Una revolución que no termina

Cien años de soledad, buscando el alma de una nación perdida

Rebeldes con causa

Es dificil imaginar el México que existía hace más de 100 años. Es cierto que rompimos las cadenas que nos ataban a la corona española en 1810, pero nuestras primeras décadas de vida independiente fueron un periodo casi ininterrumpido de golpes de estado, invasiones extranjeras y guerras civiles. A tal grado que nuestra mera existencia siempre estuvo en duda hasta que conseguimos paz y tranquilidad bajo la mano de acero de don Porfirio. Pero si el México moderno nació aquel 20 de Noviembre de 1910 es porque por primera vez quisimos luchar no para determinar quién nos gobernaría, ni para resistir a un extraño enemigo, sino para concretar una idea de nación que pudiera resistir la prueba del tiempo. Una idea que si bien terminó siendo parcialmente pervertida por la generación revolucionaria que gobernó durante los siguientes 70 años, sigue definiendo el carácter del México de hoy.

La Revolución acapara muchos “últimos” en nuestra corta pero violenta historia. Fue el último gran conflicto armado en nuestro suelo, aunque ha habido brotes esporádicos de violencia desde entonces, tal como la Guerra Cristera y el levantamiento Zapatista. También ha sido la última ocasión en que fuerzas extranjeras han intervenido militarmente (nosotros, en cambio, tuvimos la minúscula pero glorificada participación en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial cortesía del Escuadrón 201). Estos dos hechos no son nada triviales: durante nuestros primeros cien años de vida, fuimos víctimas constantes de agresión foránea, casi en igual medida en que fuimos víctimas de nosotros mismos. Desde el asesinato de Venustiano Carranza en 1920, no hemos sufrido una sola transferencia violenta de poder, un hecho que ningún otro país latinoamericano (e incluso pocos europeos) puede presumir. Únicos entre innumerables dictaduras en la región, nuestros militares nunca salieron de sus cuarteles, salvo en caso extremos – como por ejemplo, ante la evidente”amenaza” de estudiantes comunistas en 1968 o campesinos revoltosos en 1994.

Por supuesto, esta “pax revolucionaria” tendría su precio: la renuncia de la democracia aunque se tendría que dar la finta mediante el ritual sexenal de las elecciones presidenciales si bien la decisión ya estaba hecha mediante el famoso “dedazo”. Es en ese aspecto que la revolución traicionó a su más importante ideal, el de “sufragio efectivo, no-reelección” que fue la casus belli de la revuelta original contra el Porfiriato. El sufragio nunca fue efectivo porque nunca hubo competencia y cuando la hubo (1988), se tuvo que recurrir a un fraude digno de una novela de Orwell. Y la no-reelección fue una farsa en vista de que si bien el mandato del presidente era finito, el del partido era para siempre. Era tal la adherencia al sistema que ningún presidente, incluso el más personalista, tuvo la osadía de retarlo, pues de hacerlo desmantelaría la compleja red de lealtades que durante décadas se construyeron justamente para tener a este caótico país con todos sus intereses conflictivos bajo control. Eso, más que la ilusoria democracia que practicó, es lo que hizo al PRI una verdadera “dictadura perfecta” y la receta mágica para su sucesión durante 70 años.

Un poco de idealismo nos caería bien

Es difícil pensar, pues, que el PRI hubiera podido sobrevivir más allá de unos cuantos sexenios sin su estructura corporativista. Pero si su supervivencia dependió de esta relación, es por mucho el legado más nocivo de la revolución. Sindicatos politizados y corruptos, empresas monopolísticas e ineficientes y un sector agrícola dominado por líderes cooperativistas mientras el resto del campo sigue sumido en la miseria. Lejos de morir cuando el PRI pasó a segundo plano en el 2000, florecieron ante la ineptitud del nuevo gobierno que no supo aprovechar el cheque en blanco que tuvo en sus manos esos primeros meses de euforia democrática y terminar con las viejas estructuras de poder que nos han condenado al subdesarrollo. Es por eso que el fracaso de Fox fue total y absoluto, al desperdiciar la oportunidad del siglo para poner orden en el vació del poder. Y ahora, ya ni quien los controle porque ya ni siquiera se sabe quién gobierna este país. ¿El presidente o el narco? ¿Carlos Slim o el SNTE?

Así pues, queda claro que después de tantos años, la labor queda inconclusa. La revolución fue un éxito, porque consolidó la transformación de un estado amorfo y débil, a una nación con identidad propia y sentido histórico. Pero seguimos sin saber cuál es nuestro papel en este mundo, temerosos como siempre por aspirar a la grandeza que inherentemente sentimos que merece cualquiera menos nosotros.

Piensen rápido. A diferencia de los trenes que acarrearon a las tropas hace un centenario, este tren ya no regresa.

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