender su propio suelo.

Pero es en ese momento que el plan alemán cambió: París tendría que esperar. La prioridad no sería una ciudad sino acabar de una vez por todas con lo que quedaba de los ejércitos aliados que se retiraban hacia el sur. Por lo tanto, la hoz se tendría que achicar y el ejército de von Kluck marcharía al sur también, pasando por la derecha de la capital francesa. A principios de Septiembre y tan cerca de París que desde lejos incluso se podía observar la Torre de Eiffel, los alemanes cruzaron el rio Marne (que corre de Paris hacia el este) para perseguir al enemigo y derrotarlo de una vez por todas.

La oportunidad

Al recibir los reportes de que von Kluck ya no se dirigía a Paris, surgió una oportunidad de oro para los generales franceses, comandados por el General Joffre. El recién creado VI Ejército, cuyo fin hubiera sido defender París, podría avanzar y atacar a von Kluck desde su flanco. Esto interrumpiría el avance alemán lo suficiente para que el resto del ejército francés lanzara una contra-ofensiva a lo largo de todo el frente y así ponerle freno al enemigo. El 5 de Septiembre, las unidades de vanguardia del ejército de Paris se toparon con el flanco de von Kluck que casi inmediatamente se dio cuenta del peligro que enfrentaba. Von Kluck giró su ejército hacia el oeste para encarar a los franceses, contra quienes contaba con una enorme superioridad numérica. Pero esa superioridad se podría reducir si tan solo arribaran a tiempo varios regimientos de reserva congregados en París. Aunque el frente estaba a unos pocos kilómetros de la capital (algunos parisinos ya podían escuchar el rugido de los cañones), una marcha sería demasiado tardada considerando la urgencia de la situación. Así que el brillante General Gallieni, gobernador militar de Paris, tuvo otra idea: mandar las tropas al frente en taxi.

Taxis al frente

Los “taxis del Marne” se convertirían en una leyenda, sin duda la anécdota más icónica y folclórica de la batalla que salvó a Francia. Gran parte del parque de taxis de Paris fue “reclutado” por Gallieni para transportar a las tropas hacia frente: 600 taxis para llevar dos regimientos enteros. Los taxistas, al principio molestos por la osadía de tal interrupción a su trabajo cotidiano, pronto vieron su tarea como un deber patriótico, un deber sagrado. Y ante el júbilo de las multitudes y el riesgo de manejar bajo fuego al acercarse al frente, cumplieron su misión de manera ejemplar: diez mil tropas de reserva de los cuarteles de Paris llegaron justo a tiempo para demorar la desesperada pero brutal contra-ofensiva alemana. Esta contra-ofensiva no solo se limitaba a los suburbios de la capital: en el este, varios ejércitos alemanes reanudaron el ataque con la intención de quitarle presión a von Kluck. Pero los franceses (apoyados por tropas coloniales que incluían marroquís y algerianos) se mantuvieron firmes, aguantando el embate teutón aún considerando las enormes bajas sufridas por ambos.

Para este entonces, el movimiento de von Kluck había dejado un espacio entre él y su izquierda donde se encontraba el II Ejército de von Bülow, situación que fue descubierta por varios vuelos de reconocimiento. Se ordenó que el V Ejército francés y el pequeño BEF británico (British Expeditionary Force), ambos al sureste de París, avanzaran para aprovechar esta debilidad. Nada tonto, von Kluck estaba consciente de que ahora enfrentaba una amenaza en su flanco sur pero no había nada que podía hacer. El ejército alemán ahora se encontraba en la peor situación posible: su poderosa ala derecha había sido sorprendida y neutralizada por los ataques aliados en el oeste y el sur. Su única esperanza era que el ala izquierda lograra quebrantar el frente francés en el centro pero este plan no corrió con mucha suerte. Al este, un ataque alemán sobre Verdún (sede de lo que sería una de las más cruentas batallas de la guerra dos años después) fracasó, mientras que la ofensiva en el centro de la línea perdió su ímpetu ante la férrea defensa. Aunque también estaban al borde de su resistencia física y mental, los aliados tenían claramente la iniciativa.

Retirada

El 9 de Septiembre, el General von Moltke, comandante en jefe del ejército alemán (y sobrino del von Moltke que había tenido el mismo puesto en 1870), sufrió una crisis nerviosa y ordenó una retirada general para consolidar el frente y así salvar a su ala derecha de la destrucción total. Eventualmente, los alemanes se acomodarían en una línea de trincheras que llegaba desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza y donde por cuatro años permanecerían casi inmóviles. Aunque para los franceses el “Milagro del Marne” fue una apabullante y merecida victoria, pronto se enfrentarían a la realidad de que la guerra sería larga y cruenta. Ya de por si era evidente la singular brutalidad de la guerra moderna: en los dos meses de Agosto y Septiembre de 1914, el ejército francés sufrió más de 360,000 muertos, desaparecidos o prisioneros – una sexta parte de sus bajas totales durante todo el conflicto. Y durante los siguientes cuatro años, este ejército lucharía por expulsar al invasor bajo condiciones infrahumanas: abatidos por ametralladoras, mutilados por artillería o de plano atrapados por el alambrado de púas que decoraba la mórbida “tierra de nadie” que separaba a las trincheras. Trincheras donde una generación entera vivió y murió. Tal fue la desesperación que en 1917 el ejercitó se amotinó, y solo la intervención oportuna de uno de sus héroes pudo aplacar el revuelo. Todo ser humano tiene un límite.

Pero la importancia de la Batalla del Marne no se puede desestimar. De no haberse expuesto el flanco de von Kluck, es casi imposible pensar que los aliados hubieran tenido una oportunidad tan clara para evitar la derrota. Y de haber caído Francia, la victoria alemana en la Primera Guerra Mundial hubiera sido rápida y absoluta: es muy probable que hubiera terminado el conflicto para Navidad, con el ejército alemán como amo y señor del continente. El orden mundial que hubiera surgido de este escenario alternativo es difícil de visualizar. ¿Competencia colonial con Gran Bretaña para dominar el mundo? ¿Un imperio continental como los Estados Unidos? ¿Guerra civil y resistencia entre los pueblos forzados a vivir bajo el yugo germano?

Pero la realidad es que no fue así. Gracias al sacrificio de más de un millón de soldados, unos cuantos taxis y un poquito de suerte, la fortuna sonrió para Francia. Y así en el Marne se ganó lo que en su momento fue la más grande batalla de la historia.

Mapas de la batalla cortesía del USMA (vean mapas 6-11)

Lean más: No puedo dejar de recomendar The Guns of August, de Barbara Tuchmann, un libro que explica los orígenes de la guerra y narra los acontecimientos desde el primer disparo hasta la Batalla del Marne. Es uno de mis libros de historia favoritos entre todos. Y como recuento de la batalla misma está el clásico de Georges Blond, The Marne, que acabo de leer y sirvió de inspiración para este post.

Crónica de una crisis – Colapso

El error de Septiembre y lo que siguió

Llegó el momento de la verdad

El 2008 comenzó con incertidumbre en el aire. Sin saberlo todavía, los Estados Unidos ya habían caído en recesión desde finales del año anterior aunque la economía aún seguía dando señales de vida. Y aunque los mercados financieros mundiales estaban virtualmente paralizados, la economía global “real”, seguía marcando al trote de las nuevas economías emergentes como China, India, Rusia y Brasil (conocidas como los “BRICs”). Se decía incluso que el mundo en desarrollo ya finalmente se había desacoplado del industrializado y que una crisis en los Estados Unidos o Europa quedaría contenida sin mayores estragos. Si había un problema, más bien era un exceso de demanda – particularmente de China, cuyo apetito por recursos naturales y productos básicos aparecía insaciable. Comida, metales, petróleo, todos alcanzaron precios récord en el 2008 que si bien beneficiaban a sus exportadores, estaban generando enormes presiones sociales y presiones inflacionarias. Se decía que millones caerían en la pobreza en el tercer mundo y que el petroleo llegaría a $200 por barril. O más.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, la situación en la banca se estaba convirtiendo en una masacre. Para enero se estimaba que $90 mil millones se habían perdido a causa de la crisis subprime y para marzo se estimaba que la cifra había ascendido a más del doble. Y para empeorar el asunto, el valor bursátil de muchos de estos bancos se estaba desplomando, empeorando así su posición financiera. El primer banco en caer fue nada menos que el que empezó el debacle: Bear Stearns. El 17 de Marzo, la Reserva Federal de Nueva York organizó su venta a JPMorgan Chase al precio casi regalado de $2 por acción (había valido $172 por acción poco más de un año antes). Y así en un instante desapareció esta institución con más de 80 años de trayectoria en Wall Street – el quinto más grande del mundo. Mientras tanto, las pérdidas seguían aumentando: UBS $19 mil millones en los primeros tres meses del año. Citigroup, $15. En su reporte semestral del sistema financiero global, el Fondo Monetario Internacional estimó que las pérdidas totales ascenderían a $1 billón.

Mala noticia tras mala noticia siguieron durante el verano del 2008. Las primeras señales de que la crisis podría tomar dimensiones globales se pudieron observar en Julio cuando los precios del petróleo llegaron a su cénit (a más de $140 por barril) y comenzaron a caer. El Baltic Dry Index, un indicador poco conocido pero considerado como un proxy para el comercio mundial (mide el precio promedio de un envío marítimo), también comenzó a caer. Era evidencia inequívoca de que la demanda global se estaba deteriorando y que la economía “real” no sobreviviría un colapso financiero. Terminando el verano el nerviosismo aumento debido a rumores de insolvencias inminentes en varios bancos. Entre ellos, Fannie Mae y Freddie Mac, las agencias hipotecarias cuasi-gubernamentales. También era el caso de Merrill Lynch, cuyas pérdidas para ese entonces eran mayores a cualquier otro banco de inversiones: más de $50 mil millones. Asimismo, AIG estaba en la mira. Pero los rumores más fuertes circulaban en torno a Lehman Brothers. Aunque era apenas el cuarto banco de inversiones más grande, había sido uno de los bancos más agresivos en comercializar activos subprime. Además, era el banco estadounidense más endeudado, con deudas más de treinta veces mayores a su valor bursátil. Lehman no solo enfrentaba problemas de liquidez: estaba al borde de la insolvencia.

En Septiembre esos rumores cobraron vida propia, particularmente tras la noticia el 7 de Septiembre de que el gobierno había tomado control sobre Fannie y Freddie. Temerosos ante la posibilidad de terminar en la quiebra, los accionistas abandonaron a Lehman y su valor de mercado se desplomó. Inmediatamente comenzaron las negociaciones en privado con la Reserva Federal a quienes imploraron un rescate. La situación para el gobierno era peligrosa. Por un lado, Lehman ocupaba un nicho importante en el sistema financiero mundial, cuyo colapso pondría en peligro miles de millones de dólares vinculados a sus contrapartes. Pero de rescatar a Lehman, el gobierno daría la señal de que estaría dispuesto a rescatar a cualquier banco con problemas – un típico caso de riesgo moral. Además, era muy posible que aún rescatando a Lehman, sería cuestión de tiempo antes de que cayera un banco aún más importante. ¿Podría el sistema financiero mundial sobrevivir el colapso de Goldman Sachs? ¿Podría sobrevivir el colapso de Citigroup o AIG?

El domingo 14 de Septiembre las negociaciones fracasaron. No habría rescate, ni tampoco encontraron comprador. El lunes 15 de Septiembre de 2008 – un día que vivirá en la infamia financiera – Nueva York se despertó con la noticia de que uno de sus bancos más antiguos (llevaba casi siglo y medio de existencia) se declaraba en bancarrota. Desde su icónico rascacielos cerca de Times Square, banquero tras banquero liquidado salía del edificio llevando consigo cajas de cartón con sus pertenencias ante la mirada de las cámaras. Con más de $600 mil millones en activos, había sido la bancarrota más grande en la historia de los Estados Unidos, por mucho opacando a la de Enron pocos años atrás. Pero el día no había terminado: Merrill Lynch, al borde del colapso también, fue comprado por Bank of America a precio de remate. Al día siguiente, el gobierno tuvo que rescatar a AIG mediante una infusión de $85 mil millones, y tomando control sobre el 80% de la empresa. Y para terminar con broche de oro, el 21 de Septiembre ocurrió algo que si bien fue más simbólico, marcó el fin de una era: Goldman Sachs y Morgan Stanley, los únicos dos bancos de inversiones sobrevivientes, cambiaron sus estatutos legales para volverse bancos comerciales y así poder recibir ayuda del gobierno.

El resto es historia.

La caída de Lehman Brothers marcó el inicio del casi-colapso del sistema financiero mundial. De no ser por la intervención oportuna de gobiernos y bancos centrales, es muy posible que el sistema de mercado que conocemos como tal se hubiera hundido por completo en el lapso de varias semanas en aquel Septiembre y Octubre. La caída de Lehman también marcó el momento en que la crisis financiera se convirtió en una crisis económica, afectando ya no solo a la banca sino a todos los sectores. Pero aunque la economía mundial está ahora en su fase de recuperación, los estragos continúan: el desempleo no ha mejorado, el mercado hipotecario en los Estados Unidos sigue deprimido, los bancos siguen en su “credit crunch” aunque siguen repartiéndose jugosos aguinaldos. ¿Justicia? Nunca ha habido y nunca habrá para los reyes de Wall Street que seguirán buscando la manera de romper las reglas y hacer su domingo con dinero ajeno.

Sigan este espacio… nunca saben cuándo esta historia tenga otra lamentable secuela.

Crónica de una crisis – Credit Crunched

De crisis subprime a crisis crediticia

Adiós al Sueño Americano

Si el génesis de la crisis actual fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, entonces la crisis comenzó en Julio del 2006 cuando el precio promedio de las casas en los Estados Unidos cayó por primera vez en más de una década. El ritmo de construcción de viviendas nuevas ya también estaba de picada desde Enero. La causa directa de este desplome fue el creciente número de ejecuciones hipotecarias causadas por moratorias en el mercado subprime.

¿Qué causó ese incremento en moratorias? Desde varios años antes la Reserva Federal había elevado las tasas de interés para evitar un sobrecalentamiento de la economía. La mayoría de las hipotecas subprime se habían contratado bajo tasas ajustables en vez de tasas fijas lo cual incrementó los costos de las mensualidades. Además, una práctica muy común era atraer compradores prospectivos mediante tasas engañosamente bajas, pero que se dispararían en uno o dos años. La combinación de política monetaria restrictiva y el fin de estas tasas iniciales engañosas fueron devastadoras: un total de 1.2 millones de prestamistas perdieron sus casas al caer en moratoria. Los signos de “Sold”, ubicuos frente a millones de casas alrededor del país tan solo un año antes, poco a poco se iban reemplazando por signos de “Foreclosure”. El efecto fue particularmente notorio en los estados “asoleados” como California y Florida que experimentaban alta demanda para segundos hogares, pero también en los viejos bastiones industriales como Detroit y Cleveland donde la pobreza era alta y la promesa de una vivienda propia había sido difícil de resistir.

El desplome del mercado subprime fue brutal: entre Enero y Abril del 2007 el mercado quedó hecho escombros tras las bancarrotas de sus principales hipotecarios, notablemente New Century Financial (para fin de año más de 100 compañías hipotecarias desaparecieron). Los bancos que tenían operaciones directas en el mercado hipotecario también comenzaron a sufrir enormes pérdidas: HSBC reportó una pérdida de $11 mil millones en Marzo desde su división de préstamos para viviendas. Pero lo peor estaba aún por venir. En 22 de Junio, dos hedge funds administrados por Bear Stearns – uno de los cinco grandes bancos de inversiones estadunidenses – tuvieron que ser rescatados debido a pérdidas catastróficas relacionadas con CDOs contaminados con activos subprime. Para este entonces era claro que todo el sistema financiero estaba contaminado por estos “activos tóxicos”. El 9 de Agosto, poco más de un mes después, el banco francés BNP Paribas reportó un problema similar con varios de sus hedge funds y de plano los suspendió “debido a la completa evaporación de liquidez en ciertos segmentos del mercado de activos estructurados estadounidense”. Esos activos eran los MBS y CDO estructurados con hipotecas subprime.

En ese instante, los mercados crediticios mundiales se congelaron. Los bancos simplemente se dejaron de prestar.

Lo que ni los 'quants' habían anticipado

El problema no solo era la falta de liquidez, sino la falta de transparencia. A falta de un registro central de transacciones (por ejemplo, una bolsa), era imposible saber cuáles bancos estaban “sanos” y cuales estaban repletos de activos tóxicos. De igual manera, nadie se atrevía a hacer préstamos ya que nadie confiaba en el valor del colateral que su contraparte ofrecía cuando estos eran MBS o CDO. La caída de valor de estos activos no solo estaba relacionada al colapso subprime: los mismos mecanismos de mercado generaron ciclos viciosos al forzar que los bancos tuvieran que recapitalizarse para cubrir sus pérdidas. Esta recapitalización solo era posible mediante la venta de activos, lo cual deprimía sus precios aún más. A su vez, las leyes de contabilidad de los Estados Unidos forzaban a los bancos a valorar dichos activos de acuerdo a su valor de mercado, una práctica contable llamada mark-to-market. ¿Pero qué valor podrían tener si ya no había ningún mercado para ellos? Era como tener que vender un Ferrari cuando nadie lo quiere comprar: su precio de mercado es efectivamente cero.

Al día siguiente de que comenzó lo que los medios bautizarían como el “credit crunch”, varios bancos centrales incluyendo la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra hicieron su primera de muchas intervenciones para inyectar liquidez al sistema financiero. Pero eso no lograría que la banca saliera de su virtual estado de coma ya que a partir del tercer semestre del 2007 los bancos comenzaron a reportar pérdidas estratosféricas. Merril Lynch tuvo que recortar $8.4 mil millones en el valor de sus activos tóxicos en Octubre mientras que Citigroup terminó el año con una pérdida de $9.4 mil millones. Citigroup tuvo que rescatar a sus “entidades especiales” con $58 mil millones. Los problemas tampoco se limitaron a los Estados Unidos: había bancos europeos como HSBC, UBS e IKE Deutsche que estaban hasta el cuello con activos tóxicos (UBS tuvo como regalo navideño una pérdida de $10 mil millones en el cuarto trimestre). Un banco hipotecario inglés, Northern Rock, de plano sufrió una corrida en Septiembre – la primera en el Reino Unido en más de un siglo – y tuvo que ser nacionalizado por el gobierno. Mientras tanto, los bancos centrales seguían inyectando más y más dinero para mantener a flote al sistema financiero. Pero la turbulencia no se calmaba. Sería una simple cuestión de tiempo hasta que el primer gigante cayera.

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Posdata: En lo que es tal vez una de las anécdotas más escalofriantes de la crisis, analistas en cierto banco describieron la turbulencia financiera de Agosto del 2007 como “un evento de 25 desviaciones estándar”. Es decir, algo que solo podía suceder una vez cada diez mil años. Pero no solo eso, había sucedido ya varias veces en esa misma semana.

Crónica de una crisis – Lo inimaginable sucede

¿Y dónde está la hipoteca subprime?

Mona vestida de seda...

Todo exceso invariablemente lleva a la cruda. Y las peores crudas se reservan para los peores excesos. La burbuja inmobiliaria y crediticia llegó a su cima en el 2006, que para entonces el sistema financiero global estaba tan intoxicado con su propio éxito que nadie vio venir el desastre que estaba por llegar. No eran solo los banqueros: los mismos economistas habían caído presa de sus propios encantos. Robert Lucas, premio nobel y Chicago Boy por excelencia, afirmó en el 2003, que “el problema central de prevención de depresiones, era cosa del pasado”. El mismo Ben Bernanke afirmó que el cicló económico había sido domado gracias a las innovaciones financieras de la última década. En esta nueva era, llamada la “Gran Moderación” presidida por Alan Greenspan, el principal problema sería administrar la abundancia.

Había uno que otro renegado. Robert Shiller, en un excelente análisis de la burbuja de los punto-com, señaló que la burbuja bursátil amenazaba con convertirse en una burbuja inmobiliaria. Otro premio nobel, Paul Krugman, advirtió que la volatilidad que causó la crisis asiática de 1997-8 seguía presente. Pero tal vez la profecía más acertada vino de un ex-miembro prominente del Fondo Monetario Internacional: Raghuram Rajan. Rajan correctamente identificó que la raíz del problema era el sistema financiero mundial mismo, que en vez de transferir el riesgo de una manera eficiente entre contrapartes, la estaba distribuyendo entre todos. Clave en este diagnóstico había sido la popularización de dos instrumentos financieros cuyo propósito inicial era justamente diluir aún más el riesgo crediticio del mercado hipotecario, particularmente el mercado subprime. En la práctica, serían otros derivados exóticos más para comercializar y especular. Más fichas para el casino.

El primero de estas dos armas de destrucción masiva era el Collateralized Debt Obligation. Era similar a un MBS, con la diferencia de que abarcaba no solo hipotecas sino cualquier tipo de deuda. Un CDO común y corriente podría estar compuesto de otros MBSs, crédito automotriz, créditos escolares, deuda de tarjetas de crédito, etc. Además, no era emitido por el banco que lo concibió. Más bien los bancos creaban “entidades especiales” (empresas virtuales) a quien se les “donaba” dicha deuda, para posteriormente emitir bonos usando esa deuda como colateral. Así pues, los bancos se limpiaban las manos de la deuda y la reciclaban bajo otro disfraz. Peor aún, nada prohibía a los bancos crear CDOs de otros CDOs. Estos se llamaban CDOs al cuadrado. Y sí, también había al cubo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que a las alturas de un CDO al cuadrado, el riesgo de la hipoteca original se había diseminado entre tantos instrumentos que era imposible cuantificarla. Pero eso mismo hacían (o creían que hacían) los “quants” al igual que las calificadoras de riesgo que no dudaban en darles grados de inversión (incluso AAA) a esta basura.

El otro instrumento era más simple, pero tal vez más devastador. Se llamaba Credit Default Swap. Su premisa era casi idéntica a un seguro: contratabas un CDS para cubrir la eventualidad de que algún activo o empresa “fallara”. El costo era pagar una prima que reflejaba el riesgo de que dicho evento sucediera – en cuyo caso, el banco que te vendió el CDS te pagaría “los daños” equivalentes a un monto acordado de antemano. Sin embargo, había una pequeña pero crucial diferencia entre un CDS y un seguro normal. Para comprar un CDS, no necesitabas ser dueño del activo o tener algún interés en la empresa. Así pues, el CDS se convirtió no en un instrumento de protección sino de especulación en vista de que la mayoría de compradores de CDS los usaban no para cubrir las posibles pérdidas de sus propios activos sino para apostar que otros activos ajenos fallaran. Es como contratar un seguro de incendio para la casa de tu vecino, ¿acaso no tendrías el incentivo de quemar la casa? Una empresa en particular, American International Group (AIG), la aseguradora más grande del mundo, se volvió notoria por su venta descontrolada de CDS desde una obscura sucursal en Londres. No había mejor reflejo de la virtual inexsitencia regulatoria que una empresa como AIG – una aseguradora, no un banco – pudiera tener un papel tan prominente en el sistema financiero global.

Para mediados del 2006, el boom financiero estaba en su apogeo y los banqueros seguían embriagados con la idea de que la fiesta no tendría fin. Pero en las entrañas del sistema financiero mundial se escondían millones de bombas de tiempo. Eran las hipotecas subprime que habían sido rebanadas y recicladas en un sin número de bonos, MBS, y CDOs. Solo se necesitaba que algo encendiera la mecha. Ese algo sería algo tan improbable, tan imposible, que incluso los modelos de riesgo no contemplaban tan remota posibilidad. Ese algo era que la burbuja inmobiliaria se desinflara y que los precios de las casas cayeran. Era algo no había sucedido en décadas.

Pero eso fue exactamente lo que pasó hacia finales del 2006.

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Posdata: Si quieren leer el paper original de Raghuram Rajan, “Has Financial Development Made The World Riskier?”, hagan click aquí.

Crónica de una crisis – El gran casino

Living la vida loca en Wall Street y Londres

Moviendo mercados: un trading floor en plena acción

Se decía algún tiempo atrás que los banqueros trabajaban bajo la “regla 3-6-3”: recibir depósitos a 3%, prestar dinero a 6% y estar a las 3 de la tarde en el campo de golf. Era la buena vida.

Aunque algo burda la simplificación, ciertamente reflejaba la esencia de la función de un banco comercial. Pero había otro tipo de monstruo: los bancos de inversiones. En vez de dedicarse a recibir depósitos y otorgar crédito, los bancos de inversiones se dedicaban a cuestiones más sofisticadas, tal como financiar a empresas y administrar riqueza. Tal vez su rol más importante era el de suscribir (underwrite, como se le dice en inglés) valores, tal como acciones y bonos. Básicamente si una empresa quería cotizarse en la bolsa, o levantar capital un banco de inversiones se encargaba de emitir las acciones o bonos a su nombre para luego distribuirlas entre su extensa red de clientes. La empresa se aprovechaba de la credibilidad del banco que haría más fácil que encontrara compradores para sus valores mientras que el banco cobraba altas cuotas por estos servicios. Pero estos bancos también se dedicaban a comercializar dichos valores. Y no solo los valores que ellos mismos emitían, sino de todo: acciones, bonos, futuros, derivados, a tal grado que podían mover mercados enteros. Lo hacían no solo con su propio dinero sino con el dinero de sus clientes. La escala de estas operaciones hoy día desafía la lógica: arriba pueden ver el trading floor de UBS (banco suizo) en los Estados Unidos: más grande que un campo de fútbol, con más de mil corredores, vendedores y analistas, cada uno buscando sacarle ganancia a los mercados.

Previo a la Gran Depresión, muchos bancos se dedicaban tanto a la banca comercial como a la banca de inversiones, pero cuando el “casino” colapsaba, se hundía con todo y los depósitos de miles o hasta millones de personas que de haber sabido que su dinero iba a financiar las apuestas financieras del banco, jamás les hubieran confiado sus ahorros. En 1933, una controversial ley llamada el acto Glass-Steagall decidió eliminar este riesgo mediante la separación de las dos bancas en los Estados Unidos: un banco comercial ya no se le permitiría llevar a cabo las actividades de un banco de inversiones – y viceversa. Problema solucionado. En Europa no se hizo dicha distinción, debido a la larga tradición a favor de los bancos “universales” que combinaban ambas actividades aunque el riesgo era menor debido al menor tamaño y sofisticación de los mercados europeos.

Así pues, durante el siguiente medio siglo el sector bancario estadounidense se rigió bajo la ley Glass-Steagall pero el proceso de desregulación iniciado por Reagan comenzó a ejercer presión para que las reglas se relajaran o incluso se eliminaran por completo. A raíz de esto, la competencia entre los grandes bancos cada vez aumentaba, a tal grado que se convertiría en una auténtica carrera armamentista durante los años ochenta. Las cosas se intensificaron en los noventas cuando la ley finalmente fue revocada en 1999. De allí en adelante fue un festín sin precedentes. La competencia aumentó la demanda para banqueros y las ganancias multi-billonarios de un sistema financiero globalizado no se esperaron llegar a los bolsillos de los afortunados que trabajaban en este sector. Un buen comerciante de bonos podría llegar a ser millonario a los 30 o incluso antes. El retiro a los 40 tampoco era nada fuera de lo normal (incluso tal vez era deseable, considerando que los banqueros de inversiones a menudo trabajaban más de 100 horas a la semana). No había día más anticipado que el día que se anunciaban los aguinaldos, que para muchos ascendían a cifras de siete o hasta ocho dígitos. Tal era el exceso que el estilo de vida de un banquero de inversiones a ratos parecía más la de una estrella de rock que la de un hombre de negocios: table-dance y prostíbulos, cocaína, carros deportivos y vacaciones de lujo. Eran los amos del universo.

Recobrando su antigua gloria: Londres

La fiesta tampoco se limitaría a Wall Street. Londres tuvo un renacimiento gracias a su regulación aún más amena que hizo que muchos bancos estadounidenses (y europeos) condujeran sus operaciones riesgosas allí. Para mediados de la década incluso se decía que Londres había superado a Nueva York como el principal centro financiero del mundo. Ciertamente era más cosmopolita y tenía la ventaja de estar en el horario intermedio entre América y Asia. Más de la mitad de los “derivados exóticos” como los MBS (entre otros), se comercializaban en Londres, que además era el corazón mundial del mercado de divisas – algo crucial en esta era globalizada. Todos los grandes bancos de inversiones estadounidenses como Goldman Sachs, Merril Lynch y Lehman Brothers mantenían enormes sucursales en Londres. También estaban los antiguos bancos comerciales como JPMorgan Chase y Citigroup, liberados finalmente de las restricciones de la ley Glass-Steagall. Los bancos universales europeos como HSBC (Reino Unido), Deutsche Bank (Alemania), BNP Paribas (Francia) y UBS (Suiza) tampoco se iban a perder la fiesta. Y si bien los bancos de inversiones eran los tiranosaurios de sistema financiero mundial, no eran los únicos carnívoros: los hedge funds (como el infame LTCM) eran los pequños pero voraces raptores. Para el 2007 había más de diez mil, todos lucrando gracias a la bonanza generada por los fondos inagotables del mercado hipotecario estadounidense.

Tristemente, mucha de esta actividad no solo estaba ajena a la regulación financiera, sino a la luz pública también. Estos bonos hipotecarios y derivados exóticos no se comercializaban en bolsas, sino directamente entre los bancos mismos e incluso fuera de los registros contables de los bancos. Cero transparencia a esto que se le terminó llamando el “sistema financiero en la sombra”. Para el 2006, había más de $600 billones (trillones en inglés) en derivados moviéndose dentro del sistema financiero global – una cantidad diez veces mayor al PIB mundial. La banca en la sombra había opacado a la banca tradicional.

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Posdata: Goldman Sachs, el más grande y tal vez más notorio de los bancos de inversiones, destinó el 47% de sus ganancias – $5 mil millones de dólares – en el primer trimestre del 2010 hacia aguinaldos y bonos salariales entre sus 35 mil empleados. Hagan la suma.

Crónica de una crisis – La economía subprime

Una nueva palabra entra al léxico financiero

Toda tuya aunque no tengas trabajo ni ingreso

La combinación de bajas tasas de interés y abundancia de dinero (o mejor dicho, liquidez) en la economía por sí sola es una receta para crear una burbuja inmobiliaria. Muchos economistas (incluyendo Alan Greenspan) constantemente negaban que las condiciones estuvieran propicias para que dicha burbuja se inflara fuera de control. Otros economistas más centrados en la realidad argumentaban lo contrario, y que de explotar la burbuja, la economía estadounidense caería de nuevo en recesión. Pero dentro de las turbias entrañas de la banca mundial, verdaderas armas de destrucción masiva se estaban creando más allá de la regulación gubernamental. Estas armas se basarían de nuevo en la securitización, llevando este proceso hacia nuevos niveles de sofisticación y rentabilidad. Finalmente, los banqueros lograron lo que la alquimia en miles de años nunca pudo: convertir la basura en oro.

Esa basura entraría pronto al diccionario de la infamia: subprime.

¿Qué era una hipoteca subprime? Como el nombre lo sugiere, es una hipoteca otorgada a gente de bajo nivel socioeconómico, o con problemas laborales, o básicamente cualquier persona que aparentaría ser un riesgo crediticio. Los prestamos subprime reflejarían ese riesgo mediante una tasa de interés más alta para así cubrir la eventualidad de préstamos morosos. Sin embargo, la abundancia de liquidez en el mercado aseguraría que incluso las tasas de interés para préstamos subprime fueran más atractivas que nunca. El gobierno de George Bush aprovechó estas condiciones alentadoras para fomentar explícitamente la compra de casas, particularmente para aquellos que siempre habían visto cerradas las puertas del mercado hipotecario.

Numerosos prestamistas hipotecarios comenzaron a dedicarse al lucrativo mercado subprime. Estaban respaldados por dos agencias cuasi-gubernamentales establecidas en la estela de la Gran Depresión para fomentar el mercado inmobiliario: Fannie Mae y Freddy Mac se les conocía coloquialmente, debido a la similitud fonética con sus iniciales. Fannie y Freddie se dedicaban a “securitizar” préstamos hipótecarios hechos por prestamistas privados y bancos para así darles el sello de aprobación del gobierno – efectivamente garantizándolos por el fisco. Estas hipotecas securitizadas se venderían como bonos y distribuidos dentro del sistema financiero. Pero mientras que en las épocas de Lewie Ranieri en Salomon Brothers, las hipotecas securitizadas eran hipotecas “buenas”, cada vez crecía más el mercado para las subprime. No obstante, seguían siendo basura y serían siendo calificadas como tal por las agencias calificadoras como Standard & Poor’s y Moody’s a menos de que hubiera una manera mágica y milagrosa de convertirlas en activos seguros.

Futuro hipotecario subprime

Aquí entra la alquimia. El método para convertir la basura subprime en oro sería mediante los ya mencionados Mortgage-Backed Securities (lean la segunda parte de esta serie). El truco sería que en vez de crear un mismo tipo de bono con el conjunto de hipotecas subprime, se crearían varias “rebanadas” con diferentes clasificaciones de riesgo. Cualquier pérdida por morosidad que sufrirían las hipotecas se filtraría hacia las rebanadas bajas, las de alto riesgo. Cuando estas se agotaran, las pérdidas se filtrarían a las rebanadas medias, o “mezzanine”. En el caso extremo de seguir con pérdidas, estas llegarían a la rebanada mayor, la más segura. Los rendimientos de cada rebanada serían proporcionales al riesgo: las rebanadas inferiores rendirían mucho pero tendrían calificaciones bajas, ideales para inversionistas amantes al riesgo como los hedge funds. Pero las rebanadas altas llevarían el codiciado “grado de inversión” y eso les abriría todas las puertas. Esta basura bonificada tenía ahora grado AAA, el mismo grado que un bono de tesorería de los Estados Unidos (considerado el instrumento financiero más seguro del mundo), ¡pero ofreciendo un rendimiento aún mayor!

Lo mejor de todo esto es que al crear los MBS y venderlos como cualquier otro bono, los bancos efectivamente se estaban librando de la hipoteca misma (y el riesgo asociado a que quedara en moratoria). Eso mismo haría posible que siguieran comprando más hipotecas para posteriormente convertirlas en MBS. En pocas palabras, el sistema financiero estaba reciclando su propia deuda, solo que con diferente empaque. El proceso típico era algo así: un prestamista subprime buscaba “victimas” a quienes ofrecían hipotecas a tasas imposibles de resistir. Estos prestamistas se asociaban con un banco grande (o con Fannie y Freddie) quien terminaba comprándoles dichas hipotecas para convertirlas en MBS. Vendían los MBS como bonos a sus clientes inversionistas, los de bajo grado para los hedge funds y los de alto grado para instituciones más conservadoras como fondos de pensión, gobiernos municipales o incluso otros bancos. Con tanto dinero circulando, las tasas de interés caían aún más, el apetito por el riesgo aumentaba y cada vez se codiciaban más las hipotecas subprime. Desesperados por seguir prestando, los prestamistas cada vez relajaban más sus estándares. ¿Empleo fijo? Qué importa. ¿Record criminal? Lo de menos. Llegó a un punto en que ni se molestaban en pedir comprobantes de sueldo. Incluso se popularizó el llamado préstamo “NINJA”: No Income, No Job, no Assets (sin ingresos, sin empleo, sin patrimonio). En el 2001, apenas 1 de cada 18 hipotecas era subprime. Para el 2006, era 1 de cada 5.

En medio de esta bonanza, los prestamistas subprime estaban haciendo su domingo. La mayoría de los bancos también entraron al negocio subprime directamente, creando filiales dedicadas a este mercado. Pero el dinero no estaba tanto en las hipotecas sino en comercializar los instrumentos financieros creados a partir de ellas. Este sería el dominio de los verdaderos reyes de Wall Street, los bancos de inversiones. Ahora se convertirían en los amos del universo.

Próximamente: El gran casino en acción

Posdata: un total de $3.2 billones (trillones en inglés) en MBS fueron emitidos en el 2003; casi el tamaño de la economía japonesa.