Crónica de una crisis – Lo inimaginable sucede

¿Y dónde está la hipoteca subprime?

Mona vestida de seda...

Todo exceso invariablemente lleva a la cruda. Y las peores crudas se reservan para los peores excesos. La burbuja inmobiliaria y crediticia llegó a su cima en el 2006, que para entonces el sistema financiero global estaba tan intoxicado con su propio éxito que nadie vio venir el desastre que estaba por llegar. No eran solo los banqueros: los mismos economistas habían caído presa de sus propios encantos. Robert Lucas, premio nobel y Chicago Boy por excelencia, afirmó en el 2003, que “el problema central de prevención de depresiones, era cosa del pasado”. El mismo Ben Bernanke afirmó que el cicló económico había sido domado gracias a las innovaciones financieras de la última década. En esta nueva era, llamada la “Gran Moderación” presidida por Alan Greenspan, el principal problema sería administrar la abundancia.

Había uno que otro renegado. Robert Shiller, en un excelente análisis de la burbuja de los punto-com, señaló que la burbuja bursátil amenazaba con convertirse en una burbuja inmobiliaria. Otro premio nobel, Paul Krugman, advirtió que la volatilidad que causó la crisis asiática de 1997-8 seguía presente. Pero tal vez la profecía más acertada vino de un ex-miembro prominente del Fondo Monetario Internacional: Raghuram Rajan. Rajan correctamente identificó que la raíz del problema era el sistema financiero mundial mismo, que en vez de transferir el riesgo de una manera eficiente entre contrapartes, la estaba distribuyendo entre todos. Clave en este diagnóstico había sido la popularización de dos instrumentos financieros cuyo propósito inicial era justamente diluir aún más el riesgo crediticio del mercado hipotecario, particularmente el mercado subprime. En la práctica, serían otros derivados exóticos más para comercializar y especular. Más fichas para el casino.

El primero de estas dos armas de destrucción masiva era el Collateralized Debt Obligation. Era similar a un MBS, con la diferencia de que abarcaba no solo hipotecas sino cualquier tipo de deuda. Un CDO común y corriente podría estar compuesto de otros MBSs, crédito automotriz, créditos escolares, deuda de tarjetas de crédito, etc. Además, no era emitido por el banco que lo concibió. Más bien los bancos creaban “entidades especiales” (empresas virtuales) a quien se les “donaba” dicha deuda, para posteriormente emitir bonos usando esa deuda como colateral. Así pues, los bancos se limpiaban las manos de la deuda y la reciclaban bajo otro disfraz. Peor aún, nada prohibía a los bancos crear CDOs de otros CDOs. Estos se llamaban CDOs al cuadrado. Y sí, también había al cubo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que a las alturas de un CDO al cuadrado, el riesgo de la hipoteca original se había diseminado entre tantos instrumentos que era imposible cuantificarla. Pero eso mismo hacían (o creían que hacían) los “quants” al igual que las calificadoras de riesgo que no dudaban en darles grados de inversión (incluso AAA) a esta basura.

El otro instrumento era más simple, pero tal vez más devastador. Se llamaba Credit Default Swap. Su premisa era casi idéntica a un seguro: contratabas un CDS para cubrir la eventualidad de que algún activo o empresa “fallara”. El costo era pagar una prima que reflejaba el riesgo de que dicho evento sucediera – en cuyo caso, el banco que te vendió el CDS te pagaría “los daños” equivalentes a un monto acordado de antemano. Sin embargo, había una pequeña pero crucial diferencia entre un CDS y un seguro normal. Para comprar un CDS, no necesitabas ser dueño del activo o tener algún interés en la empresa. Así pues, el CDS se convirtió no en un instrumento de protección sino de especulación en vista de que la mayoría de compradores de CDS los usaban no para cubrir las posibles pérdidas de sus propios activos sino para apostar que otros activos ajenos fallaran. Es como contratar un seguro de incendio para la casa de tu vecino, ¿acaso no tendrías el incentivo de quemar la casa? Una empresa en particular, American International Group (AIG), la aseguradora más grande del mundo, se volvió notoria por su venta descontrolada de CDS desde una obscura sucursal en Londres. No había mejor reflejo de la virtual inexsitencia regulatoria que una empresa como AIG – una aseguradora, no un banco – pudiera tener un papel tan prominente en el sistema financiero global.

Para mediados del 2006, el boom financiero estaba en su apogeo y los banqueros seguían embriagados con la idea de que la fiesta no tendría fin. Pero en las entrañas del sistema financiero mundial se escondían millones de bombas de tiempo. Eran las hipotecas subprime que habían sido rebanadas y recicladas en un sin número de bonos, MBS, y CDOs. Solo se necesitaba que algo encendiera la mecha. Ese algo sería algo tan improbable, tan imposible, que incluso los modelos de riesgo no contemplaban tan remota posibilidad. Ese algo era que la burbuja inmobiliaria se desinflara y que los precios de las casas cayeran. Era algo no había sucedido en décadas.

Pero eso fue exactamente lo que pasó hacia finales del 2006.

Próximamente: La burbuja se desinfla

Posdata: Si quieren leer el paper original de Raghuram Rajan, “Has Financial Development Made The World Riskier?”, hagan click aquí.

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