El gadget más iDiota

Por mucho la manerá más estúpida de gastar quinientos dólares

Admito que si bien tengo una afinidad por la tecnología, no me considero un gadget freak en el sentido estricto del término. Y en particular la tecnología relacionada con la telefonía no es lo mío: escuchar poblanos fresas hablar por celulares en medio de una película (Cinépolis de Angolóplis, dónde más) en mis años mozos de universitario me dejaron traumado de por vida. Tardé varios años hasta que fui forzado a comprar un celular, y fue más por necesidad que por voluntad. Hasta apenas tres años me molesté en comprar uno con mp3. Y hace seis meses aumenté de categoría a un smartphone.

Y no, no fue un iPhone. Dios me libre. No existe palabra aún en el diccionario para describir mi odio hacia el iPhone, por no decir todo lo relacionado a Apple. Odio a Apple. Odio sus estúpidos comerciales minimalistas con hipsters pretensiosos que se sienten cagados por dios solo por tener su estúpido telefonito con manzanita. Odio el hecho que hayan cambiado el nombre de su compañía de Apple Computer a simplemente Apple porque ya no venden solo computadoras: venden un estilo de vida. Odio que un iMac está hecho para que quede bien con mis muebles Ikea, no para jugar juegos que le expriman el último MHz a mi tarjeta de video. Odio a Steve Jobs. Sí, odio a Steve Jobs. Odio su vestuario repleto de suéteres negros apegados de cuello de tortuga. Odio que se cree un oráculo de todo que está en boga en el mundo de la tecnología. Pero peor tantito, odio a los fans de Apple que lo veneran como visionario, profeta, dios. Generalmente los fans de Apple suelen ser pseudo-marxistas de Starbucks, que por alguna inexplicable razón odian al capitalismo pero alaban a una compañía multi-billonaria que les cobra hasta los calzones por el “privilegio” de poseer alguna de sus porquerías.

He aquí donde entra el iPad.

Un Moisés moderno

¿Alguien sería tan amable de decirme para qué sirve un iPad? Es básicamente un teléfono gigante pero que no puede hacer llamadas. Hmmm. Asi que es básicamente un medio para leer periódicos o checar tu Facebook donde quiera que estés. O para que no te aburras en el metro jugando Paper Toss como idiota. No sirve de nada para cosas productivas (como digamos, usar Office para cosas del trabajo), no corre juegos decentes, no puedes cargarlo en el bolsillo a menos de que seas carpintero, albañil o payaso. Y a cambio de todo esto que (no) puedes hacer, Steve Jobs se embolsa $500 de tus muy merecidos dólares. Con la mitad de esto te compras una laptop media decente (prueba de fuego: ¿que prefieren para un viaje trans-Atlántico, una laptop o un iPad?). Con una décima parte de esto te compras 10 libros que no solo son más entretenidos sino que estimulan tus neuronas en vez de paralizarlas (ya de perdis un Kindle, al menos se ve má respetable).

Mi teoría es que todo esto es un plan macabro de Steve Jobs para destruir por completo la interacción directa entre seres humanos. Digo, Jobs no pinta como la persona más carismática y amigable del mundo (tal vez por aquello de que sería algo perturbante tener un amigo que siempre viste suéteres negros entallados de cuello de tortuga) así que sería entendible que deseara que todo mundo se volviera tan anti-social como él y su legión de fans iDiotas. Con un iPad se elimina la necesidad de escuchar una voz humana, el último vestigio de comunicación interpersonal que la revolución de las tecnologías de información aún no ha destruido. Ni Orwell lo puedo haber visualizado mejor: un mundo en que todos caminamos como zombis con iPads en mano por un panorama urbano minimalista repleto de pantallas enormes donde Jobs nos predica su santo tecno-evangelio y un Starbucks en cada esquina (con Wi-Fi gratuito por si la señal 3G no nos llega).

Como alguna vez dijo Charlton Heston sobre su rifle, diré yo sobre mi PC: “me la tendrán que quitar de mis frías y muertas manos.”

China: la superpotencia resentida

Tengan miedo, mucho miedo, cuando lleguen a dominar el mundo

Próximamente: entrando a tu ciudad

Pinches chinos.

Confieso que aún con la admiración que le tengo a sus logros económicos, no trago a los chinos. Tal vez será por experiencias no muy gratas con compañeros chinos en mis tiempos de estudiante, o porque mis vecinos chinos actuales no me dejaban dormir por estar jugando Wii toda la tarde y toda la noche (hasta que sutilmente los amenacé con la policía). Pero aparte de estas pequeñeces, hay pocas tendencias geopolíticas que me consternen más que el eventual ascenso de China al status de superpotencia. Económicamente ya lo son: China ahora es el principal país exportador del mundo, el principal comprador de automóviles, y se ha convertido en un monstruo industrial (produce casi la mitad del cemento mundial, y cinco veces más acero que los Estados Unidos) a tal grado que sus patrones de consumo prácticamente dictan los precios mundiales. Es solo en el aspecto militar en que el poderío chino sigue siendo opacado por los Estados Unidos, pero este también está creciendo a niveles alarmantes.

Con este poderío global vienen responsabilidades globales. Pero lejos de aparentar ser un aspirante al trono digno y confiable, actúan peor que un niño berrinchudo cuando el resto del mundo no cede ante sus caprichos. El repudio a la entrega del Nobel a Liu Xiaobo es un típico caso: China llamó “payasos” a todos los países que asistieron a la ceremonia y decidieron crear su propio reconocimiento alternativo, que por supuesto, a nadie le importó. Uno pensaría que el país que habla abiertamente sobre la decadencia del Occidente tomaría el Noble con un poco de indolencia pero se ve que el Comité Nobel clavó la daga donde más dolía (bien hecho señores, los perdono por habérselo dado a Obama el año anterior). Y tan solo unas semanas antes de este último incidente, ocurrió una desmedida respuesta a la detención de una embarcación china en aguas japonesas. Empresarios japoneses en China incluso fueron arrestados en represalia.

De cierta manera, este tipo de reacción no es sorpresiva: durante dos siglos, ese fue el trato que las potencias Occidentales otorgaban a aquellos países o colonias menos “civilizadas” que ellas. Como latinoamericanos (y mexicanos en particular), conocemos muy bien lo que es haber sido el patio trasero de los Estados Unidos pero China fue una de las víctimas más humilladas por la agresión extranjera. particularmente durante las Guerras del Opio contra Gran Bretaña que culminó con una vergonzosa derrota militar china y la destrucción total del Palacio de Verano por tropas europeas, principalmente británicas y con ayuda francesa (algo equivalente a que los chinos tomaran Londres hoy día y destruyeran Westminster desde Big Ben hasta Trafalgar Square). A la posterior rebelión de los Boxers se sumaron alemanes, austriacos, rusos, japoneses y estadounidenses – tal vez la más desigual alianza que cualquier país ha tenido que enfrentar en toda la historia. Así pues, no se les puede culpar por no olvidarse de un capitulo en su historia que el Occidente apenas toma como pie de página y que incluso la mayoría de europeos jamás ha escuchado.

Lo que nos espera

Queda claro entonces, que China ve su ascenso al máximo escalón del poderío mundial no solo como un merecido retorno a su gloria antigua sino como venganza por las humillaciones que ha sufrido en los últimos dos siglos. Es una superpotencia resentida. Lo malo, es que la historia no favorece a este tipo de potencias: suelen perder el juego del poder pero no sin antes sumir al mundo en guerras catastróficas en su intento por irrumpir el balance de poder a su favor. Francia lo intentó varias veces: primero con Louis XIV, posteriormente con Napoleón que si no hubiera sido por la derrota naval en Trafalgar y el cruel invieron ruso, tal vez hubieran logrado su objetivo de conquistar Europa. Pero no hay mejor caso que Alemania, no una sino dos veces, con el saldo total de más de 75 millones de muertos entre las dos guerras mundiales en que fueron partes. Sus resentimientos eran muchos: por llegar tarde a la repartición colonial del mundo, por estar rodeado de países hostiles en un continente en que se creían supremos y después por la humillación de la derrota de 1918, una humillación que eventualmente incitó la llegada de los Nazis al poder en 1933 gracias a un pintor vagabundo. De nuevo hay que darle gracias al invierno ruso para que el Reich de mil años solo durara doce (lamentablemente, para seis millones de judíos eso ya fue demasiado).

La siguiente superpotencia resentida fue la URSS, que justificó su intento por dominar Europa bajo el yugo comunista como defensa ante las repentinas invasiones del Occidente. Y de haberse desatado una guerra nuclear, las consecuencias hubieran sido aún más catastróficas. Y es por eso que el ascenso de China es tan preocupante. Si la URSS amenazaba Europa con un Ejército Rojo de 5 millones, ¿de qué tamaño será el ejército de China con una población cuatro veces mayor a la de la URSS antes de su disolución o la de Estados Unidos hoy día? ¿Cuántas ojivas nucleares estarán siendo apuntadas a las capitales del mundo? ¿Cuántos submarinos rondarán los océanos? Da miedo pensar que todo este poderío estará bajo el mando de un gobierno que no requiere de rendición de cuentas con su pueblo y que ve con desdén la autoridad de cualquier institución internacional. Hay que admitir que es un gobierno mucho más serio y profesional que, por ejemplo, el de Kim-Jong Il en Corea del Norte (decir que está loco de remate es ofender a los locos). Pero no me es difícil imaginarme al gobierno chino, autoritario al fin y al cabo, tomar una decisión que tendría severas repercusiones en el orden mundial. Como, por ejemplo, una guerra.

Es cierto que muchas de las mismas críticas se les pueden levantar a los Estados Unidos (particularmente su rechazo a la autoridad internacional). Cuando se tiene el poder, nadie goza compartirlo. Pero me cuesta creer que los chinos harán mejor papel de superpotencia que sus predecesores. En el 2008 me tocó ver las protestas por los Juegos Olímpicos de Beijing aquí en Londres. Me impresionó ver una legión de chinos ultra-nacionalistas, la mayoría estudiantes, defendiendo a todo corazón la idea de que “no se politicen los juegos” (esto poco tiempo después de una violenta incursión militar/policial en el Tíbet).

Si la juventud es la máxima expresión de rebelión y libertad, ¿qué nos espera cuando esta generación fanática, nacionalista y resentida llegue al poder?