China: la superpotencia resentida

Tengan miedo, mucho miedo, cuando lleguen a dominar el mundo

Próximamente: entrando a tu ciudad

Pinches chinos.

Confieso que aún con la admiración que le tengo a sus logros económicos, no trago a los chinos. Tal vez será por experiencias no muy gratas con compañeros chinos en mis tiempos de estudiante, o porque mis vecinos chinos actuales no me dejaban dormir por estar jugando Wii toda la tarde y toda la noche (hasta que sutilmente los amenacé con la policía). Pero aparte de estas pequeñeces, hay pocas tendencias geopolíticas que me consternen más que el eventual ascenso de China al status de superpotencia. Económicamente ya lo son: China ahora es el principal país exportador del mundo, el principal comprador de automóviles, y se ha convertido en un monstruo industrial (produce casi la mitad del cemento mundial, y cinco veces más acero que los Estados Unidos) a tal grado que sus patrones de consumo prácticamente dictan los precios mundiales. Es solo en el aspecto militar en que el poderío chino sigue siendo opacado por los Estados Unidos, pero este también está creciendo a niveles alarmantes.

Con este poderío global vienen responsabilidades globales. Pero lejos de aparentar ser un aspirante al trono digno y confiable, actúan peor que un niño berrinchudo cuando el resto del mundo no cede ante sus caprichos. El repudio a la entrega del Nobel a Liu Xiaobo es un típico caso: China llamó “payasos” a todos los países que asistieron a la ceremonia y decidieron crear su propio reconocimiento alternativo, que por supuesto, a nadie le importó. Uno pensaría que el país que habla abiertamente sobre la decadencia del Occidente tomaría el Noble con un poco de indolencia pero se ve que el Comité Nobel clavó la daga donde más dolía (bien hecho señores, los perdono por habérselo dado a Obama el año anterior). Y tan solo unas semanas antes de este último incidente, ocurrió una desmedida respuesta a la detención de una embarcación china en aguas japonesas. Empresarios japoneses en China incluso fueron arrestados en represalia.

De cierta manera, este tipo de reacción no es sorpresiva: durante dos siglos, ese fue el trato que las potencias Occidentales otorgaban a aquellos países o colonias menos “civilizadas” que ellas. Como latinoamericanos (y mexicanos en particular), conocemos muy bien lo que es haber sido el patio trasero de los Estados Unidos pero China fue una de las víctimas más humilladas por la agresión extranjera. particularmente durante las Guerras del Opio contra Gran Bretaña que culminó con una vergonzosa derrota militar china y la destrucción total del Palacio de Verano por tropas europeas, principalmente británicas y con ayuda francesa (algo equivalente a que los chinos tomaran Londres hoy día y destruyeran Westminster desde Big Ben hasta Trafalgar Square). A la posterior rebelión de los Boxers se sumaron alemanes, austriacos, rusos, japoneses y estadounidenses – tal vez la más desigual alianza que cualquier país ha tenido que enfrentar en toda la historia. Así pues, no se les puede culpar por no olvidarse de un capitulo en su historia que el Occidente apenas toma como pie de página y que incluso la mayoría de europeos jamás ha escuchado.

Lo que nos espera

Queda claro entonces, que China ve su ascenso al máximo escalón del poderío mundial no solo como un merecido retorno a su gloria antigua sino como venganza por las humillaciones que ha sufrido en los últimos dos siglos. Es una superpotencia resentida. Lo malo, es que la historia no favorece a este tipo de potencias: suelen perder el juego del poder pero no sin antes sumir al mundo en guerras catastróficas en su intento por irrumpir el balance de poder a su favor. Francia lo intentó varias veces: primero con Louis XIV, posteriormente con Napoleón que si no hubiera sido por la derrota naval en Trafalgar y el cruel invieron ruso, tal vez hubieran logrado su objetivo de conquistar Europa. Pero no hay mejor caso que Alemania, no una sino dos veces, con el saldo total de más de 75 millones de muertos entre las dos guerras mundiales en que fueron partes. Sus resentimientos eran muchos: por llegar tarde a la repartición colonial del mundo, por estar rodeado de países hostiles en un continente en que se creían supremos y después por la humillación de la derrota de 1918, una humillación que eventualmente incitó la llegada de los Nazis al poder en 1933 gracias a un pintor vagabundo. De nuevo hay que darle gracias al invierno ruso para que el Reich de mil años solo durara doce (lamentablemente, para seis millones de judíos eso ya fue demasiado).

La siguiente superpotencia resentida fue la URSS, que justificó su intento por dominar Europa bajo el yugo comunista como defensa ante las repentinas invasiones del Occidente. Y de haberse desatado una guerra nuclear, las consecuencias hubieran sido aún más catastróficas. Y es por eso que el ascenso de China es tan preocupante. Si la URSS amenazaba Europa con un Ejército Rojo de 5 millones, ¿de qué tamaño será el ejército de China con una población cuatro veces mayor a la de la URSS antes de su disolución o la de Estados Unidos hoy día? ¿Cuántas ojivas nucleares estarán siendo apuntadas a las capitales del mundo? ¿Cuántos submarinos rondarán los océanos? Da miedo pensar que todo este poderío estará bajo el mando de un gobierno que no requiere de rendición de cuentas con su pueblo y que ve con desdén la autoridad de cualquier institución internacional. Hay que admitir que es un gobierno mucho más serio y profesional que, por ejemplo, el de Kim-Jong Il en Corea del Norte (decir que está loco de remate es ofender a los locos). Pero no me es difícil imaginarme al gobierno chino, autoritario al fin y al cabo, tomar una decisión que tendría severas repercusiones en el orden mundial. Como, por ejemplo, una guerra.

Es cierto que muchas de las mismas críticas se les pueden levantar a los Estados Unidos (particularmente su rechazo a la autoridad internacional). Cuando se tiene el poder, nadie goza compartirlo. Pero me cuesta creer que los chinos harán mejor papel de superpotencia que sus predecesores. En el 2008 me tocó ver las protestas por los Juegos Olímpicos de Beijing aquí en Londres. Me impresionó ver una legión de chinos ultra-nacionalistas, la mayoría estudiantes, defendiendo a todo corazón la idea de que “no se politicen los juegos” (esto poco tiempo después de una violenta incursión militar/policial en el Tíbet).

Si la juventud es la máxima expresión de rebelión y libertad, ¿qué nos espera cuando esta generación fanática, nacionalista y resentida llegue al poder?

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