Crónica de una crisis – La caída de los genios

Ni el cerebro ni la tecnología pudo domar al mercado

Durante décadas, por no decir siglos, el éxito en las finanzas se basaba en una habilidad casi innata de poder leer los mercados y sacarles ventaja. En los años noventa, eso cambió. La tecnología informática hacía posible que un banco o fondo ganara la millonada en milesimas de segundo por medio de modelos matemáticos ultra-sofisticados y sistemas computacionales que sustituirían al cerebro humano por el poder bruto de un procesador.

Nada resumió esta filosofía mejor que Long-Term Capital Management.

LTCM fue fundada en 1993 por John Meriwether, que hace unos años antes fue forzado a renunciar de Salomon Brothers (en ese entonces, uno de los principales bancos de inversiones del mundo) debido a su relación con fraudes al gobierno federal, algo que poco tiempo después resultaría en la caída del banco y su subsecuente adquisición por parte de Citigroup. Como buen banquero, no se iba a quedar con los brazos cruzados: reclutó a varios ex miembros de Salomon, un virtual dream team de cerebros financieros que incluía entre sus rangos a dos economistas que a la postre serían galardonados con el Premio Nobel: Myron Scholes y Robert Merton. En los años setenta, este par (junto con el ya fallecido Fischer Black) habían desarrollado un modelo matemático para asignarle un precio a las “opciones”, un tipo de derivado similar a los futuros pero donde el vendedor tenía la opción de renegar el contrato al final – a costa de una prima. A esta fórmula, llamada la fórmula Black-Scholes, se le atribuye el asenso del mercado de derivados.

Meriwether: la genialidad tuvo su precio

La reputación de Meriwether como dios en el mercado de bonos logró que fácilmente asegurara cuantioso capital de individuos e instituciones que no duraron un instante en confiarle sus millones, siempre y cuando les devolviera más. En 1994, LTCM entró en acción con más de mil millones de dólares de capital. Y en poco rato, LTCM se convirtió en un gigante en el mundo obscuro pero glamoroso de los hedge funds. Para los que no saben lo que es un hedge fund (en español se les conoce como “fondos de inversión alternativa”, aunque su nombre en inglés es más común), o no conocen bien su modus operandi, básicamente son fondos cuyo propósito es llevar acabo inversiones que maximicen sus ganancias por encima del riesgo que incurren. Como sabrán, las inversiones más riesgosas son aquellas con mayor rendimiento y por estos motivos es que la mayoría de los fondos tienen límites hacia lo que pueden hacer (un fondo de pensiones, por ejemplo, jamás se le permitiría hacer cierto tipo de inversiones por temor a perder los ahorros de miles de personas). Los hedge funds no tienen estos límites y carecen de regulación bajo la premisa de que juegan con dinero de gente capaz de absorber las pérdidas.

A cambio de su genialidad, los gerentes de los hedge funds reciben compensaciones astronómicas, generalmente bajo un sistema de “2 y 20”, es decir, 2% de los activos netos del fondo, y 20% de las ganancias. Así que si le das $100 millones a un gerente y logra convertirlo en $150 millones para final de año, se habrá embolsado $12 millones para sí solito. Obvio que se lo tendrá que repartir entre sus chalanes pero los hedge funds son pequeños ya que muchas de sus operaciones son automatizadas por modelos computarizados diseñados por doctores en astrofísica e ingeniería aeronáutica (en serio). Cualquier movimiento de mercado que coincida con la estrategia de inversión del fondo, y automáticamente se efectúa en milésimas de segundo. Estos movimientos, a veces mínimos, se magnifican por la capacidad del fondo de apalancarse (endeudarse) muy por encima de su capital, frecuentemente hasta 20 veces o más (ejemplo: un aumento de 5% de una inversión se convierte en una ganancia de 100% si tu razón de deuda-a-capital es 20:1).

Las estrategias de LTCM se aprovechaban de estos movimientos infinitesimales en la convergencia de bonos y acciones, lo que se le conoce como arbitraje. Por ejemplo, LTCM se dio cuenta que las diferencias de bonos de tesorería de 30 años y de 29 años eran mayores a lo que se esperaría, por lo tanto, si compraban el de 29 años y vendieran corto los de 30, harían una ganancia cuando esta diferencia se redujera a la hora de que el gobierno emitiera nuevos bonos. Lo mismo con acciones de ciertas compañías casi idénticas, en el caso de LTCM eran Royal Dutch y Shell (que en la práctica son una misma compañía pero se cotizan por separado en las bolas inglesas y holandesas). Sus estrategias rindieron frutos: para 1998 tenían casi $130 mil millones en activos aunque se habían endeudado 25:1 (nada raro para un hedge fund). Más impresionante, habían invertido en derivados con un valor nocional de $1.25 billones de dólares, más del tamaño de la economía mexicana. Con sus sofisticados modelos, LTCM había logrado con la matemática lo que la intuición nunca pudo: vencer al mercado.

Pero la crisis rusa de 1998 terminó tumbándolos de su pedestal. Cuando el gobierno ruso anunció una moratoria en sus bonos, los mercados financieros mundiales entraron en pánico: se deshicieron de sus bonos (no solo rusos sino japoneses y europeos) y se refugiaron en masa hacia el activo más seguro del mundo: bonos de la tesorería estadounidense. Ergo, el valor de estos bonos se disparó y las diferencias que antes habían sido la fuente del arbitraje de LTCM se transformaron en pérdidas millonarias casi instantáneas. Así como el apalancamiento magnificó las ganancias de LTCM, hizo lo mismo con sus pérdidas que fueron todo menos infinitesimales (la lógica inversa del ejemplo anterior es que una pérdida de solo 5% bajo un apalancamiento de 20:1 te dejaría en ceros).

Las inversiones de LTCM estaban tan extendidas por los mercados financieros que su colapso potencial se vio como el primer paso en una tragedia mayor, cuyas consecuencias arrastrarían al mercado entero. Al necesitar capital para cubrir sus deudas inminentes, LTCM estaría forzado a vender sus activos lo cual haría que cayeran de precio, creando un ciclo vicioso de ventas y depreciaciones que nadie podría detener. La Reserva Federal de Nueva York tuvo que entrar en acción y organizar un rescate por parte de los principales bancos mundiales. LTCM se salvó por el momento, pero fue finalmente liquidado en el año 2000.

Haciendo cuentas finales, el daño fue mínimo y el pequeño susto terminó siendo justamente eso: solo un susto. Los hedge funds no solo sobrevivieron sino que se multiplicaron como plaga (actualmente hay más de diez mil). Y aún tomando en cuenta que los años noventa fueron una de las décadas más turbulentas en la historia económica mundial, los defensores del status quo podían presumir que nunca antes el mundo en general había crecido tanto y tan rápido. Incluso Estados Unidos, considerada una economía letárgica y en decadencia relativa vio un renacimiento que ni los economistas más optimistas hubieran anticipado. Detrás de esta nueva época dorada estaba la revolución informática – considerada por muchos la revolución tecnológica más importante de la humanidad desde el desarrollo del transistor o incluso desde el desarrollo de la turbina de vapor en el Siglo XVIII.

Y como siempre, Wall Street tuvo su rol en esta bonanza.

Próximamente: El boom de los punto-com

Crónica de una crisis – La revolución financiera

Las puertas se le abren a la alquimia financiera

Casi lo mismo, siglos después

El oro ha tenido un efecto embrujador sobre la humanidad desde el comienzo del tiempo. A tal grado que había toda un arte dedicado a transformar materiales comunes y corrientes en este metal precioso. Se llama alquimia, y perduraría a través de siglos, por no decir milenios, hasta que la ciencia logró robarle su prestigio y revelar su naturaleza charlatana.

Pero la búsqueda por convertir basura en oro no terminó allí, si bien los métodos serían más refinados, más matemáticos. Los alquimistas del Siglo XX no trabajarían en las cortes de reyes o emperadores, trabajarían para los nuevos amos y señores de la economía mundial: los bancos. No siempre había sido así. La “innovación financiera” había sido por mucho tiempo sofocada por la regulación de los mercados financieros, impuesta para evitar otra catástrofe como la que llevó a la Gran Depresión en los años veinte. Sin embargo, las actitudes a favor de mantener domados a los bancos poco a poco se fueron relajando a partir de los años setenta. Y tras la llegada de Thatcher y Reagan comenzó un proceso de desregulación con el objetivo de convertir al sector financiero como el principal motor de la economía.

Notable en este proceso fue la creación de nuevos “productos”, la alquimia financiera en acción. Uno de ellos fue la “securitización” (securitization en inglés, lamentablemente no existe traducción adecuada en nuestra lengua). La securitización involucraba empaquetar numerosas deudas, dividirlas en cachitos, y vender los cachitos como bonos individuales. Esto permitiría a los bancos deshacerse de sus deudas al mismo tiempo que se embolsaban una ganancia. Las primeras securitizaciones comenzaron a finales de los años setenta e involucraban deudas sobre crédito hipotecario las cuales se re-bautizarían como Mortgage-Backed Securities, o MBSs (posteriormente se expandirían a crédito automotriz, tarjetas de crédito, hasta créditos estudiantiles). El pioneros de estos nuevos productos fue Lewis Ranieri, vendedor de bonos del banco de inversiones Solomon Brothers. Para mediados de los años ochenta, Salomon Brothers se había convertido en el banco más redituable de Wall Street, en gran medida gracias a su virtual monopolio del mercado de bonos hipotecarios.

Estos productos también se les conocen como derivados. Son derivados porque su valor deriva del valor de otros activos financieros (en el caso anterior, de las hipotecas). Mejor aún, no es necesario ser dueño de estos otros activos. Un derivado muy común (y que lleva siglos de existencia) es el “futuro”. Un futuro, tal como su nombre implica, involucra vender un producto futuro a un precio acordado hoy. Los agricultores son usuarios intensos de los futuros: les permite vender una cosecha a un precio acordado con anterioridad y así eliminar el riesgo de que – por ejemplo – una sequía o una plaga les afecte el precio. Pero no hace falta ser un genio para darse cuenta cualquier persona puede vender un futuro, aún si no es dueño de la cosecha. Así pues, muchos de los futuros circulando por los mercados no son intercambiados por agricultores ni distribuidores legítimos sino por especuladores: inversionistas que buscan beneficiarse de los cambios o desajustes temporales en los precios.

La cosecha es lo de menos.

Vaya, los derivados no son inherentemente malos. De hecho todos tienen algún fin útil. Así como el agricultor se beneficia con un futuro, una compañía exportadora puede reducir su riesgo cambiario con un “swap”: un acuerdo en el que se establece una tasa cambiaria de antemano y así se libra del riesgo de una devaluación o apreciación inesperada. Pero mientras más derivados se inventaban (en la víspera de la crisis había más de $600 billones en contratos de derivados, diez veces el PIB mundial), más complejos se volvían. Ya no bastaba ser un contador con una calculadora de bolsillo: los bancos necesitaban matemáticos, ingenieros y físicos – con doctorado como mínimo – para manejar el arte del análisis cuantitativo (dentro de los bancos, a estos genios se les apodaría como “quants”).

Hacia mediados de los años noventa, un ex-vendedor de bonos de Salomon Brothers, John Meriwether, decidio formar una legión de “quants” en lo que sería el intento más ambicioso hasta la fecha por lograr conquistar a los mercados. Entre sus rangos estarían nada menos que dos Premios Nóbel de Economía. La intuición y el sentido común serían cosas del pasado: las nuevas armas serían las matemáticas y la tecnología.

Terminaría en desastre.

Próximamente: La mini-crisis de LTCM

Crónica de una crisis – La era de la volatilidad

Nace un nuevo orden mundial

Friedman y Reagan: el profeta y el ejecutor

Es imposible rastrear el origen de la crisis financiera a una sola fecha o evento. Pero de intentarlo, sería el 4 de Mayo de 1979. Ese día y tras años de turbulencia política y económica llegaría al poder en el Reino Unido la “dama de hierro”, Margaret Thatcher. Tan solo unos meses antes, la nación británica había quedada sofocada por huelgas e inflación durante el llamado “invierno del descontento”. Thatcher prometía una nueva receta: poner el Estado a dieta y dejar que el mercado dicte las reglas. En unos pocos años, el poder de los sindicatos sería mutilado, las grandes empresas estatales privatizadas, y – lo que tendría consecuencias a largo plazo – el sistema financiero desregulado. El neoliberalismo, inspirado por las teorías de Milton Friedman, Friedrich Hayek entre otros partidarios de la primacía de los mercados, había nacido.

Del otro lado del Atlántico, la situación económica de los Estados Unidos no era nada alentadora tampoco. Al igual que en Londres, las elecciones presidenciales de 1980 darían un giro a la derecha con la elección de Ronald Reagan que en su discurso inaugural dejaría pocas dudas sobre que se podría esperar de su mandato: “el gobierno no es la solución de nuestros problemas, el gobierno es el problema”. La concordancia económica entre los dos aliados transatlánticos haría eco a su estrecha relación en cuestiones de seguridad y defensa. Y tal como Reagan se refirió a la URSS como el “imperio malévolo”, el Estado se convertiría en el gran villano del entorno económico. Ya sea por convicción (el caso de Chile bajo Pinochet y sus “Chicago Boys” que incluso aplicaron la receta neoliberal antes de Thatcher o Reagan), o por necesidad (las crisis de deuda que azotarían a Latinoamérica o la restructuración post-comunista en el Este de Europa), el “fundamentalismo de mercado” se convertiría en la norma intelectual y receta única e irrefutable para toda política económica y social. Durante los años ochenta y noventa, las barreras al libre comercio y el libre flujo de capitales se derrumbaron tan rápido como el Muro de Berlín y tal parecería que la era de globalización no solo nos traería prosperidad inimaginable (como mínimo, un McDonald’s en cada esquina) sino que nos dejaría una economía mundial estable y dinámica. Al menos eso decían los libros de texto…

México – como en tantas otras ocasiones – terminó siendo la excepción a la regla.

El 15 de diciembre de 1994, tan solo dos semanas después de haberse inaugurado un nuevo gobierno, el secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, anunció que no habría devaluación del peso aún considerando la enorme fuga de capitales que había iniciado el mes anterior y el rápido agotamiento de las reservas internacionales. Para el 22 la situación se había deteriorado tanto que tuvo que renegar su promesa: el peso se devaluó y los mercados – anticipando que esto sería apenas la punta del iceberg – perdieron toda su confianza en la moneda. Poco después de Navidad, el peso había perdido casi la mitad de su valor.

México: una de las primeras víctimas

Pero México no fue el único país que sufriría una crisis en 1995. Miles de kilómetros al sur, Argentina también tendría una recesión, si bien no tan extrema como la nuestra. ¿Su pecado? Ser latinos. El “efecto tequila” no solo tendría repercusiones en nuestro territorio, también hizo que los inversionistas extranjeros perdieran su confianza en todo país que hablara español (o portugués), le rezara a la virgen y jugara fútbol. Pero, ¿acaso los inversionistas no gozaban de “información perfecta”? Total, ese era uno de los supuestos que fundamentaban la doctrina libremercadista. Bastaban solo unos cuantos minutos para darse cuenta que Argentina no era México y que las condiciones que propiciaron una crisis en nuestro país no necesariamente se aplicarían al resto de la región.

La falibilidad del mercado se demostraría otra vez tan solo dos años después. El escenario: Asia. Otra crisis cambiaria – esta vez centrada en Tailandia – se propagaría como incendio forestal sobre una tras otra economía asiática. Indonesia sufrió una recesión de doble dígitos en 1998, e incluso la otrora vigorosa economía de Corea del Sur apenas evito un colapso mayor. Si bien es cierto que las causas de la crisis asiática fueron distintas a la nuestra, había común denominadores preocupantes. En ambos casos, comenzaron como crisis cambiarias exacerbadas por la especulación. En ambos casos fueron empeorados por la fuga masiva de capitales. En ambos casos los sistemas financieros no resistieron el embate de los mercados. Pero la crisis asiática – en virtud de contar con múltiples partícipes – también nos proporcionó una virtud común: aquellos países que, previo a la crisis se habían visto lentos en liberalizar sus economías y que aún mantenían controles sobre capital, lograron evitar una recesión mayor. Eso aún considerando que pocos años antes habían sido tachados como los “chicos malos” de la región por el Fondo Monetario y el Banco Mundial, justamente por no adherirse incondicionalmente a los dogmas libremercadistas.

1997 y 1998 serían años turbulentos para la economía mundial. La crisis asiática cobró otra víctima lejana después de que Rusia tuvo que declararse en moratoria de su deuda como consecuencia de la turbulencia financiera global. Un año después, Brasil también enfrentaría una breve crisis a raíz de presiones externas (y de paso arrastrando a su vecina, Argentina). Tal parecería que la lógica de la globalización se había volteado de cabeza: en vez de resultar en una economía mundial fortalecida y robusta, cada vez se veía más frágil que nunca. Ciertamente los factores que llevaron a estas crisis no eran nada nuevos, pero la manera casi instantánea en que las economías nacionales y sus sistemas financieros se desplomaron, al igual que la rapidez con que se contagiaba a los vecinos no tenía precedentes.

Algo andaba mal. Pero tanto economistas como gobernantes en Estados Unidos y Europa podían darse el lujo de desacreditar a sus homólogos latinos y asiáticos en vez de echarle la culpa a teoría misma. Había una pizca de verdad en dichas críticas: nadie podía negar que muchos de estos gobiernos eran altamente corruptos y mal gobernados. También es cierto que no todos sus fundamentos macroeconómicos estaban firmes, particularmente aquellos que hubieran podido ayudar a contener (o al menos amortiguar) la volatilidad externa.

Aúna sí, la economía mundial estaba lejos de sufrir un paro cardiaco. Pero pocos días después del colapso ruso, un evento en el corazón de los mercados financieros haría que se saltara un latido…

Próximamente: La alquimia financiera hace su debut

Recordando la crisis

Tercer aniversario del verdadero comienzo de la catástrofe

Nueva York, tenemos un problema

Hay fechas que vivirán en la infamia por el resto de la historia humana. La guerra y tragedia no tienen escasez de fechas infames, pero la economía mundial tampoco está ajena de tales desgracias. Todo aquel con un mínimo conocimiento de la historia seguro habrá escuchado del “Martes Negro”, un 29 de Octubre de 1929 cuando el desplome de la bolsa de valores de Nueva York dio inicio a la Gran Depresión. Para los mexicanos, tampoco podemos olvidar el “error de Diciembre” en 1994, preludio a la peor crisis de nuestros tiempos. En cambio, el 9 de Agosto de 2007 no parece merecer estar en tan deshonrada compañía – para la mayoría de los mexicanos, esa fecha pasó desapercibida, seguramente opacada por noticias de alguna balacera en Juárez o escándalo de la farándula.

Pero si alguna fecha merece ser considerada con el inicio de la crisis financiera mundial que seguimos viviendo, fue ese día. Y todo empezó con un aviso de prensa de un banco francés, BNP Paribas, que aún está en-línea, preservada para la posteridad como un museo virtual de la avaricia humana.

Lo pueden leer aquí.

El 9 de Agosto de 2007, BNP Paribas decidió suspender dos de sus fondos “alternativos” – hedge funds como se les conoce más popularmente – debido a la “completa evaporación de liquidez en ciertos segmentos del mercado de activos estructurados estadounidense”. Debido a esto, “ya no es posible valorar adecuadamente estos activos”. En pocas palabras: estos fondos estaban llenos de activos que ya no valían nada. Y no valían nada porque nadie los quería comprar, es decir, a ni existía un mercado para ellos. Lo más curioso es que menciona que no se podían valorar “independientemente de su calidad o calificación” – esto es como decir que uno tiene un Ferrari pero no lo puede vender porque nadie está dando ni un peso por él, aún siendo un Ferrari. Efectivamente, esos activos a los que se refería la nota seguramente habían sido calificados AAA (la calificación más alta) por las agencias calificadoras como Standard & Poor o Moody’s tan solo unos meses antes. Y estaban respaldadas por el colateral más seguro que hay: casas. Pero ahora, eran basura. Basura tóxica.

A partir de este día, el sistema financiero mundial dejo de ser el mismo. Los bancos se dejaron de prestar dinero, llevando a una crisis de liquidez que sería popularizada como el credit crunch. Los bancos centrales de EU y Europa al día siguiente harían la primera de muchas intervenciones, suministrando miles de millones de dólares y euros para mantener en pie a sus bancos. Aún así, un mes después caería el primero – Northern Rock de Inglaterra – tras una corrida bancaria, la primera en 150 años en el Reino Unido. Las pérdidas aumentarían a niveles estratosféricos hasta que finalmente llego el colapso el 15 de Septiembre del 2008 cuando Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Otro día que vivirá en la infamia.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo es que después de una década de riqueza sin precedentes, casi regresamos a la era de piedra tras el casi-colapso de la economía mundial? En los siguientes días haré una crónica de este desastre anunciado, sin duda la peor crisis económica global desde los años veinte, y que aún sigue sin ser superada.

Próximamente: La era de la volatilidad

La “recuperación” del 2010

Las cifras dicen que ya no estamos en crisis, pero...
Que no les engañen: no estamos fuera del hoyo todavía

Que no les engañen: no estamos fuera del hoyo todavía

El pasado 5 de Noviembre (dos semanas antes del comunicado oficial del INEGI), nuestro glorioso presidente anunció que la economía mexicana ya había salido de la recesión más brutal en nuestra historia moderna y que nos marcó con el dudoso honor de ser el país más afectado en el hemisferio occidental por la crisis global. Pero apenas ha terminado nuestro annus horribilis y ya estamos escuchando los pronósticos para el 2010: una recuperación de nada menos que de 3% que para los ya de por sí mediocres estándares de crecimiento de nuestro PIB es algo casi espectacular aunque sigue siendo menos de la mitad de nuestro repunte sorpresivo en 1996.

Pero antes de que se nos moje el apetito con estos prospectos para el año nuevo, hay que desmentir los mitos de cómo se calcula el PIB y lo que significa nuestra “recuperación” en el gran esquema de las cosas. Veamos las cosas que todo mexicano debe saber sobre el PIB y los trucos de cómo se puede disfrazar la realidad fácilmente particularmente cuando se habla con porcentajes y no valores absolutos los cuales casi nunca se reportan en los periódicos ni en las noticias (por aquello de que evidentemente se cree que el público no puede digerir una cifra que tenga más de dos dígitos).

El PIB generalmente se anuncia con respecto al año anterior (su valor relativo) y no con su cifra real (su valor absoluto).

Esto tiene implicaciones significativas para determinar cuándo se ha salido de una recesión. Por ejemplo, digamos que la economía Mexicana era de $100 en el 2008 pero cae 7% durante el 2009, es decir ahora es de $93. Pero el siguiente año crece 3%, por lo que terminará el 2010 en $95.8. ¿Cual recuperación, pues, si seguimos por debajo de la cifra del 2008? Ahora digamos que en el 2011 crecemos otra vez a 3%: seguimos en apenas $98.7. Tres años después de la crisis y todavía no habremos podido recuperar el terreno perdido aún considerando que “crecimos” durante dos de esos años.

Es una suma tan simple que se me hace increible que nos traten de engañar tan seguido con ella.

Cuando se anuncia el PIB con respecto al año anterior, se ignora el “efecto base”

La mayoría de los países sacan cifras del PIB de manera trimestral (aunque México es uno de los pocos que saca un indicador aproximado de manera mensual, el Índice Global de Actividad Económica) y éste generalmente se anuncia de dos maneras: con respecto al periodo anterior y con respecto al mismo periodo del año anterior. El primer método es muy simple: si se anuncia que en el III trimestre del 2009 el PIB creció tanto porciento con respecto al periodo anterior eso significa que se está comparado con el II trimestre del 2009. Si es con el mismo periodo del año anterior, se está comparando con el III trimestre del 2008 – hace un año. La cifra con respecto al año anterior generalmente es mayor ya que abarca un espacio de cuatro trimestres en vez de uno: por ejemplo, si una economía crece 1% con respecto al trimestre anterior a perpetuidad, esto significa que con respecto al año anterior crece más o menos a 4.1%.

Pero como ya verán, en tiempos de crisis, estas cifras pueden aparecer incongruentes. Esto se debe al “efecto base”, es decir, que el periodo sobre el cual se está comparando puede estar muy por encima o muy por debajo de lo normal (en el caso de una crisis como ésta, muy por debajo). Por ejemplo, según la cifra del PIB más reciente (III-09), la economía Mexicana creció a 2.9% con respecto al trimestre anterior (II-09), pero aún se encontraba a -6.2% del mismo periodo hace un año (III-08). Esto es porque la caída en la economía durante IV-08 y I-09 ha distorsionado la “base”: con todo y que la economía creció ese último trimestre, todavía se encontraba muy por debajo de su nivel hace un año porque ese 2.9% de crecimiento trimestral no ha podido compensar la caída masiva de -9.0% entre IV-08 y II-09.

Pero ahora la situación se va a invertir a partir del IV-09. Si partimos que la economía Mexicana era de $100 en el trimestre antes de la crisis (III-08), un año después se encuentra en $93.7 de acuerdo a las cifras oficiales del INEGI. Esto es 2.9% mejor que el $91 del II-09 (el periodo anterior), pero -6.3% menos que el $100 de hace un año. Ahora imaginemos que la economía NO crece durante los dos siguientes trimestres, o sea sigue a $93.7. Debido al efecto base, eso hace que la economía en IV-09 esté a -4.0% del año anterior pero en I-10… ¡creció a 2.6%! Magia.

De hecho la caída tan brutal de I-09 hará que casi cualquiera que sea la cifra en I-10, va a aparecer estratosféricamente buena. Incluso la caída menos dramática en IV-08 hará que las cifras para IV-09 (que serán reveladas el 22 de Febrero si es que FeCal no las anuncia “extra-oficialmente” antes) se vean buenas en comparación. No duden que FeCal y el gordinflón que ahora merodea por los pasillos de Banxico van a brincar de alegría. Gracias a dios que no es año electoral porque sinó júrenlo que lo usarían como “prueba” que la economía Mexicana ya salió del abismo.

La media década (casi) perdida

Los países que lograron sobrevivir el 2009 ya sea sin recesión o con una contracción muy ligera (en América Latina hubo varios: Colombia y Brasil por lo visto sufrieron una contracción de menos de -1% y Perú de plano creció) efectivamente perdieron un año de crecimiento. Nada deseable por supuesto, pero no tan catastrófico considerano que ha sido la peor crisis económica mundial desde los años treinta.

México, en cambio, podrá sufrir tres años perdidos si es que la economía no recupera su nivel de 2008 hasta el 2012 como se explicó anteriormente. Asumiendo crecimiento de 3% durante dos años después de una caída de -7%, esto significa que para final del 2012 la economía Mexicana solo habrá aumentado un magro 1.2% con respecto a 2008. Así es, 1.2% en cuatro años, efectivamente una media década casi perdida. Mientras tanto, un país que tuvo nulo crecimiento en el 2009 (o sea, 0%) y luego crece a nuestro mismo ritmo de 3% habrá crecido 9.3% en esos mismos cuatro años. Nada fenomenal pero tampoco tan lamentable.

Mientras tanto, se aumenta la brecha contra los países que tuvieron una crisis amena (como Brasil)

Comparemos esta situación con Brasil, nuestro princial “rival” económico regional. Asumiendo que la economía Mexicana era de $150 en 2008 y la de Brasil $200 el mismo año, Brasil era efectivamente 33% mayor a la nuestra (más o menos esta es la relación en la vida real). Asumiendo las caídas que pronosticó el FMI hace unos meses (-7.3% y -0.7% respectivamente), la economía brasileña terminará el 2009 siendo 43% mayor a la nuestra. Y si Brasi crece a una tasa superior que nosotros en los años que viene, la brecha seguría aumentando.

¿Hasta cuando terminará esta crisis?

Es difícil imaginar que la economía mexicana regrese a su nivel del 2008 hasta finales del 2011 – o incluso hasta 2012 si la economía global sufre una recaída (y mira que no faltan razones por las cuales esto puede suceder aunque lo guardo para otro post) o si nuestro vecino del norte persiste en un estado delicado. El shock que sufrimos en el medio año después de la caída de Lehman Brothers es algo que no se recuperará como sucedió en 1996 cuando contamos con un EU sano y salvo que ayudó a que saliéramos de la crisis más rápido de lo pensado (al menos en el aspecto de crecimiento – en cuanto al deterioro social, no estamos ni remótamente recuperados de aquella catástrofe).

Señores, esta crisis va para largo.