Los números no mienten: Mitos estadísticos de la campaña presidencial en México (Parte II)

En el post anterior, El Ministerio de la Verdad trató de confirmar o desmentir algunos de los mitos estadísticos de los cuatro candidatos a la presidencia sobre temas como endeudamiento estatal y el rendimiento de la economía mexicana. Ahora toca analizar las cifras sobre competitividad, corrupción y pobreza.

Mito 4: El Edomex ha perdido competitividad durante la gestión de EPN

Josefina Vásquez Mota ha utilizado los índices de competitividad del IMCO para atacar principalmente a Peño Nieto bajo la acusación de que durante su gestión el Edomex ha visto un deterioro en este rubro. El IMCO ha publicado sus índices de competitividad estatales desde el 2001, siendo los datos más recientes los del 2008 (referentes a su reporte del 2010 cuyos datos son descargables aquí). Así pues, nos podemos dar una buena idea no solo del rendimiento del Edomex en cuanto a competitividad sin o también el DF durante la gestión de AMLO. En el 2001, el primer año de donde tenemos datos, el DF se ubicó como el estado más competitivo, mientras que el Estado de México se ubicaba en un lejano lugar 24. Para el 2005, al inicio de la gestión de Peña Nieto, el DF aún se mantuvo a la cima del ranking, mientras que el Edomex había caído seis lugares, hasta el lugar 30 – debajo incluso de Chiapas, y solo encima de Guerrero y Oaxaca. ¿Cambió algo desde que llegó Peña Nieto? Para 2008, el Edomex había subido dos lugares, para encontrarse ahora en la posición 28. Sin sorpresas, el DF volvió a liderar el ranking en este año más reciente.

Si bien hay factores innatos en el DF como centro político y económico del país que ayudan a que sea una entidad más competitiva, el bajo ranking del Edomex es preocupante considerando que gran parte de su población es parte del área metropolitana de la Ciudad de México por lo que debería de recibir algunos de los beneficios competitivos del DF. Viendo los diferentes rubros utilizados por el IMCO para generar su ranking, vemos que al Edomex la va particularmente mal en cuestiones de estado de derecho, estabilidad y dinamismo económico, su sistema político y en la eficiencia de sus mercados de factores. Mientras tanto, que el DF siendo tan “socialista” constantemente esté a la cima del ranking desaprueba por completo la noción de que un gobierno de izquierda necesariamente espante inversión: en el 2008, el DF recibió 138 mil millones de pesos de inversión extranjera directa mientras que el Edomex solo 10.4.

Ahora bien, si tienen dudas sobre la metodología o la imparcialidad del IMCO, pueden consultar los datos de la encuesta Doing Business del Banco Mundial donde el DF en la abismal posición 30 (de 32). Representado el Edomex está Tlaneplantla en el lugar 16. Aún así, no estoy 100% convencido de un estudio que pone a Ciudad Juarez ¡en lugar 20!

Veredicto: Parcialmente cierto. El Edomex se ha mantenido como uno de los estados menos competitivos de México de acuerdo a los datos del IMCO aún considerando una leve mejora durante la gestión de Peña Nieto. En cambio, el DF sigue siendo la entidad más competitiva del país. Continue reading

Los números no mienten: Mitos estadísticos de la campaña presidencial en México (Parte I)

¿A quién creerle?

Encuestas cuchareadas, cifras sin fuente, números que no cuadran. En esta elección presidencial, al igual que en las anteriores, la estadística se ha convertido en un campo de batalla, aprovechando aquel dicho de que “los números no mienten, pero se puede mentir con los números”. Como economista, es bastante decepcionante ver el poco, por no decir nulo, esfuerzo que hace la gente por checar la validez de las cifras que se le presentan especialmente cuando sonn las que les conviene escuchar. De hecho no hay mejor prueba de la certeza del fenómeno psicológico llamado disonancia congnitiva– básicamente que al ser humano le incomoda la información que no se ajusta a sus nociones preconcebidas – que en el aspecto estadístico. Así que como buen ciudadano, El Ministerio de la Verdad, se toma la libertad de hacer el trabajo que los holgazanes de los candidatos nunca se molestaron en hacer: explicar los números, encontrar las fuentes y desmentir (o confirmar) los mitos.

Mito 1: AMLO endeudó al DF excesivamente

Uno de los argumentos más reciclados durante la campaña anterior fue que AMLO endeudó al DF con su gasto “excesivo” en infraestructura, tal como los segundos pisos del periférico. Es triste ver que este argumento lo siguen aplicando seis años después, aunque también es cierto que a Peña Nieto se le ha acusado de lo mismo. Para encontrar la verdad, El Ministerio consultó los datos de la deuda estatal de la Secretaría de Hacienda, que están disponibles al público y actualizadas trimestralmente (las más recientes son del primer trimestre del 2012 pero usaré principalmente hasta fin del 2011). De acuerdo a las cifras, durante la gestión de AMLO (2000-05) la deuda del Distrito Federal aumentó en un 51.6%. Esto es menor al promedio estatal total de 62.5% por lo que es falso decir que el endeudamiento durante esos seis años fue excesivo. Ojo que la administración de Marcelo Ebrard ha sido aún más austera: solo creció 27.6% en 2006-11, comparado a un promedio estatal total de 144.1%. Continue reading

Bolsas de ilusiones

Tratando de entender la misteriosa fascinación bursátil que nos rodea

¿El significado del universo? Mmm, no

He decidido aprovechar el aniversario del “Lunes Negro” para ver Wall Street, un preludio antes de ver la secuela este fin de semana. Para los que no conocen del Lunes Negro, fue un tal 19 de Octubre de 1987 cuando Wall Street sufrió su peor caída en el lapso de un día en toda su historia. Perdió 22%, incluso más que la caída de 1929 que precipitó la Gran Depresión, y peor que cualquiera día del 2008 cuando la actual crisis estaba en su peor momento. Encuentro una fascinación peculiar por la bolsa de valores, no tanto porque me interese invertir en ella. Más bien, mi fascinación es ver la fascinación de otros hacia ella. De hecho, no hay ninguna otra institución financiera que esté más inculcada en la cultura popular que la bolsa, incluso en un país que no tiene ninguna tradición bursatil como es el caso de México. Pero leemos el periódico y aunque sea de reojo vemos si la bolsa aquí o la bolsa allá subió o bajó. Vemos las noticias y asumimos que lo que es bueno para la bolsa, es bueno para la economía y si es bueno para la economía es buena para todos. Una parte de nosotros quisiera sentir la euforia de estar vendiendo y comprando, a un paso de la riqueza ilimitada y a dos pasos del suicidio desde un piso cincuenta.

¿Por qué se le presta tanta importancia a la bolsa en los medios? Eso siempre me ha intrigado. Para empezar, la bolsa de valores no es el mercado más grande ni el más importante del mundo: ese honor se le confiere al mercado de bonos: aprox. $65 billones de dólares (más que el PIB mundial), contra $45 billones invertidas en todas las bolsas del mundo. Pero nunca vemos los precios de bonos en el noticiero ni en la primera plana de los diarios, a menos que lean el Wall Street Journal o el Financial Times. De hecho, el poder destructivo de una catástrofe bursátil ha sido tremendamente exagerado a través de los tiempos. Por ejemplo, aunque la gran caída de Wall Street en Octubre de 1929 se considera como el comienzo de la Gran Depresión, la recesión ya había empezado desde antes. Pero una crisis de bonos ha llevado a la ruina a infinitos países, incluyendo al nuestro. Nuestra crisis del 1982, la peor de nuestra historia, no fue causada porque la bolsa se cayó sino porque nos declaramos en moratoria y dejamos de pagar nuestra deuda. Esa deuda estaba denominada en bonos. De igual manera, la crisis actual fue creada por el colapso en el mercado de bonos hipotecarios – las bolsas no cayeron hasta que todo lo demás ya se había ido a la mierda.

Mientras tanto, en aquellas ocasiones donde la bolsa se ha desplomado estrepitosamente sin razón aparente – como pasó durante el dichoso Lunes Negro en Octubre de 1987 – pocas veces ha tenido un impacto catastrófico en la economía real. Al día siguiente termina siendo business as usual para casi todos, aunque ese “casi” obviamente excluye a los pobres diablos que perdieron hasta los calzones en cuestión de unas horas (qué puedo decir, nadie los forzó a meter su dinero al mercado). En fin, la caída de una bolsa no basta para hundir a una economía entera. ¿Entonces por qué tanto pánico? Repito: son los medios, la culpa la tienen los medios. Nos han hipnotizado con imágenes de banqueros abarrotando las calles de Wall Street durante 1929 como si hubiera ocurrido un terremoto. Les encanta mostrar imágenes o videos de corredores de bolsa posesionados por la histeria, vendiendo y comprando acciones con la euforia de un cocainómano que se acaba de tomar dos litros de Red Bull. Otra imagen repetida ad nauseum y que nunca dejará de causarme gracia es la típica foto de personas comunes y corrientes pasando por enfrente de algún mostrador electrónico, como para implicar que el destino de nosotros los mortales está ligado de manera intrínseca al éxito de la bolsa. Por alguna razón, generalmente ponen a asiáticos, como para darnos la idea de que vivimos en un mundo globalizado y si se desploma la bolsa de Taiwán, eventualmente el tsunami nos llegará a nosotros también. Eso o porque no hay mostradores electrónicos en una aldea de Zimbabwe o en la Sierra Tarahumara.

Solo quiere saber qué hizo la esposa para la cena

Nótese también que los tres desplomes más importantes del siglo en Wall Street han sido en Octubre. Otra crisis bursátil legendaria, el “Pánico de 1907” también fue en Octubre. ¿Coincidencia, o hay algo en este mes en particular que pone particularmente nerviosos a los inversionistas? Podría ser Halloween. Podría ser que los inversionistas se deprimen porque el verano terminó y el invierno está por comenzar. Sea cual sea la razón, de no ser coincidencia entonces hay algo gravemente mal en la manera en que se valora al mercado e implicaría que no es perfecto. ¡Blasfemia! Los economistas tenemos una teoría para esta infalibilidad del mercado: se llama la Hipótesis del Mercado Eficiente. Inventado por un tal Eugene Fama (sip, de la Universidad de Chicago, ¿de dónde más?) en los años sesenta, la hipótesis asume que en un mercado representa perfectamente toda la información pública disponible. Así pues, no es posible consistentemente “vencer” al mercado a largo plazo porque cualquier desviación inmediatamente sería identificada y corregida.

Por ejemplo, el precio de una acción de Microsoft cuesta $100 cuando el valor de la compañía implicaría que debería ser $110 porque acaban de sacar una versión de Windows invulnerable a los virus (se vale soñar). Los inversionistas se darán cuenta del “error” y comprarán esta acción mientras está barata, es decir, antes de que suba de precio. Al haber más demanda por estas acciones entonces efectivamente subirían de precio – a $110. Pero si llegaran a subir a $115 debido a que se emocionaron un poco demasiado por este avance tecnológico, entonces eventualmente se darían cuenta que la acción se ha vuelto muy cara y anticipando que el precio va a bajar, la venderían lo más pronto posible (porque la gente no valora una acción en base a lo que cree que vale, sino a lo que cree que otros creen que vale). Esto reduciría su demanda y el precio bajaría. A $110.

Tan simple. Tan elegante.

Tan equivocada. Cualquiera con sentido común se habrá dado cuenta que no hay nada perfecto ni nada racional en los mercados. Los genios financieros de Wall Street, con todo y sus doctorados en astrofísica y sus terminales Bloomberg con 6 pantallas funcionan no tanto como una fría y lógica maquina estadística sino como una manada de ovejas que se echan a correr cuando ven al lobo feroz. El famoso economista John Maynard Keynes bautizó al fenómeno como “los espíritus animales”. Olfatean las ganancias y compran, compran, compran. Huelen temor y venden, venden, venden. Cuando la euforia se vuelve colectiva, los mercados se convierten en burbujas, y cuando estas burbujas estallan el resultado es feo. En fin, es un casino. Pero nos encanta porque en el fondo queremos creerle al inmortal Gordon Gekko cuando nos dice que “la avaricia es buena”. ¿Nos importa Microsoft? Por supuesto que no. Solo queremos vender esa acción a $115 antes de que el prójimo venda la suya a un dólar menos. Queremos el dinero fácil. Queremos un número diario que nos revele nuestra fortuna (temo admitir que la astrología a veces es más acertada). O qué, ¿acaso se van a esperar tres meses para que salga un reporte nuevo sobre el PIB para saber si andamos bien o andamos mal?

Así pues, propongo un brindis a los inversionistas, accionistas y corredores que nos traen prosperidad día tras día. Celebremos comprando el periódico y viendo cuánto subió la bolsa el día de hoy. ¿100 puntos? ¿0.3%? No importa, cualquier alza es buena. Cualquier alza nos hace más ricos. Ya verán que los vochos corren más rápido, que la Torre Latino es un poco más alta, y que el smog se despeja para poder darle gracias a los dioses del olimpo por este gran triunfo del capitalismo. Gekko, eres un genio.

Crónica de una crisis – Colapso

El error de Septiembre y lo que siguió

Llegó el momento de la verdad

El 2008 comenzó con incertidumbre en el aire. Sin saberlo todavía, los Estados Unidos ya habían caído en recesión desde finales del año anterior aunque la economía aún seguía dando señales de vida. Y aunque los mercados financieros mundiales estaban virtualmente paralizados, la economía global “real”, seguía marcando al trote de las nuevas economías emergentes como China, India, Rusia y Brasil (conocidas como los “BRICs”). Se decía incluso que el mundo en desarrollo ya finalmente se había desacoplado del industrializado y que una crisis en los Estados Unidos o Europa quedaría contenida sin mayores estragos. Si había un problema, más bien era un exceso de demanda – particularmente de China, cuyo apetito por recursos naturales y productos básicos aparecía insaciable. Comida, metales, petróleo, todos alcanzaron precios récord en el 2008 que si bien beneficiaban a sus exportadores, estaban generando enormes presiones sociales y presiones inflacionarias. Se decía que millones caerían en la pobreza en el tercer mundo y que el petroleo llegaría a $200 por barril. O más.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, la situación en la banca se estaba convirtiendo en una masacre. Para enero se estimaba que $90 mil millones se habían perdido a causa de la crisis subprime y para marzo se estimaba que la cifra había ascendido a más del doble. Y para empeorar el asunto, el valor bursátil de muchos de estos bancos se estaba desplomando, empeorando así su posición financiera. El primer banco en caer fue nada menos que el que empezó el debacle: Bear Stearns. El 17 de Marzo, la Reserva Federal de Nueva York organizó su venta a JPMorgan Chase al precio casi regalado de $2 por acción (había valido $172 por acción poco más de un año antes). Y así en un instante desapareció esta institución con más de 80 años de trayectoria en Wall Street – el quinto más grande del mundo. Mientras tanto, las pérdidas seguían aumentando: UBS $19 mil millones en los primeros tres meses del año. Citigroup, $15. En su reporte semestral del sistema financiero global, el Fondo Monetario Internacional estimó que las pérdidas totales ascenderían a $1 billón.

Mala noticia tras mala noticia siguieron durante el verano del 2008. Las primeras señales de que la crisis podría tomar dimensiones globales se pudieron observar en Julio cuando los precios del petróleo llegaron a su cénit (a más de $140 por barril) y comenzaron a caer. El Baltic Dry Index, un indicador poco conocido pero considerado como un proxy para el comercio mundial (mide el precio promedio de un envío marítimo), también comenzó a caer. Era evidencia inequívoca de que la demanda global se estaba deteriorando y que la economía “real” no sobreviviría un colapso financiero. Terminando el verano el nerviosismo aumento debido a rumores de insolvencias inminentes en varios bancos. Entre ellos, Fannie Mae y Freddie Mac, las agencias hipotecarias cuasi-gubernamentales. También era el caso de Merrill Lynch, cuyas pérdidas para ese entonces eran mayores a cualquier otro banco de inversiones: más de $50 mil millones. Asimismo, AIG estaba en la mira. Pero los rumores más fuertes circulaban en torno a Lehman Brothers. Aunque era apenas el cuarto banco de inversiones más grande, había sido uno de los bancos más agresivos en comercializar activos subprime. Además, era el banco estadounidense más endeudado, con deudas más de treinta veces mayores a su valor bursátil. Lehman no solo enfrentaba problemas de liquidez: estaba al borde de la insolvencia.

En Septiembre esos rumores cobraron vida propia, particularmente tras la noticia el 7 de Septiembre de que el gobierno había tomado control sobre Fannie y Freddie. Temerosos ante la posibilidad de terminar en la quiebra, los accionistas abandonaron a Lehman y su valor de mercado se desplomó. Inmediatamente comenzaron las negociaciones en privado con la Reserva Federal a quienes imploraron un rescate. La situación para el gobierno era peligrosa. Por un lado, Lehman ocupaba un nicho importante en el sistema financiero mundial, cuyo colapso pondría en peligro miles de millones de dólares vinculados a sus contrapartes. Pero de rescatar a Lehman, el gobierno daría la señal de que estaría dispuesto a rescatar a cualquier banco con problemas – un típico caso de riesgo moral. Además, era muy posible que aún rescatando a Lehman, sería cuestión de tiempo antes de que cayera un banco aún más importante. ¿Podría el sistema financiero mundial sobrevivir el colapso de Goldman Sachs? ¿Podría sobrevivir el colapso de Citigroup o AIG?

El domingo 14 de Septiembre las negociaciones fracasaron. No habría rescate, ni tampoco encontraron comprador. El lunes 15 de Septiembre de 2008 – un día que vivirá en la infamia financiera – Nueva York se despertó con la noticia de que uno de sus bancos más antiguos (llevaba casi siglo y medio de existencia) se declaraba en bancarrota. Desde su icónico rascacielos cerca de Times Square, banquero tras banquero liquidado salía del edificio llevando consigo cajas de cartón con sus pertenencias ante la mirada de las cámaras. Con más de $600 mil millones en activos, había sido la bancarrota más grande en la historia de los Estados Unidos, por mucho opacando a la de Enron pocos años atrás. Pero el día no había terminado: Merrill Lynch, al borde del colapso también, fue comprado por Bank of America a precio de remate. Al día siguiente, el gobierno tuvo que rescatar a AIG mediante una infusión de $85 mil millones, y tomando control sobre el 80% de la empresa. Y para terminar con broche de oro, el 21 de Septiembre ocurrió algo que si bien fue más simbólico, marcó el fin de una era: Goldman Sachs y Morgan Stanley, los únicos dos bancos de inversiones sobrevivientes, cambiaron sus estatutos legales para volverse bancos comerciales y así poder recibir ayuda del gobierno.

El resto es historia.

La caída de Lehman Brothers marcó el inicio del casi-colapso del sistema financiero mundial. De no ser por la intervención oportuna de gobiernos y bancos centrales, es muy posible que el sistema de mercado que conocemos como tal se hubiera hundido por completo en el lapso de varias semanas en aquel Septiembre y Octubre. La caída de Lehman también marcó el momento en que la crisis financiera se convirtió en una crisis económica, afectando ya no solo a la banca sino a todos los sectores. Pero aunque la economía mundial está ahora en su fase de recuperación, los estragos continúan: el desempleo no ha mejorado, el mercado hipotecario en los Estados Unidos sigue deprimido, los bancos siguen en su “credit crunch” aunque siguen repartiéndose jugosos aguinaldos. ¿Justicia? Nunca ha habido y nunca habrá para los reyes de Wall Street que seguirán buscando la manera de romper las reglas y hacer su domingo con dinero ajeno.

Sigan este espacio… nunca saben cuándo esta historia tenga otra lamentable secuela.

Crónica de una crisis – Credit Crunched

De crisis subprime a crisis crediticia

Adiós al Sueño Americano

Si el génesis de la crisis actual fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, entonces la crisis comenzó en Julio del 2006 cuando el precio promedio de las casas en los Estados Unidos cayó por primera vez en más de una década. El ritmo de construcción de viviendas nuevas ya también estaba de picada desde Enero. La causa directa de este desplome fue el creciente número de ejecuciones hipotecarias causadas por moratorias en el mercado subprime.

¿Qué causó ese incremento en moratorias? Desde varios años antes la Reserva Federal había elevado las tasas de interés para evitar un sobrecalentamiento de la economía. La mayoría de las hipotecas subprime se habían contratado bajo tasas ajustables en vez de tasas fijas lo cual incrementó los costos de las mensualidades. Además, una práctica muy común era atraer compradores prospectivos mediante tasas engañosamente bajas, pero que se dispararían en uno o dos años. La combinación de política monetaria restrictiva y el fin de estas tasas iniciales engañosas fueron devastadoras: un total de 1.2 millones de prestamistas perdieron sus casas al caer en moratoria. Los signos de “Sold”, ubicuos frente a millones de casas alrededor del país tan solo un año antes, poco a poco se iban reemplazando por signos de “Foreclosure”. El efecto fue particularmente notorio en los estados “asoleados” como California y Florida que experimentaban alta demanda para segundos hogares, pero también en los viejos bastiones industriales como Detroit y Cleveland donde la pobreza era alta y la promesa de una vivienda propia había sido difícil de resistir.

El desplome del mercado subprime fue brutal: entre Enero y Abril del 2007 el mercado quedó hecho escombros tras las bancarrotas de sus principales hipotecarios, notablemente New Century Financial (para fin de año más de 100 compañías hipotecarias desaparecieron). Los bancos que tenían operaciones directas en el mercado hipotecario también comenzaron a sufrir enormes pérdidas: HSBC reportó una pérdida de $11 mil millones en Marzo desde su división de préstamos para viviendas. Pero lo peor estaba aún por venir. En 22 de Junio, dos hedge funds administrados por Bear Stearns – uno de los cinco grandes bancos de inversiones estadunidenses – tuvieron que ser rescatados debido a pérdidas catastróficas relacionadas con CDOs contaminados con activos subprime. Para este entonces era claro que todo el sistema financiero estaba contaminado por estos “activos tóxicos”. El 9 de Agosto, poco más de un mes después, el banco francés BNP Paribas reportó un problema similar con varios de sus hedge funds y de plano los suspendió “debido a la completa evaporación de liquidez en ciertos segmentos del mercado de activos estructurados estadounidense”. Esos activos eran los MBS y CDO estructurados con hipotecas subprime.

En ese instante, los mercados crediticios mundiales se congelaron. Los bancos simplemente se dejaron de prestar.

Lo que ni los 'quants' habían anticipado

El problema no solo era la falta de liquidez, sino la falta de transparencia. A falta de un registro central de transacciones (por ejemplo, una bolsa), era imposible saber cuáles bancos estaban “sanos” y cuales estaban repletos de activos tóxicos. De igual manera, nadie se atrevía a hacer préstamos ya que nadie confiaba en el valor del colateral que su contraparte ofrecía cuando estos eran MBS o CDO. La caída de valor de estos activos no solo estaba relacionada al colapso subprime: los mismos mecanismos de mercado generaron ciclos viciosos al forzar que los bancos tuvieran que recapitalizarse para cubrir sus pérdidas. Esta recapitalización solo era posible mediante la venta de activos, lo cual deprimía sus precios aún más. A su vez, las leyes de contabilidad de los Estados Unidos forzaban a los bancos a valorar dichos activos de acuerdo a su valor de mercado, una práctica contable llamada mark-to-market. ¿Pero qué valor podrían tener si ya no había ningún mercado para ellos? Era como tener que vender un Ferrari cuando nadie lo quiere comprar: su precio de mercado es efectivamente cero.

Al día siguiente de que comenzó lo que los medios bautizarían como el “credit crunch”, varios bancos centrales incluyendo la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra hicieron su primera de muchas intervenciones para inyectar liquidez al sistema financiero. Pero eso no lograría que la banca saliera de su virtual estado de coma ya que a partir del tercer semestre del 2007 los bancos comenzaron a reportar pérdidas estratosféricas. Merril Lynch tuvo que recortar $8.4 mil millones en el valor de sus activos tóxicos en Octubre mientras que Citigroup terminó el año con una pérdida de $9.4 mil millones. Citigroup tuvo que rescatar a sus “entidades especiales” con $58 mil millones. Los problemas tampoco se limitaron a los Estados Unidos: había bancos europeos como HSBC, UBS e IKE Deutsche que estaban hasta el cuello con activos tóxicos (UBS tuvo como regalo navideño una pérdida de $10 mil millones en el cuarto trimestre). Un banco hipotecario inglés, Northern Rock, de plano sufrió una corrida en Septiembre – la primera en el Reino Unido en más de un siglo – y tuvo que ser nacionalizado por el gobierno. Mientras tanto, los bancos centrales seguían inyectando más y más dinero para mantener a flote al sistema financiero. Pero la turbulencia no se calmaba. Sería una simple cuestión de tiempo hasta que el primer gigante cayera.

Próximamente: El día que vivirá en la infamia

Posdata: En lo que es tal vez una de las anécdotas más escalofriantes de la crisis, analistas en cierto banco describieron la turbulencia financiera de Agosto del 2007 como “un evento de 25 desviaciones estándar”. Es decir, algo que solo podía suceder una vez cada diez mil años. Pero no solo eso, había sucedido ya varias veces en esa misma semana.

Crónica de una crisis – Lo inimaginable sucede

¿Y dónde está la hipoteca subprime?

Mona vestida de seda...

Todo exceso invariablemente lleva a la cruda. Y las peores crudas se reservan para los peores excesos. La burbuja inmobiliaria y crediticia llegó a su cima en el 2006, que para entonces el sistema financiero global estaba tan intoxicado con su propio éxito que nadie vio venir el desastre que estaba por llegar. No eran solo los banqueros: los mismos economistas habían caído presa de sus propios encantos. Robert Lucas, premio nobel y Chicago Boy por excelencia, afirmó en el 2003, que “el problema central de prevención de depresiones, era cosa del pasado”. El mismo Ben Bernanke afirmó que el cicló económico había sido domado gracias a las innovaciones financieras de la última década. En esta nueva era, llamada la “Gran Moderación” presidida por Alan Greenspan, el principal problema sería administrar la abundancia.

Había uno que otro renegado. Robert Shiller, en un excelente análisis de la burbuja de los punto-com, señaló que la burbuja bursátil amenazaba con convertirse en una burbuja inmobiliaria. Otro premio nobel, Paul Krugman, advirtió que la volatilidad que causó la crisis asiática de 1997-8 seguía presente. Pero tal vez la profecía más acertada vino de un ex-miembro prominente del Fondo Monetario Internacional: Raghuram Rajan. Rajan correctamente identificó que la raíz del problema era el sistema financiero mundial mismo, que en vez de transferir el riesgo de una manera eficiente entre contrapartes, la estaba distribuyendo entre todos. Clave en este diagnóstico había sido la popularización de dos instrumentos financieros cuyo propósito inicial era justamente diluir aún más el riesgo crediticio del mercado hipotecario, particularmente el mercado subprime. En la práctica, serían otros derivados exóticos más para comercializar y especular. Más fichas para el casino.

El primero de estas dos armas de destrucción masiva era el Collateralized Debt Obligation. Era similar a un MBS, con la diferencia de que abarcaba no solo hipotecas sino cualquier tipo de deuda. Un CDO común y corriente podría estar compuesto de otros MBSs, crédito automotriz, créditos escolares, deuda de tarjetas de crédito, etc. Además, no era emitido por el banco que lo concibió. Más bien los bancos creaban “entidades especiales” (empresas virtuales) a quien se les “donaba” dicha deuda, para posteriormente emitir bonos usando esa deuda como colateral. Así pues, los bancos se limpiaban las manos de la deuda y la reciclaban bajo otro disfraz. Peor aún, nada prohibía a los bancos crear CDOs de otros CDOs. Estos se llamaban CDOs al cuadrado. Y sí, también había al cubo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que a las alturas de un CDO al cuadrado, el riesgo de la hipoteca original se había diseminado entre tantos instrumentos que era imposible cuantificarla. Pero eso mismo hacían (o creían que hacían) los “quants” al igual que las calificadoras de riesgo que no dudaban en darles grados de inversión (incluso AAA) a esta basura.

El otro instrumento era más simple, pero tal vez más devastador. Se llamaba Credit Default Swap. Su premisa era casi idéntica a un seguro: contratabas un CDS para cubrir la eventualidad de que algún activo o empresa “fallara”. El costo era pagar una prima que reflejaba el riesgo de que dicho evento sucediera – en cuyo caso, el banco que te vendió el CDS te pagaría “los daños” equivalentes a un monto acordado de antemano. Sin embargo, había una pequeña pero crucial diferencia entre un CDS y un seguro normal. Para comprar un CDS, no necesitabas ser dueño del activo o tener algún interés en la empresa. Así pues, el CDS se convirtió no en un instrumento de protección sino de especulación en vista de que la mayoría de compradores de CDS los usaban no para cubrir las posibles pérdidas de sus propios activos sino para apostar que otros activos ajenos fallaran. Es como contratar un seguro de incendio para la casa de tu vecino, ¿acaso no tendrías el incentivo de quemar la casa? Una empresa en particular, American International Group (AIG), la aseguradora más grande del mundo, se volvió notoria por su venta descontrolada de CDS desde una obscura sucursal en Londres. No había mejor reflejo de la virtual inexsitencia regulatoria que una empresa como AIG – una aseguradora, no un banco – pudiera tener un papel tan prominente en el sistema financiero global.

Para mediados del 2006, el boom financiero estaba en su apogeo y los banqueros seguían embriagados con la idea de que la fiesta no tendría fin. Pero en las entrañas del sistema financiero mundial se escondían millones de bombas de tiempo. Eran las hipotecas subprime que habían sido rebanadas y recicladas en un sin número de bonos, MBS, y CDOs. Solo se necesitaba que algo encendiera la mecha. Ese algo sería algo tan improbable, tan imposible, que incluso los modelos de riesgo no contemplaban tan remota posibilidad. Ese algo era que la burbuja inmobiliaria se desinflara y que los precios de las casas cayeran. Era algo no había sucedido en décadas.

Pero eso fue exactamente lo que pasó hacia finales del 2006.

Próximamente: La burbuja se desinfla

Posdata: Si quieren leer el paper original de Raghuram Rajan, “Has Financial Development Made The World Riskier?”, hagan click aquí.

Crónica de una crisis – El gran casino

Living la vida loca en Wall Street y Londres

Moviendo mercados: un trading floor en plena acción

Se decía algún tiempo atrás que los banqueros trabajaban bajo la “regla 3-6-3”: recibir depósitos a 3%, prestar dinero a 6% y estar a las 3 de la tarde en el campo de golf. Era la buena vida.

Aunque algo burda la simplificación, ciertamente reflejaba la esencia de la función de un banco comercial. Pero había otro tipo de monstruo: los bancos de inversiones. En vez de dedicarse a recibir depósitos y otorgar crédito, los bancos de inversiones se dedicaban a cuestiones más sofisticadas, tal como financiar a empresas y administrar riqueza. Tal vez su rol más importante era el de suscribir (underwrite, como se le dice en inglés) valores, tal como acciones y bonos. Básicamente si una empresa quería cotizarse en la bolsa, o levantar capital un banco de inversiones se encargaba de emitir las acciones o bonos a su nombre para luego distribuirlas entre su extensa red de clientes. La empresa se aprovechaba de la credibilidad del banco que haría más fácil que encontrara compradores para sus valores mientras que el banco cobraba altas cuotas por estos servicios. Pero estos bancos también se dedicaban a comercializar dichos valores. Y no solo los valores que ellos mismos emitían, sino de todo: acciones, bonos, futuros, derivados, a tal grado que podían mover mercados enteros. Lo hacían no solo con su propio dinero sino con el dinero de sus clientes. La escala de estas operaciones hoy día desafía la lógica: arriba pueden ver el trading floor de UBS (banco suizo) en los Estados Unidos: más grande que un campo de fútbol, con más de mil corredores, vendedores y analistas, cada uno buscando sacarle ganancia a los mercados.

Previo a la Gran Depresión, muchos bancos se dedicaban tanto a la banca comercial como a la banca de inversiones, pero cuando el “casino” colapsaba, se hundía con todo y los depósitos de miles o hasta millones de personas que de haber sabido que su dinero iba a financiar las apuestas financieras del banco, jamás les hubieran confiado sus ahorros. En 1933, una controversial ley llamada el acto Glass-Steagall decidió eliminar este riesgo mediante la separación de las dos bancas en los Estados Unidos: un banco comercial ya no se le permitiría llevar a cabo las actividades de un banco de inversiones – y viceversa. Problema solucionado. En Europa no se hizo dicha distinción, debido a la larga tradición a favor de los bancos “universales” que combinaban ambas actividades aunque el riesgo era menor debido al menor tamaño y sofisticación de los mercados europeos.

Así pues, durante el siguiente medio siglo el sector bancario estadounidense se rigió bajo la ley Glass-Steagall pero el proceso de desregulación iniciado por Reagan comenzó a ejercer presión para que las reglas se relajaran o incluso se eliminaran por completo. A raíz de esto, la competencia entre los grandes bancos cada vez aumentaba, a tal grado que se convertiría en una auténtica carrera armamentista durante los años ochenta. Las cosas se intensificaron en los noventas cuando la ley finalmente fue revocada en 1999. De allí en adelante fue un festín sin precedentes. La competencia aumentó la demanda para banqueros y las ganancias multi-billonarios de un sistema financiero globalizado no se esperaron llegar a los bolsillos de los afortunados que trabajaban en este sector. Un buen comerciante de bonos podría llegar a ser millonario a los 30 o incluso antes. El retiro a los 40 tampoco era nada fuera de lo normal (incluso tal vez era deseable, considerando que los banqueros de inversiones a menudo trabajaban más de 100 horas a la semana). No había día más anticipado que el día que se anunciaban los aguinaldos, que para muchos ascendían a cifras de siete o hasta ocho dígitos. Tal era el exceso que el estilo de vida de un banquero de inversiones a ratos parecía más la de una estrella de rock que la de un hombre de negocios: table-dance y prostíbulos, cocaína, carros deportivos y vacaciones de lujo. Eran los amos del universo.

Recobrando su antigua gloria: Londres

La fiesta tampoco se limitaría a Wall Street. Londres tuvo un renacimiento gracias a su regulación aún más amena que hizo que muchos bancos estadounidenses (y europeos) condujeran sus operaciones riesgosas allí. Para mediados de la década incluso se decía que Londres había superado a Nueva York como el principal centro financiero del mundo. Ciertamente era más cosmopolita y tenía la ventaja de estar en el horario intermedio entre América y Asia. Más de la mitad de los “derivados exóticos” como los MBS (entre otros), se comercializaban en Londres, que además era el corazón mundial del mercado de divisas – algo crucial en esta era globalizada. Todos los grandes bancos de inversiones estadounidenses como Goldman Sachs, Merril Lynch y Lehman Brothers mantenían enormes sucursales en Londres. También estaban los antiguos bancos comerciales como JPMorgan Chase y Citigroup, liberados finalmente de las restricciones de la ley Glass-Steagall. Los bancos universales europeos como HSBC (Reino Unido), Deutsche Bank (Alemania), BNP Paribas (Francia) y UBS (Suiza) tampoco se iban a perder la fiesta. Y si bien los bancos de inversiones eran los tiranosaurios de sistema financiero mundial, no eran los únicos carnívoros: los hedge funds (como el infame LTCM) eran los pequños pero voraces raptores. Para el 2007 había más de diez mil, todos lucrando gracias a la bonanza generada por los fondos inagotables del mercado hipotecario estadounidense.

Tristemente, mucha de esta actividad no solo estaba ajena a la regulación financiera, sino a la luz pública también. Estos bonos hipotecarios y derivados exóticos no se comercializaban en bolsas, sino directamente entre los bancos mismos e incluso fuera de los registros contables de los bancos. Cero transparencia a esto que se le terminó llamando el “sistema financiero en la sombra”. Para el 2006, había más de $600 billones (trillones en inglés) en derivados moviéndose dentro del sistema financiero global – una cantidad diez veces mayor al PIB mundial. La banca en la sombra había opacado a la banca tradicional.

Proximamente: Lo inimaginable sucede

Posdata: Goldman Sachs, el más grande y tal vez más notorio de los bancos de inversiones, destinó el 47% de sus ganancias – $5 mil millones de dólares – en el primer trimestre del 2010 hacia aguinaldos y bonos salariales entre sus 35 mil empleados. Hagan la suma.

Crónica de una crisis – La economía subprime

Una nueva palabra entra al léxico financiero

Toda tuya aunque no tengas trabajo ni ingreso

La combinación de bajas tasas de interés y abundancia de dinero (o mejor dicho, liquidez) en la economía por sí sola es una receta para crear una burbuja inmobiliaria. Muchos economistas (incluyendo Alan Greenspan) constantemente negaban que las condiciones estuvieran propicias para que dicha burbuja se inflara fuera de control. Otros economistas más centrados en la realidad argumentaban lo contrario, y que de explotar la burbuja, la economía estadounidense caería de nuevo en recesión. Pero dentro de las turbias entrañas de la banca mundial, verdaderas armas de destrucción masiva se estaban creando más allá de la regulación gubernamental. Estas armas se basarían de nuevo en la securitización, llevando este proceso hacia nuevos niveles de sofisticación y rentabilidad. Finalmente, los banqueros lograron lo que la alquimia en miles de años nunca pudo: convertir la basura en oro.

Esa basura entraría pronto al diccionario de la infamia: subprime.

¿Qué era una hipoteca subprime? Como el nombre lo sugiere, es una hipoteca otorgada a gente de bajo nivel socioeconómico, o con problemas laborales, o básicamente cualquier persona que aparentaría ser un riesgo crediticio. Los prestamos subprime reflejarían ese riesgo mediante una tasa de interés más alta para así cubrir la eventualidad de préstamos morosos. Sin embargo, la abundancia de liquidez en el mercado aseguraría que incluso las tasas de interés para préstamos subprime fueran más atractivas que nunca. El gobierno de George Bush aprovechó estas condiciones alentadoras para fomentar explícitamente la compra de casas, particularmente para aquellos que siempre habían visto cerradas las puertas del mercado hipotecario.

Numerosos prestamistas hipotecarios comenzaron a dedicarse al lucrativo mercado subprime. Estaban respaldados por dos agencias cuasi-gubernamentales establecidas en la estela de la Gran Depresión para fomentar el mercado inmobiliario: Fannie Mae y Freddy Mac se les conocía coloquialmente, debido a la similitud fonética con sus iniciales. Fannie y Freddie se dedicaban a “securitizar” préstamos hipótecarios hechos por prestamistas privados y bancos para así darles el sello de aprobación del gobierno – efectivamente garantizándolos por el fisco. Estas hipotecas securitizadas se venderían como bonos y distribuidos dentro del sistema financiero. Pero mientras que en las épocas de Lewie Ranieri en Salomon Brothers, las hipotecas securitizadas eran hipotecas “buenas”, cada vez crecía más el mercado para las subprime. No obstante, seguían siendo basura y serían siendo calificadas como tal por las agencias calificadoras como Standard & Poor’s y Moody’s a menos de que hubiera una manera mágica y milagrosa de convertirlas en activos seguros.

Futuro hipotecario subprime

Aquí entra la alquimia. El método para convertir la basura subprime en oro sería mediante los ya mencionados Mortgage-Backed Securities (lean la segunda parte de esta serie). El truco sería que en vez de crear un mismo tipo de bono con el conjunto de hipotecas subprime, se crearían varias “rebanadas” con diferentes clasificaciones de riesgo. Cualquier pérdida por morosidad que sufrirían las hipotecas se filtraría hacia las rebanadas bajas, las de alto riesgo. Cuando estas se agotaran, las pérdidas se filtrarían a las rebanadas medias, o “mezzanine”. En el caso extremo de seguir con pérdidas, estas llegarían a la rebanada mayor, la más segura. Los rendimientos de cada rebanada serían proporcionales al riesgo: las rebanadas inferiores rendirían mucho pero tendrían calificaciones bajas, ideales para inversionistas amantes al riesgo como los hedge funds. Pero las rebanadas altas llevarían el codiciado “grado de inversión” y eso les abriría todas las puertas. Esta basura bonificada tenía ahora grado AAA, el mismo grado que un bono de tesorería de los Estados Unidos (considerado el instrumento financiero más seguro del mundo), ¡pero ofreciendo un rendimiento aún mayor!

Lo mejor de todo esto es que al crear los MBS y venderlos como cualquier otro bono, los bancos efectivamente se estaban librando de la hipoteca misma (y el riesgo asociado a que quedara en moratoria). Eso mismo haría posible que siguieran comprando más hipotecas para posteriormente convertirlas en MBS. En pocas palabras, el sistema financiero estaba reciclando su propia deuda, solo que con diferente empaque. El proceso típico era algo así: un prestamista subprime buscaba “victimas” a quienes ofrecían hipotecas a tasas imposibles de resistir. Estos prestamistas se asociaban con un banco grande (o con Fannie y Freddie) quien terminaba comprándoles dichas hipotecas para convertirlas en MBS. Vendían los MBS como bonos a sus clientes inversionistas, los de bajo grado para los hedge funds y los de alto grado para instituciones más conservadoras como fondos de pensión, gobiernos municipales o incluso otros bancos. Con tanto dinero circulando, las tasas de interés caían aún más, el apetito por el riesgo aumentaba y cada vez se codiciaban más las hipotecas subprime. Desesperados por seguir prestando, los prestamistas cada vez relajaban más sus estándares. ¿Empleo fijo? Qué importa. ¿Record criminal? Lo de menos. Llegó a un punto en que ni se molestaban en pedir comprobantes de sueldo. Incluso se popularizó el llamado préstamo “NINJA”: No Income, No Job, no Assets (sin ingresos, sin empleo, sin patrimonio). En el 2001, apenas 1 de cada 18 hipotecas era subprime. Para el 2006, era 1 de cada 5.

En medio de esta bonanza, los prestamistas subprime estaban haciendo su domingo. La mayoría de los bancos también entraron al negocio subprime directamente, creando filiales dedicadas a este mercado. Pero el dinero no estaba tanto en las hipotecas sino en comercializar los instrumentos financieros creados a partir de ellas. Este sería el dominio de los verdaderos reyes de Wall Street, los bancos de inversiones. Ahora se convertirían en los amos del universo.

Próximamente: El gran casino en acción

Posdata: un total de $3.2 billones (trillones en inglés) en MBS fueron emitidos en el 2003; casi el tamaño de la economía japonesa.

Crónica de una crisis – Nace el boom inmobiliario

Una burbuja se estalla, pero otra comienza

La mejor inversión

¿Qué sería del Sueño Americano sin un hogar propio? Para una nación tan arraigada a la tierra y a la noción de la propiedad privada, ser dueño de tu propio hogar es un deber patriótico, casi sagrado.

Pero una casa es más que cuatro paredes y un techo. Para la mayoría de nosotros, la casa es – por mucho – nuestra más valiosa pertenencia y puede ser una fuente potencial de ingresos (renta) o de colateral para un préstamo. Sin embargo, las cosas se complican en vista de que las casas (y demás inmuebles) suelen tomar las características no tanto de un activo tangible sino de un activo financiero, cuyo precio puede fluctuar a vaivén de los mercados y de otros factores, incluso factores subjetivos. A nivel agregado no hay una combinación más propicia para comenzar un boom de inmobiliario que un periodo de tasas de interés bajas, abundancia de crédito y una economía en crecimiento. Y el ciclo es virtuoso: altos niveles de construcción estimulan la economía aún más, generan empleos y aumentan la riqueza de la población, riqueza que luego se puede canalizar hacia otras inversiones productivas. Aunque pocos países lo admitirían, un boom inmobiliario es una de las recetas más simples para sostener crecimiento económico. Tan simple que parece magia.

En el 2001, esto era exactamente lo que los Estados Unidos necesitaban. Tras el doble choque del colapso de la “nueva economía” y los atentados del 11 de Septiembre, el país estaba en la víspera de una recesión. A cargo de evitar lo inevitable estaba Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (el banco central, mejor conocido como “el Fed”) y por mucho el economista más poderoso e influyente del país, por no decir del mundo. A lo largo de 14 años al frente del Fed, Greenspan había presidido sobre la expansión económica más importante en la historia de los Estados Unidos en tiempos de paz: el boom de los años noventa. Tal era su popularidad que muchos lo consideraban el mejor jefe del Fed en la historia. Monetarista de corazón (al igual que su ídolo, el mismísimo Milton Friedman), su principal arma en el arsenal económico del Fed era el uso efectivo de las tasas de interés: subirlas cuando la economía se sobrecalentaba, bajarlas cuando se debilitaba. Según la teoría, tasas de interés bajas impulsarían el consumo y el crédito, dando así el empuje necesario para salir de una recesión.

La receta se aplicó en 2001 con éxito. La recesión terminó siendo mucho más leve de lo temido, aunque la caída de las tasas tuvo que ser drástica: de 6.5% en Mayo de 2000 a apenas 1% dos años después. Sin embargo, esto por sí no resolvería uno de los legados del colapso de la “nueva economía”: la pérdida de riqueza tras el estallido de la burbuja bursátil de la Nasdaq. Empezar otra burbuja bursátil no era factible ya que cualquier confianza que quedaba en el mundo corporativo estadounidense después del debacle de los punto-coms se había evaporado con el escándalo de Enron en 2001. Afortunadamente, ya había otra burbuja que desde hace varios años se estaba manifestando. Era una burbuja inmobiliaria, que se desató en los años noventa a raíz de la expansión económica. Para el año 2000, el precio promedio de las casas era aproximadamente 25% superior a la media de la década pasada, pero pocos mostraban consternación en vista de que la burbuja todavía no había crecido a niveles alarmantes. Y qué mejor que una pequeña burbujita para darle una inyección de vitalidad a la economía cuando más la necesitaba.

Tanto dinero pero ¿dónde ponerlo?

Sin embargo, todas las condiciones para que la burbuja inmobiliaria creciera fuera de control estarían presentes durante los siguientes años. Para que una burbuja se expandiera, se necesitaba dinero y afortunadamente esto estaba en abundancia, cortesía de las riquezas del oriente. Resulta que como consecuencia de la crisis asiática de 1997-8, muchos de los países afectados llegaron a la conclusión de que para evitar otra crisis, necesitaban disponer de un colchón de reservas internacionales – o sea, dólares – para así contrarrestar cualquier fuga de capitales (en vista que el consenso neoliberal era evitar controles de capital a toda costa). Para lograr esto, mantendrían sus monedas artificialmente devaluadas logrando así superávits comerciales que llenarían los cofres de sus bancos centrales con dólares. Sostener estos superávits no sería nada difícil considerando el voraz apetito de los Estados Unidos por las exportaciones ajenas.

Los países asiáticos necesitaban hacer algo con tantos dólares pero sus opciones estaban limitadas por la poca sofisticación de sus sistemas financieros. Y no solo estaban nadando en dinero gracias a las exportaciones, también sus enormes ahorros domésticos contribuirían a lo que Ben Bernanke – successor de Greenspan – llamara la “saturación global de ahorros” (global savings glut). Todo ese dinero necesitaba un destino. Un destino con el tamaño y la sofisticación para absorber billones de dólares e invertirlos efectivamente.

Qué mejor lugar que Wall Street. Y qué mejor inversión que casas.

Próximamente: Los alquemistas financieros hacen su retorno triunfal

Crónica de una crisis – Fracaso.com

La nueva economía muere en el intento

Bievenidos al nuevo ombligo del mundo

Es difícil recordar que en algún momento de nuestra existencia no había internet y que podíamos sobrevivir sin computadoras. La revolución informática de las últimas dos décadas ha tenido un impacto sobre nuestras vidas como tal vez ninguna otra tecnología ha hecho, y ha transformado a la economía mundial a tal grado que nos trajo una auténtica edad de oro cuando menos lo esperábamos.

Pero en 1985, la situación era muy distinta. Japón, el gran protagonista del ascenso inminente del oriente, parecía invencible en su misión por convertirse en la economía más poderosa y dinámica del mundo. Su predominio en mercados como la electrónica y la industria pesada era innegable: para finales de los años ochenta, Japón producía más acero y más automóviles que los Estados Unidos, su bolsa de valores era más valiosa que la de Nueva York y sus bancos eran los más grandes del mundo. Este éxito económico había inflado el valor de las propiedades y de los bolsillos de los japoneses, que ahora gozaban de un ingreso per cápita superior a cualquier país del mundo salvo Suiza. Se decía que tan solo el terreno debajo del palacio imperial en Tokio valía más que todo el estado de California.

Pero a principios de los años noventa, la gran burbuja japonesa se desinfló, marcando el inicio de una recesión que duraría no una sino dos décadas. Para colmo y a pesar de su proeza tecnológica, Japón había descuidado el sector que sería la vanguardia de la llamada “nueva economía”: la tecnología de información. Este sector era indisputablemente dominio estadounidense y se concentraba en Silicon Valley, ubicada en las idílicas afueras de San Francisco, lejos de los motores de la economía “fordista” tradicional. Los orígenes de los nuevos maestros del universo serían humildes: empresas pequeñas, fundadas por visionarios como Bill Gates que escribió su primer sistema operativo desde un sótano, o Michael Dell que comenzó a vender computadoras desde su dormitorio de universidad. Pero esta explosión de talento empresarial no sería nada comparada con lo que se esperaría a mediado de los años noventa. Para este entonces el internet se había popularizado y abrió las puertas a un sin-límite de servicios disponibles para todos aquellos conectados a esta nueva red global. Amazon y sus libros. eBay y sus subastas. Google y sus búsquedas. ¿Había un límite? No mientras se manejaba a toda velocidad en la nueva supercarretera de información.

Wall Street, para variar, no tardó en oler las ganancias. Inversionistas derraparon los miles de millones para que estas nuevas empresas (o “startups” como se les llamaba in inglés), tuvieran las finanzas suficientes para aspirar a lo grande. Qué importaba si su modelo de negocios era un fraude y que buscaran triunfar en mercados saturados donde gracias a los efectos de red, solo una empresa (a lo mucho) sería exitosa. Muchas de estas empresas gozaban solo de nombres irreverentes como boo.com (compras), o Flooz (dinero virtual) pero gracias a los fondos ilimitados de inversionistas ingenuos (pero hambrientos por una tajada de las ganancias), podían derrapar miles de millones en campañas publicitarias para vender servicios innecesarios. Durante el Super Bowl XXXIV en enero del 2000, 17 empresas “punto-com” pagaron millones para colocar comerciales. Muchas de estas mismas empresas estaban operando con pérdidas millonarias también, mantenidas aflote solo por la promesa y esperanza de cuantiosas ganancias a la postre.

Wall Street siempre presente

La técnica más común para alcanzar el éxito financiero para una empresa “punto-com” y sus inversionistas era la oferta pública inicial o IPO (Initial Public Offering – como se conoce popularmente en inglés). Un IPO involucraba convertir a la nueva empresa – hasta ahora privada – en una empresa pública, mediante su cotización en alguna bolsa de valores, de preferencia la Nasdaq donde se cotizaba la gran mayoría de compañías de tecnología tal como Microsoft y Apple. Debido a la gran demanda para estas compañías, un IPO generalmente lograba que los precios de las acciones se dispararan, convirtiendo a sus dueños en multi-millonarios instantáneos y dando la impresión de que no había producto o servicio en línea demasiado riesgoso o demasiado ridículo para poder ser económicamente viable. Entre IPOs, demanda insaciable y una economía estadounidense a todo motor, el índice de la Nasdaq para principios del año 2000 había llegado a cinco mil – cinco veces más que su nivel a mediados de la década.

Pero como toda burbuja, la burbuja “punto-com” también se desinfló.

Las causas de la catástrofe fueron muchas. Como cualquier burbuja bursátil, llegó un punto en que el “sentimiento de mercado” hizo pensar que la burbuja había alcanzado su cénit y era hora de regresar (violentamente) a la normalidad. Muchas de las empresas “punto-com” habían agotado su generoso capital inicial sin haber reportado ganancia alguna, lo cual provocó que los inversionistas se volvieran cautelosos y renuentes en seguir apoyando compañías sin posibilidad de éxito. Para colmo, la economía estadounidense se había sobrecalentado tras una década de expansión sin precedentes en la posguerra y comenzaba un periodo natural de desaceleración. Esta desaceleración de plano se convirtió en recesión tras los atentados terroristas del 11 de septiembre que acabaron de una vez por todas con lo que quedaba de la “nueva economía”. No todo fue un desastre: los sobrevivientes como Google, eBay y Amazon surgirían de los escombros como líderes globales mientras que las empresas ya establecidas como Microsoft, Dell y Apple seguirían dominando sus respectivos mercados. Pero entre 2000 y 2002, alrededor de cinco billones de dólares (cinco trillones para los que acostumbran leer cifras en inglés) se perdieron en las bolsas de valores a causa del fracaso de los “punto-coms”, afectando no solo a Wall Street sino de millones de estadounidenses que tenían inversiones ligadas al destino de la bolsa.

Así pues, una burbuja se había desinflado, pero Wall Street y los hogares estadounidenses estaban ansiosos por recuperar sus pérdidas. La solución sería crear la madre de todas las burbujas, esta vez con la fuente de riqueza más sagrada y segura de todas.

Casas.

Próximamente: De hipotecas y hombres

Posdata: Hasta la fecha, la Nasdaq no ha recuperado su nivel de Marzo del 2000. Ni siquiera los tres mil ha rebasado.