Los límites de la tolerancia

¿Hasta cuando llegaremos al nuestro?

Dulce et decorum est pro patria mori

Cada 11 de Noviembre, Europa recuerda a los millones de hombres y mujeres, soldados y civiles, que perdieron su vida en la Primera Guerra Mundial. Aquella guerra, que comenzó con el rugido de los “cañones de Agosto” del 1914, duraría apenas unos meses, aseguraban los políticos y los generales: las tropas estarían de regreso para Navidad con sus armas cubiertas de gloria para la nación. Pero la realidad fue otra. Cuando la carnicería terminó el 11 de Noviembre de 1918, cuatro imperios fueron derrocados y más de quince millones de personas habrían muerto. La lista de bajas aún desafía la imaginación: 900 mil británicos, 1.4 millones de franceses y alrededor de dos millones de alemanes y rusos cayeron en las trincheras o en el lodo, algunos muriendo en agonía, otros (tal vez los afortunados) hechos pedazos en un cerrar de ojos por la artillería incesante.

La gran pregunta es cómo la ciudadanía permitió la masacre de una generación entera, una guerra que nunca fue más que un pleito de envidias y rencores entre monarcas incestuosos. La resistencia nunca llegó. Estos millones de soldados, armados, y con su propia vida en juego, siguieron las órdenes de sus ineptos generales, cómadmente instalados en mansiones y haciendas lejos del peligro, de la hambruna y de la guerra. Para muchos de ellos la vida humana no era más que un número, una estadística: ganar la guerra se redujo a la simple matemática de ver quién podría tolerar más muertos que el otro. Eso sí, no todos se quedaron con las manos cruzadas. Los franceses se levantaron en armas en la primavera de 1917, tras el fracaso colosal de una ofensiva que sus comandantes habían prometido que llevaría a la victoria final. Y los rusos de plano dieron la espalda al enemigo, prefiriendo tomar bandas en la guerra civil que surgiría ese mismo año. Incluso los temibles alemanes llegaron al límite de su aguante para finales de 1918. El caos de la revolución interna eventualmente forzó al Kaiser a renunciar al trono, y así firmar un armisticio.

Tolerar las exigencias impuestas por los gobiernos europeos en 1914-1918 es trágica, si bien no disminuye el heroísmo de aquellos que decidieron tomar las armas. Nunca en la historia una generación tan complaciente ha forzado a su juventud hacer un sacrificio tan enorme, tan desproporcional a los eventuales frutos de la victoria. Todo para que otra guerra, aún más salvaje y cruel, dejara el continente en ruinas veinte años después.

Francia, donde protestar es el deporte nacional

Noventa años después

La analogía con el presente sonará ridícula a primera instancia pero a mi juicio es apta. Hoy, una generación está siendo forzada a pagar los errores de la anterior y en muchas partes del mundo industrializado bien podría ser la primera generación en siglos que gozará de un estándar de vida inferior a la de sus padres. Y es que a nadie le ha pegado la crisis económica actual peor que a los jóvenes ya que en casi todos los países son lo que han sufrido más por el aumento en el desempleo. en España se habla de una “generación perdida”, donde la tasa de desempleo corre a casi 50% entre los recién graduados. En el Reino Unido se les llama “Neets”: “Not in education, employment or training”. En México los conocemos como “Ninis”: Ni estudian, ni trabajan. Las exigencias impuestas a esta generación no son triviales. Ya nadie aparte de los burócratas gozará de una pensión garantizada por el Estado. Ahora se la tendrán que ahorrar a pulso, cosa que es un poco difícil cuando no se tiene trabajo. En un país como Francia, tan celosamente protector de su envidiable estándar de vida, el aumento de la edad mínima de jubilación (de 60 a 62 años) causó una mini-revuelta que a ratos pareció recusitar los fantasmas de aquel Mayo del ’68. Hoy en Londres se vivieron escenas similares, tras el anuncio de que las colegiaturas universitarias aumentarían no al doble, sino al triple. “Ya no hay dinero” es la excusa que dan los políticos, particularmente los de derecha que siempre parecen consternados más por mantener la “disciplina fiscal” que el bienestar de su gente.

Pero eventualmente Sarkozy aplacó a sus revoltosos, y salvo el incidente aislado de hoy, los ingleses han mantenido su compostura, tragándose el orgullo y resignándose a lo inevitable. Tal vez ellos lo ven como la respuesta digna ante tal impotencia. Yo lo veo como una violación sin oponer resistencia. “Flojito y cooperando”, le dice David Cameron a su pueblo inglés mientras termina la labor que Thatcher empezó en los años ochenta. Esperen algo similar si los Republicanos en Estados Unidos llevan adelante su agenda económica, una agenda que un economista prominente (Nouriel Roubini) describió en un artículo para el Financial Times como “economía vudú, el equivalente económico del creacionismo” gracias al ridículo dogma ideológico de que la disciplina fiscal resuelve todos los problemas del mundo. Pero en fin, cuando se tiene el poder absoluto es fácil pasarle la cuenta al que todavía no ha comido del banquete. Que no digan que la democracia es un gobierno del pueblo y para el pueblo cuando los banqueros se quedan con sus mansiones mientras que a las clases medias y bajas se les impone enmendar los errores financieros de los pudientes.

¿Y qué de México?

Los mexicanos estamos acostumbrados a levantarnos en armas. Lo hicimos docenas de veces en el Siglo XIX desde que corrimos a los gachupines de nuestra tierra y lo hicimos con estilo en 1910. El 2 de Octubre tampoco se olvida. Tristemente, últimamente parece que hemos perdido la chispa, el coraje. También hemos perdido el sentido común, y el sentido social. Y es que la mayoría de nuestras expresiones de resistencia no solo son infructuosas sino innecesarias. Pendejas, diría. Y cuando realmente se necesitan, nadie hace nada. Hagamos memoria de estos célebres sucesos:

Ignorancia diría yo

  • En el 1988 el gobierno se robó una elección que bien podría haber resultado en la derrota del PRI, doce años antes de que eventualmente sucediera. Pero la izquierda se quedó con los brazos cruzados, aún con más credibilidad y más evidencia que durante la reciente y controversial elección del 2006. ¿Cuál fue el resultado de esta oportunidad perdida? El siguiente presidente, Salinas, se encargó de arruinar nuestra economía seis años después.
  • Imposible olvidar la gran huelga de la UNAM de 1999-2000. Penoso que la primera casa de estudios del país haya quedado paralizada por un grupo de rufianes que se hacía llamar el Consejo General de Huelga. Rufianes como el famoso “Mosh”, que llevaba tantos años “estudiando” que era para ya tener al menos tres doctorados. Al final, solo una intervención federal acabo con la revuelta que le costó casi un año de estudio a miles de jóvenes prometedores y dejo en evidencia el estado tan delicado de nuestras universidades públicas “autónomas”.
  • En el 2002, un grupo de campesinos de Atenco en el Estado de México se levantó en armas para evitar que sus predios fueran utilizados para un nuevo aeropuerto internacional. Sin beneficio alguno para la nación, nos quedamos sin un aeropuerto lejos de la urbe que hubiera contribuido a descontaminar la ciudad y resolver los problemas de sobreuso que actualmente sufre el AICM.
  • En el 2004, un grupo de señoritas “bien” organizaron una marcha ciudadana en el DF para protestar contra la inseguridad. El detonante de esta marcha fue un par de secuestros express en su mall favorito, Perisur. Como era de esperarse, el gobierno de Fox no cumplió una sola de sus promesas que dió en respuesta a la marcha pero el gran perdedor fue AMLO cuya paranoia política no lo dejo ver la razón de fondo de la protesta: las señoritas solo querían ir de “shopping” otra vez.
  • La bella Oaxaca fue sede de un largo enfrentamiento entre los maestros y el gobierno estatal durante 2006 en el ocaso de la administración de Fox. En esta batalla ahora si que no había ni a quien irle. Los maestros se la pasaban más de grilla que dando clases, pero cuando lograron echar al gobernador Ulises Ruiz, ¿cómo respondio el gobierno federal? Mandando al ejercito para reinstaurar a uno de los gobernadores más corruptos y más ineptos de todo el país.
  • Hablando de gobernadores corruptos, ¿qué tal el Gober Precioso? Y qué tal que los poblanos no hicerion nada para echar al enano pedófilo. Recuerdo más marchas a su favor que en contra, una de ellas incluso contando con un contingente de estudiantes de leyes de mi alma mater, la UDLA – para que luego no digan que los “abogangsters” no salen a defender a su propia escoria rastrera.

Podría seguir mencionando a desnudos en reforma, bloqueos en carreteras, huelgas y berrinches post-electorales. Pero seguimos tragándonos las injusticias y seguimos aceptando la impotencia como si fuera nuestro estado natural, nuestro pecado original por haber nacido mexicanos. Se dice que cada pueblo tiene el gobierno que merece, y hay algo de cierto en ello. Pero en algún momento hay que poner el freno y decir que ya basta. Que no merecemos vivir en un país que tiene ciudades más peligrosas que Bagdad. Que tengamos que emigrar para encontrar trabajo digno. Que seamos forzados a ver como un gran futuro para nuestras nuevas generaciones se desvanece cada vez más y más en la distancia.

Top Ten – Cuentos de H.P. Lovecraft

Nunca se puede tener demasiado terror tentaculoso

Este post me volvió loco

Hay pocos reconocimientos más honrosos para un escritor que convertirse en un adjetivo. Y el en género de terror, pocos adjetivos logran conjurar una imagen más definitiva, más identificable que “Lovecraftian”. Ya sea por la grandiosidad de su mitología cósmica, los misterios prohibidos que llevan a sus personajes a la locura o su peculiar prosa que describe paisajes tan terroríficos como bellos, la esencia de la obra Lovecraftiana es identificable desde la primera página, cautivando para siempre a todo aquel que caiga inmerso en su mundo y sus mitos. Que mejor día para celebrar al mejor autor de terror fantástico que hoy, Día de Muertos, y con una lista de sus mejores cuentos o novelas cortas. Si no han leído a H.P. Lovecraft, ¿qué esperan? Total, no querrán ser los primeros devorados por el Gran Cthulhu cuando despierte…

10 – The Dunwich Horror

Corta pero impactante, es uno de esos cuentos que ningún fan de HPL puede tener una excusa de no haber leído. Fuera de Cthulhu, el ente conocido como Yog-Sothoth es el más conocido del repertorio de dioses que invocaba en sus mitos.

9 – The Shadow over Innsmouth

Es otro de los cuentos básicos de los mitos de Cthulhu, y tal vez el cuento de HPL más adaptado de todos: hay dos películas basadas en esta historia (Dagon de Stuart Gordon por mucho la mejor), y hasta un video-juego (Dark Corners of the Earth)

8 – The Colour Out Of Space

El terror de HPL no se limitó a lo sobrenatural: fue uno de los primeros en combinar el terror con la ciencia ficción. Tal vez el mejor ejemplo fue esta historia que cuenta los extraños sucesos que presencia una granja en medio de la nada tras la caida de un meteorito.

7 – Out of the Aeons

Escrito para Hazel Heald, este cuento es inconfundiblemente Lovecrafiano y tiene uno de los finales más horripilantes de todo su repertorio. Es una lástima que durante su vida no recibió crédito por una joya del género de terror como esta.

6 – The Rats in the Walls

Otro de sus cuentos de terror “puros”, dejando los elementos fantásticos al lado. No hay otra manera de describir este cuento que macabro, con un final singularmente torcido incluso para los estándares que nos ha dejado acostumbrado.

Próximamente en tu cine favorito

5 – The Dream-Quest of Unknown Kadath

El mito de Cthulhu es sin duda lo que ha popularizado a HPL, pero su Ciclo de Sueño merece reconocimiento también gracias a su perfecta fusión de la fantasía y el terror. Es también el cuento definitivo que protagoniza Randolph Carter, el alter ego de HPL.

4 – The Call of Cthulhu

Es sin duda, el cuento más famoso de HPL; el que le da nombre al mito que une a sus terribles dioses cósmicos. Además, el párrafo inicial de este cuento resume, mejor que ningún otro, la filosofía nihilista de este perturbado escritor.

3 – The Mound

The Mound no es precisamente entre lo más conocido de HPL ya que fue escrito para Zealia Bishop. Pero tiene todos los toques de una épica Lovecraftiana, que en grandiosidad no tiene nada que envidiarle a cualquiera de sus otros cuentos.

2 – At The Mountains of Madness

Esta aventura antártica cuenta la historia definitiva de los mitos de Cthulhu además de que ser tal vez el mejor ejemplo de las habilidades descriptivas de HPL al pintar el desolado continente austral de una manera tan ominosa, tan siniestra.

1 – The Case of Charles Dexter Ward

El cuento más largo de HPL no tendrá los elementos de fantasía que caracterizan sus otras obras, pero lo compensa con un ambiente tenso y maligno de principio a fin y una historia dentro de la historia que pone en evidencia la pasión de HPL por la era colonial.

Hay tantos cuentos excelentes que es un insulto haber dejado a muchos de ellos fuera de esta lista. The Whisperer in Darkness es otro favorito, como también algunas de sus historias realmente cortas como Dagon, Celephaïs y The Crawling Chaos. Pero si quieren descubrir la obra Lovecraftiana por su propia cuenta, pueden leerla toda aquí. Lástima que el Necronómicon siga fuera de nuestro alcance…

La avaricia contraataca

El banquero villano más infame regresa en Wall Street: Money Never Sleeps

Guarden sus bolsillos, Gekko regresa

Cuenta Michael Lewis que después de la publicación de Liar’s Poker – tal vez la cuasi-autobiografía financiera más famosa de todos los tiempos – recibió un sin-número de cartas pidiendo consejos para cómo conseguir trabajo en Wall Street. Irónico, considerando que el propósito de ese libro era revelar la falta de ética y de escrúpulos en la industria bancaria. No me extrañaría que la película Wall Street de Oliver Stone haya tenido el mismo efecto, esto gracias a su inigualable villano Gordon Gekko. Aquel legendario discurso sobre la bondad de la avaricia le ameritó un Oscar a Michael Douglas, mientras que su “look” (cabello peinado hacia atrás, camisa azul con cuello blanco, pantalones con tirantes), definió la moda del poder y la riqueza en los años ochenta. Desafortundamente para Gekko, hasta los más poderosos caen y el rapaz financiero tuvo que ver desde una celda (seguramente bien acondicionada como suelen ser para los criminales de cuello blanco) dos décadas de oro para Wall Street.

Qué mejor momento para hacer su retorno triunfal que en 2008, en la víspera de la peor crisis financiera de nuestros tiempos y con la sabiduría y reflexión de unos cuantos años detrás de las rejas. Pero lejos de ser el mismo bucanero de antaño, el Gekko versión 2008 es un hombre nuevo, dispuesto a recuperar su dignidad perdida y el afecto de lo único que le queda en la vida: su hija Winnie, a punto de casarse con un joven y prometedor trader llamado Jake (Shia LaBeouf). No, Jake no es como los “big-swinging dicks” que describe Lewis en Liar’s Poker, aquellos trogloditas que se creían paridos por dios. Jake es de los buenos; es un trader con conciencia ambientalista (su anhelo es financiar un proyecto de tecnología de fisión que podría resolver todos los problemas de energía del mundo), fiel a su novia, y leal a su jefe Louis Zabel, dueño de KZI, un importante banco de inversiones que urgentemente necesita un rescate del gobierno debido a inversiones no muy prudentes en el mercado hipotecario.

El problema es que KZI está en la mira de Bretton James (Josh Brolin) y su banco Churchill Swartz. Si notan algo sospechoso en ese particular arreglo silábico pues sí, es Goldman Sachs con otro nombre. De hecho Oliver Stone hace pocos intentos por disfrazar las similitudes entre Churchill y Goldman: ambos se aprovechan de la crisis e intentan arruinar a sus rivales. Ambos cuentan con “amigos” en la Reserva Federal. Ambos engañan a una aseguradora para que luego sea rescatada por el Fed. Ok, el imponente Brolin no le da un parecido al verdadero CEO de Goldman, Lloyd Blankfein (ni tampoco me imagino a Blankfein en una moto, echando carreritas contra sus súbditos) pero fuera de eso queda claro quién considera Stone culpable de causar este Armagedón financiero. Esta representación no muy halagadora para el banco más poderoso y notorio del mundo también hace recordar aquel famoso artículo de la revista RollingStone donde se describe a Goldman Sachs como un “calamar vampiro con sus tentáculos envueltos alrededor del mundo” (y no, no es coincidencia: el artículo tiene una importante mención en el filme).

Jake, Bretton y Gekko: tres generaciones de 'big swinging dicks'

El problema es que la maldad de Wall Street en los últimos años trasciende la culpabilidad de un solo hombre o un solo banco (aunque nadie niega que Goldman – ehem, Churchill Schwarz – se lleva el premio entre los más despiadados). No se puede olvidar, por ejemplo, que Lehman Brother, que evidentemente sirve de inspiración para KZI, estaba liderado no por un banquero de los buenos como Zabel sino por otra piraña igual o peor que Bretton: Dick “The Gorilla” Fuld. Y que en vez de traders que intentan salvar al mundo como Jake, tuvimos a gente como “Fabulous Fab” Tourre de Goldman que agandalló a sus clientes con tal de apostar en contra del mercado y ganar una millonada. Al dramatizar los eventos del 2008 con héroes y villanos, Wall Street: MNS comete el pecado de minimizar la crisis económica a un choque de egos personales y no a la degeneración colectiva de miles de individuos y docenas de bancos.

Aún asi, no puedo negar que gocé de cada minuto de Wall Street: MNS. No llegará a ser el gran clásico que definió una era como fue su predecesor pero al menos nadie ha intentado hasta ahora llevar la crisis económica a la pantalla grande (sin contar el documental Capitalism de Michael Moore). Y es cierto, faltó aquel toque controversial de Stone, aquel que nos convenció que fueron siete disparos y no tres los que mataron a Kennedy. No importa. Cualesquiera que hayan sido los crímenes de Gekko, hubiera sido un crimen mayor que se perdiera el momento en que la avaricia verdaderamente conquistó al mundo.

Veredicto final:

Bolsas de ilusiones

Tratando de entender la misteriosa fascinación bursátil que nos rodea

¿El significado del universo? Mmm, no

He decidido aprovechar el aniversario del “Lunes Negro” para ver Wall Street, un preludio antes de ver la secuela este fin de semana. Para los que no conocen del Lunes Negro, fue un tal 19 de Octubre de 1987 cuando Wall Street sufrió su peor caída en el lapso de un día en toda su historia. Perdió 22%, incluso más que la caída de 1929 que precipitó la Gran Depresión, y peor que cualquiera día del 2008 cuando la actual crisis estaba en su peor momento. Encuentro una fascinación peculiar por la bolsa de valores, no tanto porque me interese invertir en ella. Más bien, mi fascinación es ver la fascinación de otros hacia ella. De hecho, no hay ninguna otra institución financiera que esté más inculcada en la cultura popular que la bolsa, incluso en un país que no tiene ninguna tradición bursatil como es el caso de México. Pero leemos el periódico y aunque sea de reojo vemos si la bolsa aquí o la bolsa allá subió o bajó. Vemos las noticias y asumimos que lo que es bueno para la bolsa, es bueno para la economía y si es bueno para la economía es buena para todos. Una parte de nosotros quisiera sentir la euforia de estar vendiendo y comprando, a un paso de la riqueza ilimitada y a dos pasos del suicidio desde un piso cincuenta.

¿Por qué se le presta tanta importancia a la bolsa en los medios? Eso siempre me ha intrigado. Para empezar, la bolsa de valores no es el mercado más grande ni el más importante del mundo: ese honor se le confiere al mercado de bonos: aprox. $65 billones de dólares (más que el PIB mundial), contra $45 billones invertidas en todas las bolsas del mundo. Pero nunca vemos los precios de bonos en el noticiero ni en la primera plana de los diarios, a menos que lean el Wall Street Journal o el Financial Times. De hecho, el poder destructivo de una catástrofe bursátil ha sido tremendamente exagerado a través de los tiempos. Por ejemplo, aunque la gran caída de Wall Street en Octubre de 1929 se considera como el comienzo de la Gran Depresión, la recesión ya había empezado desde antes. Pero una crisis de bonos ha llevado a la ruina a infinitos países, incluyendo al nuestro. Nuestra crisis del 1982, la peor de nuestra historia, no fue causada porque la bolsa se cayó sino porque nos declaramos en moratoria y dejamos de pagar nuestra deuda. Esa deuda estaba denominada en bonos. De igual manera, la crisis actual fue creada por el colapso en el mercado de bonos hipotecarios – las bolsas no cayeron hasta que todo lo demás ya se había ido a la mierda.

Mientras tanto, en aquellas ocasiones donde la bolsa se ha desplomado estrepitosamente sin razón aparente – como pasó durante el dichoso Lunes Negro en Octubre de 1987 – pocas veces ha tenido un impacto catastrófico en la economía real. Al día siguiente termina siendo business as usual para casi todos, aunque ese “casi” obviamente excluye a los pobres diablos que perdieron hasta los calzones en cuestión de unas horas (qué puedo decir, nadie los forzó a meter su dinero al mercado). En fin, la caída de una bolsa no basta para hundir a una economía entera. ¿Entonces por qué tanto pánico? Repito: son los medios, la culpa la tienen los medios. Nos han hipnotizado con imágenes de banqueros abarrotando las calles de Wall Street durante 1929 como si hubiera ocurrido un terremoto. Les encanta mostrar imágenes o videos de corredores de bolsa posesionados por la histeria, vendiendo y comprando acciones con la euforia de un cocainómano que se acaba de tomar dos litros de Red Bull. Otra imagen repetida ad nauseum y que nunca dejará de causarme gracia es la típica foto de personas comunes y corrientes pasando por enfrente de algún mostrador electrónico, como para implicar que el destino de nosotros los mortales está ligado de manera intrínseca al éxito de la bolsa. Por alguna razón, generalmente ponen a asiáticos, como para darnos la idea de que vivimos en un mundo globalizado y si se desploma la bolsa de Taiwán, eventualmente el tsunami nos llegará a nosotros también. Eso o porque no hay mostradores electrónicos en una aldea de Zimbabwe o en la Sierra Tarahumara.

Solo quiere saber qué hizo la esposa para la cena

Nótese también que los tres desplomes más importantes del siglo en Wall Street han sido en Octubre. Otra crisis bursátil legendaria, el “Pánico de 1907” también fue en Octubre. ¿Coincidencia, o hay algo en este mes en particular que pone particularmente nerviosos a los inversionistas? Podría ser Halloween. Podría ser que los inversionistas se deprimen porque el verano terminó y el invierno está por comenzar. Sea cual sea la razón, de no ser coincidencia entonces hay algo gravemente mal en la manera en que se valora al mercado e implicaría que no es perfecto. ¡Blasfemia! Los economistas tenemos una teoría para esta infalibilidad del mercado: se llama la Hipótesis del Mercado Eficiente. Inventado por un tal Eugene Fama (sip, de la Universidad de Chicago, ¿de dónde más?) en los años sesenta, la hipótesis asume que en un mercado representa perfectamente toda la información pública disponible. Así pues, no es posible consistentemente “vencer” al mercado a largo plazo porque cualquier desviación inmediatamente sería identificada y corregida.

Por ejemplo, el precio de una acción de Microsoft cuesta $100 cuando el valor de la compañía implicaría que debería ser $110 porque acaban de sacar una versión de Windows invulnerable a los virus (se vale soñar). Los inversionistas se darán cuenta del “error” y comprarán esta acción mientras está barata, es decir, antes de que suba de precio. Al haber más demanda por estas acciones entonces efectivamente subirían de precio – a $110. Pero si llegaran a subir a $115 debido a que se emocionaron un poco demasiado por este avance tecnológico, entonces eventualmente se darían cuenta que la acción se ha vuelto muy cara y anticipando que el precio va a bajar, la venderían lo más pronto posible (porque la gente no valora una acción en base a lo que cree que vale, sino a lo que cree que otros creen que vale). Esto reduciría su demanda y el precio bajaría. A $110.

Tan simple. Tan elegante.

Tan equivocada. Cualquiera con sentido común se habrá dado cuenta que no hay nada perfecto ni nada racional en los mercados. Los genios financieros de Wall Street, con todo y sus doctorados en astrofísica y sus terminales Bloomberg con 6 pantallas funcionan no tanto como una fría y lógica maquina estadística sino como una manada de ovejas que se echan a correr cuando ven al lobo feroz. El famoso economista John Maynard Keynes bautizó al fenómeno como “los espíritus animales”. Olfatean las ganancias y compran, compran, compran. Huelen temor y venden, venden, venden. Cuando la euforia se vuelve colectiva, los mercados se convierten en burbujas, y cuando estas burbujas estallan el resultado es feo. En fin, es un casino. Pero nos encanta porque en el fondo queremos creerle al inmortal Gordon Gekko cuando nos dice que “la avaricia es buena”. ¿Nos importa Microsoft? Por supuesto que no. Solo queremos vender esa acción a $115 antes de que el prójimo venda la suya a un dólar menos. Queremos el dinero fácil. Queremos un número diario que nos revele nuestra fortuna (temo admitir que la astrología a veces es más acertada). O qué, ¿acaso se van a esperar tres meses para que salga un reporte nuevo sobre el PIB para saber si andamos bien o andamos mal?

Así pues, propongo un brindis a los inversionistas, accionistas y corredores que nos traen prosperidad día tras día. Celebremos comprando el periódico y viendo cuánto subió la bolsa el día de hoy. ¿100 puntos? ¿0.3%? No importa, cualquier alza es buena. Cualquier alza nos hace más ricos. Ya verán que los vochos corren más rápido, que la Torre Latino es un poco más alta, y que el smog se despeja para poder darle gracias a los dioses del olimpo por este gran triunfo del capitalismo. Gekko, eres un genio.

¿El peor remake de todos?

Clash of the Titans: Hollywood decide violar mi niñez de nuevo

En Grecia seguro la prohibieron

No es exageración decir que la gran mayoría de los remakes son malos. Salvo excepciones esporádicas, nunca llegan a la talla de la original ni contribuyen nada nuevo al arte de la cinematografía. Pero de vez en cuando sale un remake tan malo, tan atroz, que no solo se vuelve una pérdida de tiempo, sino un insulto al cine mismo, por no decir al talento involucrado en producir la película original. Tan malo incluso que impulsa a uno escribir en su blog y decirle al mundo qué tan malo es. Tal es el caso de Clash of the Titans, que afortunadamente evité ver en el cine al tener el mal presentimiento de que no le iba a llegar a la talla a su ilustre predecesor. La original, filmada en 1981, es tal vez la mejor película jamás hecha sobre la mitología griega y que ocupa un lugar especial por sus efectos especiales de stop-motion, cortesía del legendario Ray Harryhausen. Tristemente, mi presentimiento se cumplió.

Hay dos cosas que inmediatamente me dieron la sospecha de que este remake iba directo al partenón de la vergüenza. Tan solo ver los posters promocionales quedaba claro de que iba a ser una orgía de CGI, y darle el rol estelar a Sam Worthington no auguraba nada bueno. Vaya, nada contra de Worthington en lo personal, pero recordemos cuáles han sido sus dos roles que lo lanzaron al estrellato: un androide frustrado en Terminator: Salvation y un soldado espacial frustrado en Avatar, ambos con la conexión emocional y la complejidad de carácter de una piedra. Claro, no es su culpa que le escriban roles blandos y uni-dimensionales pero sí es su culpa quedarse con papeles que lo encasillan en el rol de héroe enojado y confundido. Me queda claro que el rol de Perseo fue creado para él, y no al revés: un Perseo con cara de constipación perpetua y con menos carisma que algunos de los monstruos con los que eventualmente pelearía (si la cara de Medusa no te convierte en piedra, escuchar cinco minutos de dialogo con Worthington sí). Pero supongo que las audiencias modernas prefieren a un héroe que habla poco y patea mucho trasero. El problema es que el Perseo anterior, interpretado por el excelente Harry Hamlin, pudo hacer ambos y así proyectarle una elegancia al rol del hijo de Zeus que Worthington jamás podría imitar.

Vieja Medusa: horrenda como debe ser

En fin pues, las carencias del héroe serían sufribles si la acción fuera intensa y los efectos especiales te dejaran atónito. Tampoco es el caso. El abuso del CGI, como en casi toda película de acción moderna, es un crimen contra la decencia aunque hay una notable excepción que es el único punto a favor que tiene este remake sobre el original: el Kraken. Es enorme. Realmente enorme. Justo lo que uno esperaría de un verdadero titán. Es más, si tuviera cabeza de pulpo, diría que sería la mejor representación de Cthulhu jamás plasmada en la pantalla grande, al menos es justo como me lo imaginaría. Lástima que sale tan solo unos breves – pero espectaculares – minutos y que su presencia es interrumpida por una persecución de Perseo y unos monstruillos estúpidos. No obstante, los demás antagonistas dejan mucho qué desear. Por ejemplo, los escorpiones que fueron hechos tan gigantes que hicieron perder todo realismo cuando luchan contra Perseo y sus soldados. Y es que nadie en su sano juicio pensaría que humanos armados con espadas podrían vencer a un escorpión de 30 metros de largo y duros como un tanque. Pero nada de esto se compara a Medusa. Vi la película original cuando tenía unos pocos años de vida y Medusa me dio pesadillas. ¿Cómo decidieron representar a la criatura más horrenda de la mitología griega, una criatura tan horrible que convierte en piedra a cualquier ser vivente que la mira?

Como una supermodelo rusa. Natalia Vodianova. Sí, una de las caras de Calvin Klein, L’Oréal y Luis Vitton es el monstruo más horrendo de la antigüedad. Ok, no es ella precisamente: su rostro ha sido CGI-izado para que pudiera moverse como serpiente CGI-esca dentro de su guarida. Ahora bien, admito que a estas alturas de la historia, la vieja medusa hecha de plastilina no es precisamente la cosa más real del mundo (ni tan terrorífica como me la imaginé de niño). Pero hay una ventaja que stop-motion tiene sobre CGI: te hace pensar que sí hay algo allí, algo sólido, algo con presencia física. Con CGI esa ilusión se rompe por completo a menos de que sea tan real que se vuelve creíble pero hay muy pocas películas que logran un efecto tan convincente (irónicamente la mejor fue la primera: Jurassic Park). No hay nada creíble sobre esta nueva medusa, ya la manera tan vulgar en que es convertida en un sex symbol es un insulto a la mitología. Ah y para no ofender sensibilidades de una nación cristiana, conservadora y puritana, ahora trae bikini en vez de andar topless. O será que de andar topless, con esa cara y ese cuerpo (olvidémosla por un momento de la cintura para abajo) convertiría sólo a cierta parte de la anatomía masculina en piedra.

Nueva Medusa: después de un peeling

Pero hablando de insultos a la mitología, nada se compara a la manera tan barata en que pintaron a los dioses del olimpo. En la original, las personalidades de los dioses eran tal como las pintaron los antiguos: arrogantes, vengativos, con severos complejos de inferioridad y con una madurez de niño de kínder. Esto evidentemente es demasiado complicado para una audiencia moderna que solo es capaz de ver en blanco y negro y no en tonos de gris. Así que hay un “buen” dios, Zeus, interpretado por Liam Neeson y un “mal” dios, Hades, interpretado por Ralph Fiennes, y quien termina siendo el principal antagonista de la película (una de las principales desviaciones del trama original. Me pregunto cuánto tuvieron que pagarle a Neeson y Fiennes para que actores de tal calibre hayan aceptado tener una parte en esta humillante adaptación. Pero se nota que no le tuvieron particular cariño a sus roles, particularmente Fiennes, cuya sobre-actuación es tan falsa que me hace dudar que sea el mismo que ha sido nominado dos veces para el Oscar (dos Oscares que bien mereció ganar). Si gana un Razzie no me sorprendería aunque tiene competencia demasiado fuerte con Worthington a bordo.

Así pues, quedo sin palabras, no solo por las dos horas de mi vida que perdí y jamás recuperaré sino por el coraje de ver cómo una industrial multi-billonaria decide gastar su dinero en remakes, en vez de sentarse, usar un poco el cerebro y hacer películas originales y buenas que no necesiten una tonelada de CGI para disfrazar sus carencias. Hoy también acabo de ver el remake de A Nightmare on Elm Street, que si bien no terminó siendo tan mala como Clash of the Titans, no aportó absolutamente nada al legado de la original. Pero mientras haya gente que siga yendo al cine a ver estas burradas, no hay mucha esperanza.

La oferta, al fin de cuentas, siempre termina ajustándose a la demanda.

Veredicto final:

Living la vida inglesa

Chavs, hooligans y cerveza tibia

Shagadelic? No realmente

Fookin’ aye mate, hoy cumplo exactamente tres años de vivir en La Perfide Albion (como de cariño llaman a esta isla sus queridos vecinos franceses). Y en vez de repetir el viejo cliché de qué tan rápido pasa el tiempo, más bien parece lo contrario: siento que llevo toda la vida aquí. ¿Señal de que ya me acoplé a comer fish & chips y venerar a la reina? ¿O señal de que ya me tengo que largar a tierras más cálidas (y no me refiero justamente al clima)? Por el bien de mi salud mental, me inclino hacia lo segundo.

Re-leyendo un viejo artículo escrito en mi blog anterior tan solo unas semanas después de llegar a Londres, quedé un tanto sorprendido de que la gran mayoría de mis impresiones iniciales siguen siendo igual de válidas. Sip, el tube (el metro) sigue siendo una mierda, de hecho empeora al mismo ritmo en que se encarece. La vivienda sigue siendo una porquería y eso que ya he vivido en tres lugares diferentes. Y el clima, ya ni por dónde empezar. Pero me causó gracia mi primera impresión de los ingleses. Recordemos:

Excelentes personas. Obvio que no me he juntado con los hooligans pero mi primera impresión de los locales ha sido excelente: muy considerados, amables, propios y alivianados. No por algo lo primero que hicieron nuestros profesores después de la inducción del programa fue llevarnos al pub por unas cervezas y a platicar de tú a tú. Otro día en la madrugada en el camión un tipo empezó a preguntar hacia donde iba el camión (ya llevaba uno que otro alcohol encima): todos los que estaban alrededor prácticamente le delinearon la ruta para llegar a su casa.

Tal vez un tanto prematuro, considerando que este post fue escrito solo 9 días después de haber arribado a este reino. Pero un año después, mi impresión sería un poquito más negativa aunque al fin de cuentas le encontraba el lado bueno:

Un año después mi impresión de este país ha caído considerablemente por razones que no entraré en detalle. Solo digamos que los ingleses no me caen precisamente bien, el clima es el peor del mundo, la vida nocturna está sobre-valuada, la vivienda parece salida de un cuento de Dickens y el metro es una porquería que le daría pena a cualquier país tercermundista. Pero aún así he decidido arriesgarme y quedarme un par de años más. Dentro de todo, aquí sé que no me van a secuestrar, que me darán 30 días de vacaciones hasta en el trabajo más puñetero (además de horas razonables y buen sueldo), y mi cerveza me la servirán con 500 ml y no 33.

¿Qué causó ese abrupto cambio de impresión sobre los locales? ¿Cómo es que pasaron de ser “excelentes personas… considerados, amables, propios y alivianados?”. Creo que a estas alturas no usaría ninguno de esos adjetivos para describirlos. La clave está en una pequeña observación previa: “obvio que no me he juntado con los hooligans”. Y es que en 2007 había una sola sub-cultura urbana merecedora de mi ira: los emos. Es más, mi primer post en Londres fue un pensamiento:

Lo mejor de Londres: en tres días no he visto un solo pinche emo.
(tampoco he visto el sol durante este lapso pero sale sobrando)

Pero todo cambió cuando conocí a los chavs.

La peor plaga desde 1665

No hay raza más maldita en este mundo que los chavs. Son una plaga urbana que ha infestado por completo a este país y secuestrado sus lugares públicos. Los encuentras en cualquier lugar, desde las urbes más grandes, hasta los pueblos más pequeños y pintorescos. El chav no tiene realmente equivalente en México, ni en cualquier otro país que haya conocido. En su más precisa definición se refieren a un grupo social proveniente de las clases obreras o bajas, de origen exclusivamente indígeno (o sea, blanco, nativo original de las islas británicas), baja o nula educación escolar (y familiar) y propensión excesiva hacia la violencia, cortesía de copioso consumo de alcohol y drogas. Es raro encontrarse a solo un chav: por lo general se concentran en grupos de 5 o 6 o más, perdiendo el tiempo en la calle con lata de cerveza en mano y cigarrillo en el otro. La mayoría son menores de edad lo cual les permite hacer lo que se les pegue la gana sin consecuencias legales o policiacas. Resulta pues que contrario a la impresión de que la policía inglesa es brutalmente eficiente, cuando se trata de controlar a los chavs, son completamente inútiles. Y es que aquí, la ley los tiene perfectamente acobijados ante cualquier represalia, cuan justa y merecida sea. Un chav te agrede y un policía irá a su casa a darle un “aviso” – y eso si le va mal. Tú te defiendes y terminas en la cárcel por agresión a un menor. Personas o familias que cometen la osadía de enfrentarse a los chavs terminan siendo aterrorizadas por años, sufriendo agresiones verbales y físicas, destrucción de propiedad y demás desmanes sin que la policía mueva un solo dedo para protegerlos.

La nueva nobleza

La gran solución del gobierno ante esta juventud fuera de control es un instrumento legal de dudosa efectividad llamado el ASBO – Anti-Social Behaviour Order. Básicamente después de repetidas transgresiones, una corte le asigna un ASBO a un chav donde se le prohíbe visitar ciertos lugares, o acercarse a ciertas personas. Sin embargo, se ha comprobado que casi la mitad de los ASBOs son violados y la historia se repite de nuevo además de que muchos chavs usan un ASBO como símbolo de su “credibilidad callejera”. ¿Qué tan serio es el problema anti-social en Inglaterra? Generalmente es considerado como la preocupación principal de la ciudadanía en cuestiones de seguridad, más allá incluso que el terrorismo. El problema es que como generalmente no involucra muerte ni robo, la policía no lo toma como prioridad. Pero aún así, Inglaterra es el único lugar en el mundo donde verán carteles enormes en lugares públicos implorando “no agredir a nuestros trabajadores”. Dichas agresiones pueden ocurrir en cualquier lugar, sea el metro, el autobús, el supermercado. Solo basta encontrar algunos chavs buscando problemas, lo cual es evidentemente lo único que saben hacer en vista de que ni estudian ni trabajan y ni siquiera sus propias familias los quieren en casa. Y gracias al generoso estado de bienestar del Reino Unido, el gobierno los mantiene a perpetuidad sin que tengan que hacer nada productivo. Incluso les dan más dinero si tienen hijos y el resultado ha sido que el Reino Unido es el país industrializado con mayor índice de embarazo juvenil. Y no solo es un chamaco: no es nada extraño ver a papá y mamá chav con una carriola doble o triple. Tres más chavs para la postre y más dinero del estado para comprar vodka marca propia y un paquete de “fags” (cigarrillos). Es hasta cómico a veces ver que los chamacos salen de diferentes colores: las chavs no discriminan a la hora de aflojar.

El barrio bravo de Londres

Tal vez mi impresión ha sido indebidamente influenciada porque vivo al lado de (afortunadamente no dentro de) uno de los barrios más notorios de Londres. Se llama Bermondsey, el único enclave “cockney” que aún queda en el sur de Londres, rodeado ahora por barrios regenerados de clase media-alta después de que Thatcher decidió convertir al viejo y empobrecido puerto de Londres en una zona financiera. Su mala fama, sin embargo, radica en que es sede del equipo de fútbol con la peor reputación de hooliganismo de todo el país: Millwall F.C. Es un equipo de tercera (ah no, segunda, ya subieron de categoría), pero sus fans son temidos en cada rincón de esta nación: solo basta decir que en casi toda película de hooligans que he visto (recomiendo I.D., Green Street y The Football Factory en particular) son los malos y tienen una rivalidad particularmente intensa con West Ham United a tal grado que la última vez que se enfrentaron hubo disturbios y hasta un muerto. Pero lo peor es que Millwall es toda una institución en Bermondsey, tal vez la institución más venerada en este “barrio bravo” a tal grado que no falta ningún pub que no esté adornado con banderas de Inglaterra con “Millwall” escrito en el centro. Ojo que hablo de la bandera de Inglaterra (no la Union Jack), una bandera que tiene connotaciones racistas gracias a su adopción por grupos de extrema derecha. La asociación no es espuria: la gran mayoría de fans de Millwall traen la cabeza rapada y muchos portan tatuajes con símbolos de supremacistas blancos (los más atrevidos de plano portan esvásticas). Pasear por Bermondsey antes de un partido es ver los pubs repletos de hooligans preparándose para lo que seguramente es el momento culminante de su miserable existencia semanal. Además, es un ritual intergeneracional: abuelo hooligan empinando chelas junto con papá hooligan (ambos tatuados como marineros) e hijo hooligan que todavía no ha de llegar a la pubertad pero ya tiene la cabeza rapada y aretes. Mamá hooligan seguro también anda allá, gorda como ballena pero con mallas y un top donde se le desparrama la lonja, fumando como chimenea, igual de tatuada que su esposo y con un bronceado falso que le ha dejado la piel naranja y arrugada antes de llegar a los 40.

Ok, admito que Bermondsey es un ejemplo extremo, y no hay chavs en cada esquina de Londres (no puedo decir lo mismo de otras ciudades, particularmente los suburbios y el norte del país) pero ya ven hacia donde voy: este país tiene un serio problema de decadencia social, por mucho el peor que he visto en el primer mundo. No sé cuándo empezó. Me inclino a pensar que fue con la turbulencia económica de los años setenta y el deterioro familiar de una generación que se rebeló contra a la rigidez social que solía ser característica de este país. Algo que nunca me deja de impresionar es la completa ausencia de cariño que las familias inglesas les tienen a sus niños. Los jalonean, los regañan, les gritan por cosas tan absurdas como caminar más lento o abrir la boca. Los tratan como bulto, como un peso con el que tienen que lidiar. Eso no lo ves en otros países, al menos no a tal grado. No es sorprendente pues que terminen criando monstruos, maleducados porque el respeto nunca fue algo que les inculcaron, intolerantes porque nade fue tolerantes con ellos. No por algo este país es el que inventó el llamado happy slap: agresiones a personas (principalmente a otros jóvenes) sin provocación alguna con el único fin de ser filmados con celulares y subidos a YouTube. Monstruos. La analogía más comparable es con Dr. Jeckyll & Mr. Hyde y no me sorprende que la intención de Robert Louis Stevenson haya sido en parte explorar la dualidad del carácter humano, particularmente de sus paisanos escoceses. Es sin duda un pueblo con dos caras. Y la pócima que lleva a esta transformación suele ser el alcohol.

Fiebre de sábado en la noche

Fancy a pint, mate?

Olvídense del fútbol, el rugby o el cricket: el alcoholismo es el deporte nacional del Reino Unido. Pero lo que hace único a este país no es tanto la cantidad de alcohol que consumen – los europeos del este consumen mucho más per cápita y nosotros los mexicanos tampoco nos quedamos muy atrás – sino la manera en que se comportan bajo la influencia. No hay país donde gozar del alcohol invariablemente involucre actuar de la manera más ridícula, vulgar y ofensiva que se pueda imaginar. Es un ciclo vicioso que se convierte en una carrera en la que el más malacopa gana (tampoco quiero discriminar, porque las mujeres muchas veces se llevan este distinguido premio), sin inhibiciones pues todo se vale y mientras peor te comportes más eres aceptado. Pero en términos más generales, el alcohol es la manera en que este pueblo rompe las cadenas de su propia ineptitud social: gente que de día ni te pela, de pronto se convierte en tu amigo del alma después de unos cuantos pints encima, para después olvidarse de que existes al día siguiente. Para hacer una amistad inglesa hay que hacer el intento, cosa que a nuestra sangre caliente latina le cuesta acostumbrarse y cosa que queda aún más evidente cuando se conoce gente de países más afines al nuestro. Por ejemplo, los griegos: no he conocido griego o griega que no te trate como amigo de toda la vida la segunda vez que te ve. Pero con un inglés es empezar de cero otra vez, hasta que después de repetidas alcoholizadas se llega al siguiente nivel de contacto social. Solo basta decir que en este país algunas de mis mejores amistades han sido gringos. ¡Quién pensaría que la brecha que nos separa con los ingleses en cuestión de personalidad y carácter haría a uno mismo creer que los gringos son casi nuestros hermanos de sangre!

En fin, tres años en la pérfida Albión pero por el momento seguiré aquí, tal vez un año o dos más. Pero me queda claro que este no es un país donde quisiera hacer mi vida, en vista de que es una sociedad en la que jamás podría sentir que pertenezco. Tal vez he sido un poco injusto en mi caracterización de los ingleses en vista de que tengo una que otra amistad entre los locales (aunque no muchas). Y no todos son chavs, ni todos son hooligans. Muchos son genuinamente buenas personas, aunque generalmente de generaciones previas cuando todavía existían valores en esta sociedad. Pero me parece que la proporción de gente decente en este país cada vez se va disminuyendo. En vista de que nacen al menos tres o cuatro chavs por cada inglés decente, ya se imaginarán lo que le espera a la “Gran” Bretaña en unos años.

Pero para entonces estaré muy, muy lejos…

Si no me creen que este país está infestado de chavs, lean este divertido blog (y de paso busquen Bermondsey, hay como cuatro posts sobre el barrio bravo de Londres).

La Batalla del Marne (1914)

La batalla que salvó a Francia y cambió la historia del Siglo XX

Soldados franceses esperando al enemigo

Hay pocas batallas que han cambiado el curso de la historia de manera tan dramática y decisiva como la Batalla del Marne en 1914. Para muchos, fue la batalla que salvó a Francia del colapso total durante la Primera Guerra Mundial—la primera victoria aliada tras una serie de derrotas y retiradas al hilo. Pero el éxito auguraría una lucha prolongada, que lejos de durar tan solo unos cuantos meses como ingenuamente se pensaba, duraría unos cuantos años y con un costo humano que ascendería a millones de vidas perdidas para ambos bandos.

Una vieja enemistad

Tras el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand en Sarajevo aquel fatídico 28 de Junio de 1914, la paz que se había mantenido en el continente por casi medio siglo se desmoronó en cuestión de días. Una compleja red de alianzas se activó tras la declaración de guerra entre el Imperio Austro-Húngaro y Serbia, arrastrando primero a la Rusia Zarista, luego al Imperio Alemán del Káiser Wilhelm II y finalmente a las dos democracias, Francia y Gran Bretaña. No se puede negar que todos anticipaban con ansias el conflicto y tal vez para ningún otro país el llamado a la guerra fue tan bienvenido como para Francia. Era hora de la revanche. Revancha contra la humillación de 1870, donde fue sorpresivamente derrotada en la guerra Franco-Prusiana. Y no era para menos. No solo había cedido su posición tradicional como potencia máxima continental ante los prusianos, había perdido dos de sus provincias (Alsacia y Lorena) y había visto al rey de Prusia, Wilhem I, coronarse en el salón de espejos de Versalles como Káiser de un pueblo alemán unificado.

La enemistad franco-alemana se intensificó año tras año después de aquel debacle. Los franceses tuvieron que ver cómo el naciente Imperio Alemán se transformaba en la principal potencia militar e industrial de Europa, con una población que ahora sobrepasaba (por mucho) a la suya. En 1870 el tamaño de los ejércitos había sido casi igual pero para 1914, había 3 soldados alemanes por cada 2 soldados franceses. La disparidad en poderío forzaría a Francia hacer lo impensable: buscar un acercamiento con su acérrimo enemigo histórico, la Gran Bretaña. Pero por otro lado, la envidia tampoco sería un sentimiento ajeno para los alemanes. En particular, vieron con asombro la recuperación francesa después de la guerra, y su posterior expansión colonial que los alemanes nunca pudieron igualar. “Nuestro imperio está en Europa” alguna vez dijo el gran canciller Bismark, palabras resonantes que escondían un severo complejo de inferioridad, particularmente al ver sobre cuantos millones de kilómetros cuadrados del globo se alzaba la tricoloeur.

Así pues, el estallido de guerra provocó una rápida movilización por parte de las potencias de Europa. En el Occidente, dos enormes ejércitos se habían puesto en marcha, listos para implementar sus respectivos planes bélicos que prometían una victoria rápida y fulminante antes de Navidad. Los franceses contaban con el Plan XVII: un ataque masivo y directo sobre la frontera Franco-Alemana con el objetivo de re-conquistar las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Imbuidos con el espíritu de elán, e indoctrinados con la teoría de que no había lugar para la defensa en la guerra moderna, el ejército francés se lanzó a la ofensiva con la intención de recuperar el honor perdido hace cuarenta años. Único entre los grandes ejércitos de Europa, el francés aún vestía con uniformes coloridos, más apropiados para las guerras napoleónicas que para una guerra moderna e industrializada (lo más notorio eran sus pantalones rojos que hacía visible a los soldados de infantería desde kilómetros de distancia). No importaba, la guerra se ganaría con puro élan. El 7 de Agosto el ejército francés entró a Alsacia y Lorena esperando el júbilo de una población “liberada”.

Era una trampa.

1870 redux

Sin saberlo, una ofensiva en Alsacia y Lorena era justo lo que el Estado Mayor alemán había anticipado. Su propio plan, el Plan Schlieffen, contemplaba que cualquier ataque francés en la frontera sería neutralizado usando el menor número de tropas necesarias. Mientras tanto, el peso del principal ataque alemán caería en el norte, a través de Bélgica. El riesgo de que Gran Bretaña activaría su alianza con los belgas sería lo de menos: el pequeño y “despreciable” ejército británico era minúsculo y no tendría efecto alguno sobre el resultado final. Para fortuna de los teutones, los movimientos iniciales siguieron el Plan Schiefflen al pie de la letra y aunque se cedió espacio al invasor, cada kilómetro de avance se les cobraba con horripilantes bajas cortesía de retaguardias armadas con la nueva reina del campo de batalla: la ametralladora. La resistencia alemana poco a poco se endureció y para el 20 de Agosto, la ofensiva francesa sobre Alsacia y Lorena se había agotado. Hacia el norte, en las Ardenias, otro ataque francés el 21 de Agosto fue derrotado y un último intento para evitar una invasión sobre la frontera belga (y por primera vez contando con el apoyo del ejército británico) tuvo que ser abortado porque los alemanes atacaron primero. La iniciativa aliada se había perdido por completo y comenzó la gran retirada a lo largo de todo el frente.

Los alemanes, por segunda vez en menos de medio siglo, marchaban hacia Paris persiguiendo a un ejército que estaba en la víspera de una humillación aún peor que la de 1870. El Plan Schlieffen original contemplaba un cerco enorme que atraparía al ejército francés entre París y la frontera pero todo dependía de la fortuna del ala derecha del ejército teutón. La punta de esta enorme hoz era el I Ejército al mando del General von Kluck: con un cuarto de millón de hombres, era la unidad alemana más poderosa del ejército (por no decir de cualquier ejército), la mejor equipada y había arrasado con todo en su camino desde que sus soldados entraron a Bélgica. Aunque el camino había sido duro y los soldados estaban ya al límite de su aguante físico, el premio mayor de todo conquistador de Francia estaba tan solo unos pocos kilómetros a la distancia: París. Entre ellos y la gloria de capturar la capital más majestuosa de Europa estaba un ejército desmoralizado, derrotado, incapaz de ofrecer más resistencia para defender su propio suelo.

Pero es en ese momento que el plan alemán cambió: París tendría que esperar. La prioridad no sería una ciudad sino acabar de una vez por todas con lo que quedaba de los ejércitos aliados que se retiraban hacia el sur. Por lo tanto, la hoz se tendría que achicar y el ejército de von Kluck marcharía al sur también, pasando por la derecha de la capital francesa. A principios de Septiembre y tan cerca de París que desde lejos incluso se podía observar la Torre de Eiffel, los alemanes cruzaron el rio Marne (que corre de Paris hacia el este) para perseguir al enemigo y derrotarlo de una vez por todas.

La oportunidad

Al recibir los reportes de que von Kluck ya no se dirigía a Paris, surgió una oportunidad de oro para los generales franceses, comandados por el General Joffre. El recién creado VI Ejército, cuyo fin hubiera sido defender París, podría avanzar y atacar a von Kluck desde su flanco. Esto interrumpiría el avance alemán lo suficiente para que el resto del ejército francés lanzara una contra-ofensiva a lo largo de todo el frente y así ponerle freno al enemigo. El 5 de Septiembre, las unidades de vanguardia del ejército de Paris se toparon con el flanco de von Kluck que casi inmediatamente se dio cuenta del peligro que enfrentaba. Von Kluck giró su ejército hacia el oeste para encarar a los franceses, contra quienes contaba con una enorme superioridad numérica. Pero esa superioridad se podría reducir si tan solo arribaran a tiempo varios regimientos de reserva congregados en París. Aunque el frente estaba a unos pocos kilómetros de la capital (algunos parisinos ya podían escuchar el rugido de los cañones), una marcha sería demasiado tardada considerando la urgencia de la situación. Así que el brillante General Gallieni, gobernador militar de Paris, tuvo otra idea: mandar las tropas al frente en taxi.

Taxis al frente

Los “taxis del Marne” se convertirían en una leyenda, sin duda la anécdota más icónica y folclórica de la batalla que salvó a Francia. Gran parte del parque de taxis de Paris fue “reclutado” por Gallieni para transportar a las tropas hacia frente: 600 taxis para llevar dos regimientos enteros. Los taxistas, al principio molestos por la osadía de tal interrupción a su trabajo cotidiano, pronto vieron su tarea como un deber patriótico, un deber sagrado. Y ante el júbilo de las multitudes y el riesgo de manejar bajo fuego al acercarse al frente, cumplieron su misión de manera ejemplar: diez mil tropas de reserva de los cuarteles de Paris llegaron justo a tiempo para demorar la desesperada pero brutal contra-ofensiva alemana. Esta contra-ofensiva no solo se limitaba a los suburbios de la capital: en el este, varios ejércitos alemanes reanudaron el ataque con la intención de quitarle presión a von Kluck. Pero los franceses (apoyados por tropas coloniales que incluían marroquís y algerianos) se mantuvieron firmes, aguantando el embate teutón aún considerando las enormes bajas sufridas por ambos.

Para este entonces, el movimiento de von Kluck había dejado un espacio entre él y su izquierda donde se encontraba el II Ejército de von Bülow, situación que fue descubierta por varios vuelos de reconocimiento. Se ordenó que el V Ejército francés y el pequeño BEF británico (British Expeditionary Force), ambos al sureste de París, avanzaran para aprovechar esta debilidad. Nada tonto, von Kluck estaba consciente de que ahora enfrentaba una amenaza en su flanco sur pero no había nada que podía hacer. El ejército alemán ahora se encontraba en la peor situación posible: su poderosa ala derecha había sido sorprendida y neutralizada por los ataques aliados en el oeste y el sur. Su única esperanza era que el ala izquierda lograra quebrantar el frente francés en el centro pero este plan no corrió con mucha suerte. Al este, un ataque alemán sobre Verdún (sede de lo que sería una de las más cruentas batallas de la guerra dos años después) fracasó, mientras que la ofensiva en el centro de la línea perdió su ímpetu ante la férrea defensa. Aunque también estaban al borde de su resistencia física y mental, los aliados tenían claramente la iniciativa.

Retirada

El 9 de Septiembre, el General von Moltke, comandante en jefe del ejército alemán (y sobrino del von Moltke que había tenido el mismo puesto en 1870), sufrió una crisis nerviosa y ordenó una retirada general para consolidar el frente y así salvar a su ala derecha de la destrucción total. Eventualmente, los alemanes se acomodarían en una línea de trincheras que llegaba desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza y donde por cuatro años permanecerían casi inmóviles. Aunque para los franceses el “Milagro del Marne” fue una apabullante y merecida victoria, pronto se enfrentarían a la realidad de que la guerra sería larga y cruenta. Ya de por si era evidente la singular brutalidad de la guerra moderna: en los dos meses de Agosto y Septiembre de 1914, el ejército francés sufrió más de 360,000 muertos, desaparecidos o prisioneros – una sexta parte de sus bajas totales durante todo el conflicto. Y durante los siguientes cuatro años, este ejército lucharía por expulsar al invasor bajo condiciones infrahumanas: abatidos por ametralladoras, mutilados por artillería o de plano atrapados por el alambrado de púas que decoraba la mórbida “tierra de nadie” que separaba a las trincheras. Trincheras donde una generación entera vivió y murió. Tal fue la desesperación que en 1917 el ejercitó se amotinó, y solo la intervención oportuna de uno de sus héroes pudo aplacar el revuelo. Todo ser humano tiene un límite.

Pero la importancia de la Batalla del Marne no se puede desestimar. De no haberse expuesto el flanco de von Kluck, es casi imposible pensar que los aliados hubieran tenido una oportunidad tan clara para evitar la derrota. Y de haber caído Francia, la victoria alemana en la Primera Guerra Mundial hubiera sido rápida y absoluta: es muy probable que hubiera terminado el conflicto para Navidad, con el ejército alemán como amo y señor del continente. El orden mundial que hubiera surgido de este escenario alternativo es difícil de visualizar. ¿Competencia colonial con Gran Bretaña para dominar el mundo? ¿Un imperio continental como los Estados Unidos? ¿Guerra civil y resistencia entre los pueblos forzados a vivir bajo el yugo germano?

Pero la realidad es que no fue así. Gracias al sacrificio de más de un millón de soldados, unos cuantos taxis y un poquito de suerte, la fortuna sonrió para Francia. Y así en el Marne se ganó lo que en su momento fue la más grande batalla de la historia.

Mapas de la batalla cortesía del USMA (vean mapas 6-11)

Lean más: No puedo dejar de recomendar The Guns of August, de Barbara Tuchmann, un libro que explica los orígenes de la guerra y narra los acontecimientos desde el primer disparo hasta la Batalla del Marne. Es uno de mis libros de historia favoritos entre todos. Y como recuento de la batalla misma está el clásico de Georges Blond, The Marne, que acabo de leer y sirvió de inspiración para este post.

Crónica de una crisis – Colapso

El error de Septiembre y lo que siguió

Llegó el momento de la verdad

El 2008 comenzó con incertidumbre en el aire. Sin saberlo todavía, los Estados Unidos ya habían caído en recesión desde finales del año anterior aunque la economía aún seguía dando señales de vida. Y aunque los mercados financieros mundiales estaban virtualmente paralizados, la economía global “real”, seguía marcando al trote de las nuevas economías emergentes como China, India, Rusia y Brasil (conocidas como los “BRICs”). Se decía incluso que el mundo en desarrollo ya finalmente se había desacoplado del industrializado y que una crisis en los Estados Unidos o Europa quedaría contenida sin mayores estragos. Si había un problema, más bien era un exceso de demanda – particularmente de China, cuyo apetito por recursos naturales y productos básicos aparecía insaciable. Comida, metales, petróleo, todos alcanzaron precios récord en el 2008 que si bien beneficiaban a sus exportadores, estaban generando enormes presiones sociales y presiones inflacionarias. Se decía que millones caerían en la pobreza en el tercer mundo y que el petroleo llegaría a $200 por barril. O más.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, la situación en la banca se estaba convirtiendo en una masacre. Para enero se estimaba que $90 mil millones se habían perdido a causa de la crisis subprime y para marzo se estimaba que la cifra había ascendido a más del doble. Y para empeorar el asunto, el valor bursátil de muchos de estos bancos se estaba desplomando, empeorando así su posición financiera. El primer banco en caer fue nada menos que el que empezó el debacle: Bear Stearns. El 17 de Marzo, la Reserva Federal de Nueva York organizó su venta a JPMorgan Chase al precio casi regalado de $2 por acción (había valido $172 por acción poco más de un año antes). Y así en un instante desapareció esta institución con más de 80 años de trayectoria en Wall Street – el quinto más grande del mundo. Mientras tanto, las pérdidas seguían aumentando: UBS $19 mil millones en los primeros tres meses del año. Citigroup, $15. En su reporte semestral del sistema financiero global, el Fondo Monetario Internacional estimó que las pérdidas totales ascenderían a $1 billón.

Mala noticia tras mala noticia siguieron durante el verano del 2008. Las primeras señales de que la crisis podría tomar dimensiones globales se pudieron observar en Julio cuando los precios del petróleo llegaron a su cénit (a más de $140 por barril) y comenzaron a caer. El Baltic Dry Index, un indicador poco conocido pero considerado como un proxy para el comercio mundial (mide el precio promedio de un envío marítimo), también comenzó a caer. Era evidencia inequívoca de que la demanda global se estaba deteriorando y que la economía “real” no sobreviviría un colapso financiero. Terminando el verano el nerviosismo aumento debido a rumores de insolvencias inminentes en varios bancos. Entre ellos, Fannie Mae y Freddie Mac, las agencias hipotecarias cuasi-gubernamentales. También era el caso de Merrill Lynch, cuyas pérdidas para ese entonces eran mayores a cualquier otro banco de inversiones: más de $50 mil millones. Asimismo, AIG estaba en la mira. Pero los rumores más fuertes circulaban en torno a Lehman Brothers. Aunque era apenas el cuarto banco de inversiones más grande, había sido uno de los bancos más agresivos en comercializar activos subprime. Además, era el banco estadounidense más endeudado, con deudas más de treinta veces mayores a su valor bursátil. Lehman no solo enfrentaba problemas de liquidez: estaba al borde de la insolvencia.

En Septiembre esos rumores cobraron vida propia, particularmente tras la noticia el 7 de Septiembre de que el gobierno había tomado control sobre Fannie y Freddie. Temerosos ante la posibilidad de terminar en la quiebra, los accionistas abandonaron a Lehman y su valor de mercado se desplomó. Inmediatamente comenzaron las negociaciones en privado con la Reserva Federal a quienes imploraron un rescate. La situación para el gobierno era peligrosa. Por un lado, Lehman ocupaba un nicho importante en el sistema financiero mundial, cuyo colapso pondría en peligro miles de millones de dólares vinculados a sus contrapartes. Pero de rescatar a Lehman, el gobierno daría la señal de que estaría dispuesto a rescatar a cualquier banco con problemas – un típico caso de riesgo moral. Además, era muy posible que aún rescatando a Lehman, sería cuestión de tiempo antes de que cayera un banco aún más importante. ¿Podría el sistema financiero mundial sobrevivir el colapso de Goldman Sachs? ¿Podría sobrevivir el colapso de Citigroup o AIG?

El domingo 14 de Septiembre las negociaciones fracasaron. No habría rescate, ni tampoco encontraron comprador. El lunes 15 de Septiembre de 2008 – un día que vivirá en la infamia financiera – Nueva York se despertó con la noticia de que uno de sus bancos más antiguos (llevaba casi siglo y medio de existencia) se declaraba en bancarrota. Desde su icónico rascacielos cerca de Times Square, banquero tras banquero liquidado salía del edificio llevando consigo cajas de cartón con sus pertenencias ante la mirada de las cámaras. Con más de $600 mil millones en activos, había sido la bancarrota más grande en la historia de los Estados Unidos, por mucho opacando a la de Enron pocos años atrás. Pero el día no había terminado: Merrill Lynch, al borde del colapso también, fue comprado por Bank of America a precio de remate. Al día siguiente, el gobierno tuvo que rescatar a AIG mediante una infusión de $85 mil millones, y tomando control sobre el 80% de la empresa. Y para terminar con broche de oro, el 21 de Septiembre ocurrió algo que si bien fue más simbólico, marcó el fin de una era: Goldman Sachs y Morgan Stanley, los únicos dos bancos de inversiones sobrevivientes, cambiaron sus estatutos legales para volverse bancos comerciales y así poder recibir ayuda del gobierno.

El resto es historia.

La caída de Lehman Brothers marcó el inicio del casi-colapso del sistema financiero mundial. De no ser por la intervención oportuna de gobiernos y bancos centrales, es muy posible que el sistema de mercado que conocemos como tal se hubiera hundido por completo en el lapso de varias semanas en aquel Septiembre y Octubre. La caída de Lehman también marcó el momento en que la crisis financiera se convirtió en una crisis económica, afectando ya no solo a la banca sino a todos los sectores. Pero aunque la economía mundial está ahora en su fase de recuperación, los estragos continúan: el desempleo no ha mejorado, el mercado hipotecario en los Estados Unidos sigue deprimido, los bancos siguen en su “credit crunch” aunque siguen repartiéndose jugosos aguinaldos. ¿Justicia? Nunca ha habido y nunca habrá para los reyes de Wall Street que seguirán buscando la manera de romper las reglas y hacer su domingo con dinero ajeno.

Sigan este espacio… nunca saben cuándo esta historia tenga otra lamentable secuela.

Crónica de una crisis – Credit Crunched

De crisis subprime a crisis crediticia

Adiós al Sueño Americano

Si el génesis de la crisis actual fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, entonces la crisis comenzó en Julio del 2006 cuando el precio promedio de las casas en los Estados Unidos cayó por primera vez en más de una década. El ritmo de construcción de viviendas nuevas ya también estaba de picada desde Enero. La causa directa de este desplome fue el creciente número de ejecuciones hipotecarias causadas por moratorias en el mercado subprime.

¿Qué causó ese incremento en moratorias? Desde varios años antes la Reserva Federal había elevado las tasas de interés para evitar un sobrecalentamiento de la economía. La mayoría de las hipotecas subprime se habían contratado bajo tasas ajustables en vez de tasas fijas lo cual incrementó los costos de las mensualidades. Además, una práctica muy común era atraer compradores prospectivos mediante tasas engañosamente bajas, pero que se dispararían en uno o dos años. La combinación de política monetaria restrictiva y el fin de estas tasas iniciales engañosas fueron devastadoras: un total de 1.2 millones de prestamistas perdieron sus casas al caer en moratoria. Los signos de “Sold”, ubicuos frente a millones de casas alrededor del país tan solo un año antes, poco a poco se iban reemplazando por signos de “Foreclosure”. El efecto fue particularmente notorio en los estados “asoleados” como California y Florida que experimentaban alta demanda para segundos hogares, pero también en los viejos bastiones industriales como Detroit y Cleveland donde la pobreza era alta y la promesa de una vivienda propia había sido difícil de resistir.

El desplome del mercado subprime fue brutal: entre Enero y Abril del 2007 el mercado quedó hecho escombros tras las bancarrotas de sus principales hipotecarios, notablemente New Century Financial (para fin de año más de 100 compañías hipotecarias desaparecieron). Los bancos que tenían operaciones directas en el mercado hipotecario también comenzaron a sufrir enormes pérdidas: HSBC reportó una pérdida de $11 mil millones en Marzo desde su división de préstamos para viviendas. Pero lo peor estaba aún por venir. En 22 de Junio, dos hedge funds administrados por Bear Stearns – uno de los cinco grandes bancos de inversiones estadunidenses – tuvieron que ser rescatados debido a pérdidas catastróficas relacionadas con CDOs contaminados con activos subprime. Para este entonces era claro que todo el sistema financiero estaba contaminado por estos “activos tóxicos”. El 9 de Agosto, poco más de un mes después, el banco francés BNP Paribas reportó un problema similar con varios de sus hedge funds y de plano los suspendió “debido a la completa evaporación de liquidez en ciertos segmentos del mercado de activos estructurados estadounidense”. Esos activos eran los MBS y CDO estructurados con hipotecas subprime.

En ese instante, los mercados crediticios mundiales se congelaron. Los bancos simplemente se dejaron de prestar.

Lo que ni los 'quants' habían anticipado

El problema no solo era la falta de liquidez, sino la falta de transparencia. A falta de un registro central de transacciones (por ejemplo, una bolsa), era imposible saber cuáles bancos estaban “sanos” y cuales estaban repletos de activos tóxicos. De igual manera, nadie se atrevía a hacer préstamos ya que nadie confiaba en el valor del colateral que su contraparte ofrecía cuando estos eran MBS o CDO. La caída de valor de estos activos no solo estaba relacionada al colapso subprime: los mismos mecanismos de mercado generaron ciclos viciosos al forzar que los bancos tuvieran que recapitalizarse para cubrir sus pérdidas. Esta recapitalización solo era posible mediante la venta de activos, lo cual deprimía sus precios aún más. A su vez, las leyes de contabilidad de los Estados Unidos forzaban a los bancos a valorar dichos activos de acuerdo a su valor de mercado, una práctica contable llamada mark-to-market. ¿Pero qué valor podrían tener si ya no había ningún mercado para ellos? Era como tener que vender un Ferrari cuando nadie lo quiere comprar: su precio de mercado es efectivamente cero.

Al día siguiente de que comenzó lo que los medios bautizarían como el “credit crunch”, varios bancos centrales incluyendo la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra hicieron su primera de muchas intervenciones para inyectar liquidez al sistema financiero. Pero eso no lograría que la banca saliera de su virtual estado de coma ya que a partir del tercer semestre del 2007 los bancos comenzaron a reportar pérdidas estratosféricas. Merril Lynch tuvo que recortar $8.4 mil millones en el valor de sus activos tóxicos en Octubre mientras que Citigroup terminó el año con una pérdida de $9.4 mil millones. Citigroup tuvo que rescatar a sus “entidades especiales” con $58 mil millones. Los problemas tampoco se limitaron a los Estados Unidos: había bancos europeos como HSBC, UBS e IKE Deutsche que estaban hasta el cuello con activos tóxicos (UBS tuvo como regalo navideño una pérdida de $10 mil millones en el cuarto trimestre). Un banco hipotecario inglés, Northern Rock, de plano sufrió una corrida en Septiembre – la primera en el Reino Unido en más de un siglo – y tuvo que ser nacionalizado por el gobierno. Mientras tanto, los bancos centrales seguían inyectando más y más dinero para mantener a flote al sistema financiero. Pero la turbulencia no se calmaba. Sería una simple cuestión de tiempo hasta que el primer gigante cayera.

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Posdata: En lo que es tal vez una de las anécdotas más escalofriantes de la crisis, analistas en cierto banco describieron la turbulencia financiera de Agosto del 2007 como “un evento de 25 desviaciones estándar”. Es decir, algo que solo podía suceder una vez cada diez mil años. Pero no solo eso, había sucedido ya varias veces en esa misma semana.

Crónica de una crisis – Lo inimaginable sucede

¿Y dónde está la hipoteca subprime?

Mona vestida de seda...

Todo exceso invariablemente lleva a la cruda. Y las peores crudas se reservan para los peores excesos. La burbuja inmobiliaria y crediticia llegó a su cima en el 2006, que para entonces el sistema financiero global estaba tan intoxicado con su propio éxito que nadie vio venir el desastre que estaba por llegar. No eran solo los banqueros: los mismos economistas habían caído presa de sus propios encantos. Robert Lucas, premio nobel y Chicago Boy por excelencia, afirmó en el 2003, que “el problema central de prevención de depresiones, era cosa del pasado”. El mismo Ben Bernanke afirmó que el cicló económico había sido domado gracias a las innovaciones financieras de la última década. En esta nueva era, llamada la “Gran Moderación” presidida por Alan Greenspan, el principal problema sería administrar la abundancia.

Había uno que otro renegado. Robert Shiller, en un excelente análisis de la burbuja de los punto-com, señaló que la burbuja bursátil amenazaba con convertirse en una burbuja inmobiliaria. Otro premio nobel, Paul Krugman, advirtió que la volatilidad que causó la crisis asiática de 1997-8 seguía presente. Pero tal vez la profecía más acertada vino de un ex-miembro prominente del Fondo Monetario Internacional: Raghuram Rajan. Rajan correctamente identificó que la raíz del problema era el sistema financiero mundial mismo, que en vez de transferir el riesgo de una manera eficiente entre contrapartes, la estaba distribuyendo entre todos. Clave en este diagnóstico había sido la popularización de dos instrumentos financieros cuyo propósito inicial era justamente diluir aún más el riesgo crediticio del mercado hipotecario, particularmente el mercado subprime. En la práctica, serían otros derivados exóticos más para comercializar y especular. Más fichas para el casino.

El primero de estas dos armas de destrucción masiva era el Collateralized Debt Obligation. Era similar a un MBS, con la diferencia de que abarcaba no solo hipotecas sino cualquier tipo de deuda. Un CDO común y corriente podría estar compuesto de otros MBSs, crédito automotriz, créditos escolares, deuda de tarjetas de crédito, etc. Además, no era emitido por el banco que lo concibió. Más bien los bancos creaban “entidades especiales” (empresas virtuales) a quien se les “donaba” dicha deuda, para posteriormente emitir bonos usando esa deuda como colateral. Así pues, los bancos se limpiaban las manos de la deuda y la reciclaban bajo otro disfraz. Peor aún, nada prohibía a los bancos crear CDOs de otros CDOs. Estos se llamaban CDOs al cuadrado. Y sí, también había al cubo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que a las alturas de un CDO al cuadrado, el riesgo de la hipoteca original se había diseminado entre tantos instrumentos que era imposible cuantificarla. Pero eso mismo hacían (o creían que hacían) los “quants” al igual que las calificadoras de riesgo que no dudaban en darles grados de inversión (incluso AAA) a esta basura.

El otro instrumento era más simple, pero tal vez más devastador. Se llamaba Credit Default Swap. Su premisa era casi idéntica a un seguro: contratabas un CDS para cubrir la eventualidad de que algún activo o empresa “fallara”. El costo era pagar una prima que reflejaba el riesgo de que dicho evento sucediera – en cuyo caso, el banco que te vendió el CDS te pagaría “los daños” equivalentes a un monto acordado de antemano. Sin embargo, había una pequeña pero crucial diferencia entre un CDS y un seguro normal. Para comprar un CDS, no necesitabas ser dueño del activo o tener algún interés en la empresa. Así pues, el CDS se convirtió no en un instrumento de protección sino de especulación en vista de que la mayoría de compradores de CDS los usaban no para cubrir las posibles pérdidas de sus propios activos sino para apostar que otros activos ajenos fallaran. Es como contratar un seguro de incendio para la casa de tu vecino, ¿acaso no tendrías el incentivo de quemar la casa? Una empresa en particular, American International Group (AIG), la aseguradora más grande del mundo, se volvió notoria por su venta descontrolada de CDS desde una obscura sucursal en Londres. No había mejor reflejo de la virtual inexsitencia regulatoria que una empresa como AIG – una aseguradora, no un banco – pudiera tener un papel tan prominente en el sistema financiero global.

Para mediados del 2006, el boom financiero estaba en su apogeo y los banqueros seguían embriagados con la idea de que la fiesta no tendría fin. Pero en las entrañas del sistema financiero mundial se escondían millones de bombas de tiempo. Eran las hipotecas subprime que habían sido rebanadas y recicladas en un sin número de bonos, MBS, y CDOs. Solo se necesitaba que algo encendiera la mecha. Ese algo sería algo tan improbable, tan imposible, que incluso los modelos de riesgo no contemplaban tan remota posibilidad. Ese algo era que la burbuja inmobiliaria se desinflara y que los precios de las casas cayeran. Era algo no había sucedido en décadas.

Pero eso fue exactamente lo que pasó hacia finales del 2006.

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Posdata: Si quieren leer el paper original de Raghuram Rajan, “Has Financial Development Made The World Riskier?”, hagan click aquí.