Living la vida inglesa

Chavs, hooligans y cerveza tibia

Shagadelic? No realmente

Fookin’ aye mate, hoy cumplo exactamente tres años de vivir en La Perfide Albion (como de cariño llaman a esta isla sus queridos vecinos franceses). Y en vez de repetir el viejo cliché de qué tan rápido pasa el tiempo, más bien parece lo contrario: siento que llevo toda la vida aquí. ¿Señal de que ya me acoplé a comer fish & chips y venerar a la reina? ¿O señal de que ya me tengo que largar a tierras más cálidas (y no me refiero justamente al clima)? Por el bien de mi salud mental, me inclino hacia lo segundo.

Re-leyendo un viejo artículo escrito en mi blog anterior tan solo unas semanas después de llegar a Londres, quedé un tanto sorprendido de que la gran mayoría de mis impresiones iniciales siguen siendo igual de válidas. Sip, el tube (el metro) sigue siendo una mierda, de hecho empeora al mismo ritmo en que se encarece. La vivienda sigue siendo una porquería y eso que ya he vivido en tres lugares diferentes. Y el clima, ya ni por dónde empezar. Pero me causó gracia mi primera impresión de los ingleses. Recordemos:

Excelentes personas. Obvio que no me he juntado con los hooligans pero mi primera impresión de los locales ha sido excelente: muy considerados, amables, propios y alivianados. No por algo lo primero que hicieron nuestros profesores después de la inducción del programa fue llevarnos al pub por unas cervezas y a platicar de tú a tú. Otro día en la madrugada en el camión un tipo empezó a preguntar hacia donde iba el camión (ya llevaba uno que otro alcohol encima): todos los que estaban alrededor prácticamente le delinearon la ruta para llegar a su casa.

Tal vez un tanto prematuro, considerando que este post fue escrito solo 9 días después de haber arribado a este reino. Pero un año después, mi impresión sería un poquito más negativa aunque al fin de cuentas le encontraba el lado bueno:

Un año después mi impresión de este país ha caído considerablemente por razones que no entraré en detalle. Solo digamos que los ingleses no me caen precisamente bien, el clima es el peor del mundo, la vida nocturna está sobre-valuada, la vivienda parece salida de un cuento de Dickens y el metro es una porquería que le daría pena a cualquier país tercermundista. Pero aún así he decidido arriesgarme y quedarme un par de años más. Dentro de todo, aquí sé que no me van a secuestrar, que me darán 30 días de vacaciones hasta en el trabajo más puñetero (además de horas razonables y buen sueldo), y mi cerveza me la servirán con 500 ml y no 33.

¿Qué causó ese abrupto cambio de impresión sobre los locales? ¿Cómo es que pasaron de ser “excelentes personas… considerados, amables, propios y alivianados?”. Creo que a estas alturas no usaría ninguno de esos adjetivos para describirlos. La clave está en una pequeña observación previa: “obvio que no me he juntado con los hooligans”. Y es que en 2007 había una sola sub-cultura urbana merecedora de mi ira: los emos. Es más, mi primer post en Londres fue un pensamiento:

Lo mejor de Londres: en tres días no he visto un solo pinche emo.
(tampoco he visto el sol durante este lapso pero sale sobrando)

Pero todo cambió cuando conocí a los chavs.

La peor plaga desde 1665

No hay raza más maldita en este mundo que los chavs. Son una plaga urbana que ha infestado por completo a este país y secuestrado sus lugares públicos. Los encuentras en cualquier lugar, desde las urbes más grandes, hasta los pueblos más pequeños y pintorescos. El chav no tiene realmente equivalente en México, ni en cualquier otro país que haya conocido. En su más precisa definición se refieren a un grupo social proveniente de las clases obreras o bajas, de origen exclusivamente indígeno (o sea, blanco, nativo original de las islas británicas), baja o nula educación escolar (y familiar) y propensión excesiva hacia la violencia, cortesía de copioso consumo de alcohol y drogas. Es raro encontrarse a solo un chav: por lo general se concentran en grupos de 5 o 6 o más, perdiendo el tiempo en la calle con lata de cerveza en mano y cigarrillo en el otro. La mayoría son menores de edad lo cual les permite hacer lo que se les pegue la gana sin consecuencias legales o policiacas. Resulta pues que contrario a la impresión de que la policía inglesa es brutalmente eficiente, cuando se trata de controlar a los chavs, son completamente inútiles. Y es que aquí, la ley los tiene perfectamente acobijados ante cualquier represalia, cuan justa y merecida sea. Un chav te agrede y un policía irá a su casa a darle un “aviso” – y eso si le va mal. Tú te defiendes y terminas en la cárcel por agresión a un menor. Personas o familias que cometen la osadía de enfrentarse a los chavs terminan siendo aterrorizadas por años, sufriendo agresiones verbales y físicas, destrucción de propiedad y demás desmanes sin que la policía mueva un solo dedo para protegerlos.

La nueva nobleza

La gran solución del gobierno ante esta juventud fuera de control es un instrumento legal de dudosa efectividad llamado el ASBO – Anti-Social Behaviour Order. Básicamente después de repetidas transgresiones, una corte le asigna un ASBO a un chav donde se le prohíbe visitar ciertos lugares, o acercarse a ciertas personas. Sin embargo, se ha comprobado que casi la mitad de los ASBOs son violados y la historia se repite de nuevo además de que muchos chavs usan un ASBO como símbolo de su “credibilidad callejera”. ¿Qué tan serio es el problema anti-social en Inglaterra? Generalmente es considerado como la preocupación principal de la ciudadanía en cuestiones de seguridad, más allá incluso que el terrorismo. El problema es que como generalmente no involucra muerte ni robo, la policía no lo toma como prioridad. Pero aún así, Inglaterra es el único lugar en el mundo donde verán carteles enormes en lugares públicos implorando “no agredir a nuestros trabajadores”. Dichas agresiones pueden ocurrir en cualquier lugar, sea el metro, el autobús, el supermercado. Solo basta encontrar algunos chavs buscando problemas, lo cual es evidentemente lo único que saben hacer en vista de que ni estudian ni trabajan y ni siquiera sus propias familias los quieren en casa. Y gracias al generoso estado de bienestar del Reino Unido, el gobierno los mantiene a perpetuidad sin que tengan que hacer nada productivo. Incluso les dan más dinero si tienen hijos y el resultado ha sido que el Reino Unido es el país industrializado con mayor índice de embarazo juvenil. Y no solo es un chamaco: no es nada extraño ver a papá y mamá chav con una carriola doble o triple. Tres más chavs para la postre y más dinero del estado para comprar vodka marca propia y un paquete de “fags” (cigarrillos). Es hasta cómico a veces ver que los chamacos salen de diferentes colores: las chavs no discriminan a la hora de aflojar.

El barrio bravo de Londres

Tal vez mi impresión ha sido indebidamente influenciada porque vivo al lado de (afortunadamente no dentro de) uno de los barrios más notorios de Londres. Se llama Bermondsey, el único enclave “cockney” que aún queda en el sur de Londres, rodeado ahora por barrios regenerados de clase media-alta después de que Thatcher decidió convertir al viejo y empobrecido puerto de Londres en una zona financiera. Su mala fama, sin embargo, radica en que es sede del equipo de fútbol con la peor reputación de hooliganismo de todo el país: Millwall F.C. Es un equipo de tercera (ah no, segunda, ya subieron de categoría), pero sus fans son temidos en cada rincón de esta nación: solo basta decir que en casi toda película de hooligans que he visto (recomiendo I.D., Green Street y The Football Factory en particular) son los malos y tienen una rivalidad particularmente intensa con West Ham United a tal grado que la última vez que se enfrentaron hubo disturbios y hasta un muerto. Pero lo peor es que Millwall es toda una institución en Bermondsey, tal vez la institución más venerada en este “barrio bravo” a tal grado que no falta ningún pub que no esté adornado con banderas de Inglaterra con “Millwall” escrito en el centro. Ojo que hablo de la bandera de Inglaterra (no la Union Jack), una bandera que tiene connotaciones racistas gracias a su adopción por grupos de extrema derecha. La asociación no es espuria: la gran mayoría de fans de Millwall traen la cabeza rapada y muchos portan tatuajes con símbolos de supremacistas blancos (los más atrevidos de plano portan esvásticas). Pasear por Bermondsey antes de un partido es ver los pubs repletos de hooligans preparándose para lo que seguramente es el momento culminante de su miserable existencia semanal. Además, es un ritual intergeneracional: abuelo hooligan empinando chelas junto con papá hooligan (ambos tatuados como marineros) e hijo hooligan que todavía no ha de llegar a la pubertad pero ya tiene la cabeza rapada y aretes. Mamá hooligan seguro también anda allá, gorda como ballena pero con mallas y un top donde se le desparrama la lonja, fumando como chimenea, igual de tatuada que su esposo y con un bronceado falso que le ha dejado la piel naranja y arrugada antes de llegar a los 40.

Ok, admito que Bermondsey es un ejemplo extremo, y no hay chavs en cada esquina de Londres (no puedo decir lo mismo de otras ciudades, particularmente los suburbios y el norte del país) pero ya ven hacia donde voy: este país tiene un serio problema de decadencia social, por mucho el peor que he visto en el primer mundo. No sé cuándo empezó. Me inclino a pensar que fue con la turbulencia económica de los años setenta y el deterioro familiar de una generación que se rebeló contra a la rigidez social que solía ser característica de este país. Algo que nunca me deja de impresionar es la completa ausencia de cariño que las familias inglesas les tienen a sus niños. Los jalonean, los regañan, les gritan por cosas tan absurdas como caminar más lento o abrir la boca. Los tratan como bulto, como un peso con el que tienen que lidiar. Eso no lo ves en otros países, al menos no a tal grado. No es sorprendente pues que terminen criando monstruos, maleducados porque el respeto nunca fue algo que les inculcaron, intolerantes porque nade fue tolerantes con ellos. No por algo este país es el que inventó el llamado happy slap: agresiones a personas (principalmente a otros jóvenes) sin provocación alguna con el único fin de ser filmados con celulares y subidos a YouTube. Monstruos. La analogía más comparable es con Dr. Jeckyll & Mr. Hyde y no me sorprende que la intención de Robert Louis Stevenson haya sido en parte explorar la dualidad del carácter humano, particularmente de sus paisanos escoceses. Es sin duda un pueblo con dos caras. Y la pócima que lleva a esta transformación suele ser el alcohol.

Fiebre de sábado en la noche

Fancy a pint, mate?

Olvídense del fútbol, el rugby o el cricket: el alcoholismo es el deporte nacional del Reino Unido. Pero lo que hace único a este país no es tanto la cantidad de alcohol que consumen – los europeos del este consumen mucho más per cápita y nosotros los mexicanos tampoco nos quedamos muy atrás – sino la manera en que se comportan bajo la influencia. No hay país donde gozar del alcohol invariablemente involucre actuar de la manera más ridícula, vulgar y ofensiva que se pueda imaginar. Es un ciclo vicioso que se convierte en una carrera en la que el más malacopa gana (tampoco quiero discriminar, porque las mujeres muchas veces se llevan este distinguido premio), sin inhibiciones pues todo se vale y mientras peor te comportes más eres aceptado. Pero en términos más generales, el alcohol es la manera en que este pueblo rompe las cadenas de su propia ineptitud social: gente que de día ni te pela, de pronto se convierte en tu amigo del alma después de unos cuantos pints encima, para después olvidarse de que existes al día siguiente. Para hacer una amistad inglesa hay que hacer el intento, cosa que a nuestra sangre caliente latina le cuesta acostumbrarse y cosa que queda aún más evidente cuando se conoce gente de países más afines al nuestro. Por ejemplo, los griegos: no he conocido griego o griega que no te trate como amigo de toda la vida la segunda vez que te ve. Pero con un inglés es empezar de cero otra vez, hasta que después de repetidas alcoholizadas se llega al siguiente nivel de contacto social. Solo basta decir que en este país algunas de mis mejores amistades han sido gringos. ¡Quién pensaría que la brecha que nos separa con los ingleses en cuestión de personalidad y carácter haría a uno mismo creer que los gringos son casi nuestros hermanos de sangre!

En fin, tres años en la pérfida Albión pero por el momento seguiré aquí, tal vez un año o dos más. Pero me queda claro que este no es un país donde quisiera hacer mi vida, en vista de que es una sociedad en la que jamás podría sentir que pertenezco. Tal vez he sido un poco injusto en mi caracterización de los ingleses en vista de que tengo una que otra amistad entre los locales (aunque no muchas). Y no todos son chavs, ni todos son hooligans. Muchos son genuinamente buenas personas, aunque generalmente de generaciones previas cuando todavía existían valores en esta sociedad. Pero me parece que la proporción de gente decente en este país cada vez se va disminuyendo. En vista de que nacen al menos tres o cuatro chavs por cada inglés decente, ya se imaginarán lo que le espera a la “Gran” Bretaña en unos años.

Pero para entonces estaré muy, muy lejos…

Si no me creen que este país está infestado de chavs, lean este divertido blog (y de paso busquen Bermondsey, hay como cuatro posts sobre el barrio bravo de Londres).