Superstición, globalización y pinches franceses

Para la próxima, me voy en barco

Aunque confieso ser un fanático de la aviación, he llegado a la conclusión de que odio viajar por avión. No, no soy aerofóbico, ni tampoco claustrofóbico. Simplemente me desagrada estar amarrado a una silla durante 14 horas en medio de un cigarro de metal gigante que se mueve más que un terremoto de 8 grados en la escala Richter y comiendo comida tan mala que hace que la comida congelada del Sam’s parezca digna de un restaurante de tres estrellas Michelin. Mi más reciente viaje transatlántico parece haber resumido todo lo que odio de volar y de nuestro dizque mundo “globalizado”.

Gracias por el peor viaje de toda mi vida

México DF, 3 de abril, circa 5 a.m.

Todo empezó la noche anterior cuando soñé que el avión en que volaba se estrellaba y me moría. En el sueño, el avión lograba despegar pero luego parecía que no podía seguir subiendo ya que el cielo estaba lleno de cables de luz que no lo dejaba ascender (¡en ningún momento dije que mi sueño era realístico!). Al no poder subir, el avión intentó aterrizar en medio de una ciudad, y si bien esquivó exitosamente varias casas y parecía que nos salvaríamos, de pronto y de la nada aparece una pared color salmón y el choque es inevitable. Cierro mis ojos antes del impacto, sabiendo que la muerte es inevitable pero justo cuando el avión pega contra la pared, me “despierto” en un cuarto vacío, viendo un mapa. Me doy cuenta que efectivamente, no estoy muerto y que esto ha de ser como en los videojuegos de que tienes más de una vida. En eso me despierto de verdad de mi sueño-dentro-de-un-sueño (que Inception ni que nada), un poco aturdido por la posible significancia de esta pesadilla.

México DF, 3 de abril, 9pm

Como si el sueño fuera poco, al esperar un taxi en el DF, presencié otro presagio de muerte que hubiera hecho a cualquier otra persona supersticiosa inmediatamente regresar y cambiar su vuelo. En la banqueta, había un gatito de no más de 2-3 meses muerto – al parecer por envenenamiento o algo así porque no mostraba rastros de violencia o de que haya sido atropellado. Pero por supuesto, alguien tan incrédulo y escéptico como yo no podría rendirse ante la superstición que tanto critico. ¿Yo, temerle a la muerte? ¡Ja! Tomará más que una pesadilla y un gato muerto para que me vuelva mariquita.

México DF, Aeropuerto Benito Juárez 3 de abril, 10pm

En un mundo globalizado, donde el dinero fluye por las fronteras sin inpedimento alguno, sería lógico pensar que los miserables mortales como yo, también tendríamos acceso a nuestra poca riqueza en cualquier parte del mundo. Pero justo cuando se me ocurrió comprar unos recuerditos en el aeropuerto, resulta que ningún banco aceptaba mi tarjeta de débito (extranjera) siendo que es Visa. Ese problema nunca lo he tenido en Europa, ni siquiera en Chile donde estuve antes de ir a México. Pero nuestros super-bancos siguen en la época de las cavernas, una década detrás de los tiempos aunque eso por supuesto no quita que nuestros ilustres banqueros aparezcan en las portadas de las estúpidas revistas empresariales. Ni Santander, ni Ixe, ni Scotiabank me quisieron dar mi dinero (Bancomer de plano no funcionaba), lo cual es algo preocupante en vista de que podría haber surgido una emergencia y yo sin un quinto. Tristemente tuve que pedir prestado.

Océano Atlántico, 4 de abril, sepa la madre a que hora

Pues en vista de que estoy aquí para contarlo, ya habrán asumido que no morí en el trayecto trans-atlántico. Pero eso no quita que hubo ratos en que pensé si esto del destino tenia algo de cierto, alguna verdad torcida que la gente como yo se niega a aceptar. Y es que la turbulencia estuvo tan intensa que hubo un momento en que ni siquiera le podía atinar a la pantalla en el asiento para poder ver en el mapa dónde diablos me iba a morir (esto hubiera ocurrido en el Atlántico, como una hora al oeste de la península ibérica). Repito, no soy aerofóbico pero no le creo al que afirme muy cojonudamente que la turbulencia intensa no lo inmuta. Aterrizando a París, sabía que el destino podía aún tener una cruel sorpresa: me faltaba un último vuelo a Londres. Y aunque el vuelo dura solo una hora, no dejó de ser igual de tortuoso – a tal grado que cuando finalmente me senté en una silla al llegar a casa, sentía que el cuarto se seguía moviendo.

Paris, Charles de Gaulle Terminal 2E, 4 de abril, 5:30pm

Regresemos el reloj unas horas, mientras hacía conexión a mi vuelo a Londres. Resulta que en el Duty Free de México me compré una bella botella de tequila Corralejo para embriagarme a mi y a mis amigos aquí. Me olvidé de que los Europeos, con todo y que se dicen defensores del libre comercio, son bastante especialitos cuando se trata de importar cosas – especialmente cosas que sus Duty Frees también venden (lease, alcohol y perfumes). Su respuesta a esto es prohibir todo líquido dentro de la cabina del avión, salvo que haya sido comprado en otro país de la UE. Hay algunos países que son bastante estrictos con esta regla, y no hay peor que Francia. No es extraño, ya que Francia es el experto mundial incuestionable cuando se trata de proteccionismo (solo pregúntenle a sus agricultores, los más consentidos del mundo, para la desgracia de millones de campesinos alrededor del mundo que no pueden competir contra los billones en subsidios que le gouvernement française les da de a grapa). Así que no fue muy grata la sorpresa cuando en el chequeo de seguridad me informan de que mi tequila no puede pasar. ¿Quoi? Estaba sellada. Tenía el recibo. Air France no me dijo nada cuando la subí a la cabina en México. Pero nel pastel. Con toda la obstinancia gala, me repetían que la regla era así y que ni modo, tendrían que “destruir la botella”. Ah pues quiero ver que la destruyan. Ummm, no, la vamos a destruir luego. Ajá.

Solo sé que alguien en Francia hoy se levantó con una super-cruda. Espero que haya llegado tarde al trabajo y lo hayan corrido. Y si de veras destruyeron la botella, pues no solo son unos hijos de puta, sino pendejos también.

Paris, 4 de abril, 6-6:15 pm

Con las relaciones Franco-Mexicanas en su nivel más bajo desde 1862, me subí al avión para el último tramo de este viaje infernal. Atrás de mí se sentó una señora que no paró de toser haca como 15 minutos después de que el avión despegó. Era una tos enfermiza, como de alguien que tenía gripa y ni siquiera pude ver si al menos se estaba cubriendo la boca o no (como son de cerdos los europeos, sospecho que no). Imposible que la tripulación no se haya dado cuenta en vista de lo fuerte que eran los tosidos pero ¿creen que alguien hizo algo? Por supuesto que no. Lo cual me lleva a la conclusión de que un tequila es más peligroso que una mujer muriéndose de una enfermedad posiblemente contagiosa y letal (imagínense que haya sido durante la epidemia de gripa porcina). Finalmente se calló la mujer – tal vez la turbulencia fue tanto que los virus se murieron de susto.

Londres, Heathrow Terminal 4, 4 de abril, 6 pm (no, no viajé en el futuro, es una hora menos!)

Aterrizando en Londres me congratulé en haber demostrado de una vez por todas de que la superstición, los sueños proféticos y demás brujerías y charlatanerías son puras pendejadas. Sano a salvo en tierra firme. Pero no sería el fin de mis molestias. Había una fila enorme en el área de migración, llena de las razas y étinas más comunes en Gran Bretaña. Ahora bien, no especificaré cuales son ya que mi siguiente comentario podría ser interpretado como racismo. ¡Y es que vaya pero cómo apestan! Creo que los vestidores del Manchester United despúes de un partido de tiempo extra no olían tan mal como es fila, un olor a sudor concentrado, patas sin lavar y demás hediondez de gente que no acostumbra bañarse a diario (y ni siquiera cada segundo o tercer día, más bien como una semana). Era tal que una muchacha incluso se tapó la boca con su bufanda, que espero que haya servido para dicha gente se percatara que sus estándares de higiene personal, si bien serán aceptables en sus países, no son bien vistos (o más bien olidos) en el resto del mundo. Tengo la sospecha que muchos de ellos venían a pedir asilo. Yo si fuera el mero mero tendría una regla simple: si no se molestaron en bañarse el día que ingresan a un país nuevo, mejor que ni vengan.

Así terminó esta desagradable aventura donde aprendí dos importantes lecciones para la vida. 1) que la superstición es pura mamada (bueno, eso ya lo sabía). 2) no viajar por Air France, ni comprar cosas en el Duty Free para que terminen siendo robadas por los franceses (es más, boicoteen los Duty Frees franceses para que se les quite lo mamila).

¡He dicho!

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